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“El dibujo de nuestro mercado de trabajo es perverso”

Isabel Pereira, a cargo de la Unidad de Análisis de Cedice, ha dedicado su carrera de socióloga a investigar cómo funciona la máquina de hacer pobres en que se convirtió este país. Sus estudios sobre el comercio informal y el uso de la propiedad en las zonas rurales y urbanas de Venezuela la han conducido a una conclusión: la mayoría de quienes trabajan lo hacen en un nivel de supervivencia, negociando con funcionarios corruptos y queriendo formalizarse sin lograrlo. “Ese es el mayor logro de esta revolución”, concluye.

La Unidad de Análisis del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico ­Cedice­ emprendió un largo estudio sobre la propiedad en Venezuela y quiso empezar por la buhonería. Pero entonces se dio cuenta de que ninguna alcaldía tenía una investigación seria sobre el tema, así que tuvieron que hacerla por su cuenta. Cartógrafos, urbanistas e investigadores de campo midieron manzana por manzana las zonas de Caracas por donde se ha extendido el comercio informal y encuestaron a sus trabajadores, en su mayoría madres con dos o tres hijos que no saben con quién dejarlos. En esa mancha de toldos y cornetas donde retumba el reageetón, que se extiende de Catia a Petare, los investigadores encontraron puestos donde se cumplen cuatro turnos de trabajo al día, desde la madrugada hasta la noche; un grado cero de protección laboral; ingresos que en no pocas ocasiones apenas rondaban el salario mínimo.

“Los indicadores educativos de los buhoneros no son los peores”, cuenta Isabel Pereira, la directora del equipo. “Es decir, no es por menor educación que están ahí, sino por la falta de oportunidades de trabajo que es típica de la economía venezolana, una economía distorsionada y con fragmentación negativa: hay más trabajadores informales que empleados que pagan impuestos y pueden contribuir a un sistema de previsión social”. El estudio de Cedice contabilizó en Caracas 56.126 puestos informales, en 358 de las 531 manzanas comerciales de la ciudad, y que han tomado el 67% de las áreas comunes de las zonas afectadas. Una franja de buhonería de 49 kilómetros lineales que mantiene ocupadas a medio millón de personas. En promedio, en cada puesto trabajan tres personas, dos de las cuales son empleados informales, gente que no es dueña de lo que vende y que recibe una retribución pero no acumula presta ciones ni cuenta con ningún seguro o algo parecido.

“Ningún otro sector en Caracas puede emplear a esa cantidad de gente”, explica Isabel Pereira. “Pero allí se trabaja en condiciones deplorables, un caldo de cultivo para un estado de conmoción interior. El Gobierno trata de sustituir el empleo privado por las cooperativas, pero éstas tampoco pueden generar empleo, puesto que están obligadas a convertir en socios a todo el que trabaje en ellas por seis meses, lo cual las empuja al cierre por falta de rentabilidad. Las cooperativas no compensan la destrucción del empleo mientras se asfixia más y más a la empresa privada. Sólo crece el empleo público no productivo, el de las misiones, que sirve para que el Ejecutivo mejore artificialmente sus indicadores de desempleo, cosa totalmente irresponsable puesto que nuestra realidad es la contraria. El mercado de trabajo muestra cómo funciona una sociedad, y el dibujo del nuestro es perverso. Es una realidad irrebatible que vemos todos, y es el gran resultado de esta revolución. No se puede tapar el sol con un dedo.

¿Cómo nace un mercado de buhoneros?

Por invasiones sucesivas que pronto obtienen un cierto tipo de legalización, ya que a un mandatario local le convienen los votos de los buhoneros, así que negocia con ellos. Los buhoneros reciben permisos y se organizan, crean hasta sindicatos y jefes de cuadra. Los estudios de Cedice demuestran que el comerciante informal se establece mediante una negociación con el Estado, que ve en ellos una salida al desempleo, la fuente de conflictos que puede explotar políticamente y una fuente de clientelismo y de corrupción. Los buhoneros piensan que el permiso de trabajar es concedido por el Presidente, mediante sus delegados locales.

¿Qué lograron averiguar sobre las mafias de funciona rios que se dice que administran el espacio público ocupado por los buhoneros?

Que existen en las alcaldías de Libertador y Sucre, aunque no tenemos nombres ni apellidos. Tienen un negocio formidable. Cada dueño de puesto debe pagar, al año, unos dos o tres millones de bolívares por ese lugar en una acera. El peor empleo –

¿Qué pasa con los comerciantes formales de las zonas ocupadas?

O se van o establecen relacio- nes con los buhoneros, rentándoles lugares para guardar su mercancía, comprando y vendiendo. Mientras tanto, los comerciantes informales sólo aspiran a conservar ese puesto.

¿Qué otra cosa pueden esperar? ¿Adónde se van a ir, si no hay trabajo?

90% de ellos quiere formalizarse, quiere pagar impuestos o permisos formales para poder dejar ese puesto solo, porque sabe que si lo descuida se lo pueden quitar para renegociarlo. Quieren protección para ellos y sus familias. Sólo eso. No hablan de que esperan progresar, tener mejor calidad de vida, poder retirarse en la vejez. Ése es el empleo que crece, el que baja el desempleo de los dos dígitos: el empleo que tiene los peores trabajos. En el campo, los productores te dicen que no consiguen trabajadores, porque los jóvenes se metieron en las misiones y ya no quieren trabajar. ¿Esa es la redención que este Gobierno le ofrece a la gente? El comercio informal ha crecido exponencialmente desde 1997. Y después de 2005 ya no podemos tener ninguna confianza en las cifras oficiales, manipuladas sólo para crear unos falsos éxitos, aunque la realidad las desmienta día a día. De ahí la importancia de estas investigaciones que se hacen con tanto esfuerzo, cuando es el Estado el que debería estar haciéndolas.

¿Es la buhonería una forma de vida, una cultura, que dificulta el regreso o el ingreso a la condición de trabajador formal?

Definitivamente sí. En Venezuela sí existe una gran división social, y es la que existe entre trabajadores formales y trabajadores informales. Son dos masas, dos poblaciones con reglas de juego muy distintas. Las leyes de los primeros no significan nada para los segundos. Para el buhonero no vale nada la Ley del Trabajo, ni el respeto al espacio público. ¿Cómo vuelven al trabajo productivo, si no han sido socializados por el hecho de tener empleo, si no están acostumbrados a cumplir horarios, normas de higiene, modos de relacionarse con los demás, si no han hecho cursos de nada? ¿Qué ha aprendido, en qué ha evolucionado un joven que tiene tres años en una misión cobrando sin trabajar? ¿Cómo entra al mercado, en el caso de que quiera hacerlo, a competir con muchachos de su edad que han estado aprendiendo cosas? El informal sólo sobrevive torciendo las normas, y mientras más tiempo está en ese mundo, más le cuesta ingresar al otro. ¿Cuánto tardará esto en componerse? Hay que ponerse en sus zapatos. Pensar en la situación de todos esos venezolanos. El cruel, falso discurso del Presidente sólo les da la espalda. Son una mayoría, además.

¿Qué va a pasar aquí?

El Gobierno ha llegado a decir que el comercio informal es participación en la economía de quienes estaban incluidos. –Cuando lo examinas, lo que encuentras es despojo, no inclusión. Con la Ley de Tierras que viene ahora, los comités de tierras, un símil de los Comités de Defensa de la Revolución cubanos, decidirán quién tendrá derecho a cartas agrarias o a viviendas. Se trata de organizaciones políticas que no generarán más bienestar, puesto que escogerán para los beneficios sólo a quienes sean seguidores incondicionales del Gobierno o compren de alguna manera esa escogencia. Hay gente entusiasmada con eso y lo que está es construyendo sus propias cárceles. “El Gobierno trata de sustituir el empleo priva do por las cooperativas, pero éstas tampoco pueden generar empleo, puesto que están obligadas a convertir en socios a todo el que trabaje en ellas por seis meses, lo cual las empuja al cierre por falta de rentabilidad”

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