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El fin de Chávez

Por: Francis Fukuyama

 

Al principio de la carrera política de Hugo Chávez, el presidente de Venezuela atacó mi idea de que la democracia liberal junto con la economía de mercado representaba la última evolución de las sociedades modernas, “el fin de la historia.” Cuando le preguntaron que había más allá del fin de la historia, respondió con una sola palabra: “Chavismo.”

La idea de que la Venezuela contemporánea representa un modelo social superior a la democracia liberal es absurda. En sus ocho años como presidente, Chávez ha capitalizado la riqueza petrolera de su país para tomar el control del congreso, los tribunales, los sindicatos, las comisiones electorales y la empresa nacional petrolera. Hay propuesta una legislación que limitaría el financiamiento extranjero y que pronto también pudiera estrangular a las organizaciones no gubernamentales. Y la gente que firmó a favor de un referendo revocatorio en el 2004 se quedó sin trabajo.

El éxito de Chávez en atraer la atención – haciéndose amigo de Fidel Castro, firmando acuerdos de compra de armas con Rusia, visitando a Irán y criticando incesantemente a Estados Unidos – ha popularizado la idea de que el chavismo encarna un nuevo futuro para América Latina. Al preservar algunas libertades, incluyendo una prensa relativamente libre y elecciones seudo democráticas, Chávez ha desarrollado lo que algunos observadores llaman una dictadura postmoderna, ni plenamente democrática ni plenamente totalitaria, un híbrido de izquierda que disfruta de una legitimidad nunca conseguida por la Cuba de Castro o por la Unión Soviética

En realidad, América Latina ha presenciado un viraje hacia esta izquierda postmoderna en algunos países, incluyendo a Bolivia, donde Evo Morales, un espíritu afín a Chávez, ganó la presidencia el año pasado. Sin embargo, las tendencias dominantes en el hemisferio son fundamentalmente positivas. La democracia se está fortaleciendo y las reformas políticas y económicas que se están emprendiendo auguran un bien para el futuro. Venezuela no es un modelo para la región. Su camino es único, es el producto de una maldición de recursos naturales que la hace más comparable con Irán y con Rusia que con ninguno de sus vecinos de América Latina.

El chavismo no es el futuro de América Latina. Si es algo, es su pasado.

¿Cómo terminó Venezuela en esta situación? La respuesta es petróleo, petróleo, petróleo.

El moderno orden político del país se negoció en un hotel de Miami en 1958 por dirigentes de los dos partidos políticos tradicionales; el pacto resultante creó una democracia viable que proporcionó estabilidad durante cuatro décadas. Pero la estabilidad política no significa una buena orientación económica. Con el crecimiento de los ingresos petroleros durante los años 70, Venezuela se vio exenta de la necesidad de crear una moderna economía no petrolera. Las mercancías que el país había exportado – como café y azúcar – pronto languidecieron. Y en vez de fomentar la movilidad social o fuertes instituciones públicas, los dos partidos políticos compraron la paz social distribuyendo las rentas petroleras mediante subsidios, empleos gubernamentales y padrinazgo político.

Venezuela no sufrió la crisis de la deuda latinoamericana en los años 80, un trauma que en muchos países como Brasil, México y Perú vacunó contra una recaída en las peores formas del populismo económico. En vez de eso, Venezuela experimentó una desastrosa disminución en los estándares de vida en lo que los precios del petróleo cayeron durante los 80.

El país nunca había sido parte de la economía global – fuera del sector energético- y no tenía i9ndustrias competitivas en las que apoyarse. Chávez y otros en la izquierda le echaron la culpa de los problemas de Venezuela a la globalización y a las políticas económicas “neoliberales”, pero con la breve excepción de la apertura intentada por el presidente Carlos Andrés Pérez a fines de los 80 y principios de los 90, el país nunca trató verdaderamente de globalizar su economía.

Hay más continuidad entre las eras pre-Chávez y Chávez que las que los partidarios de ambas quisieran admitir. Una vez más, el reciente aumento de los precios del petróleo ha eximido a Venezuela de las leyes de la economía.

El gobierno de Chávez ha impuesto una larga serie de regulaciones controlando el cambio de moneda, estableciendo precios, limitando la capacidad de los empleadores de contratar y despedir, y forzando acuerdos comerciales y de inversiones basados en consideraciones políticas – todo lo que socava todavía más el débil sector privado venezolano. Sin embargo, debido a sus astronómicos ingresos petroleros, la economía de Venezuela ha crecido fuertemente en los últimos dos años. La irrracionalidad de la economía chavista no se va a sentir hasta que los precios del petróleo no bajen.

La peculiar historia de Venezuela muestra por qué Chávez no representa el futuro de la región. Países como Brasil, México y Perú, que carecen de los recursos petroleros de Venezuela, saben que no pueden progresar sobre la base de esas políticas inefectivas; han experimentado con ellas y se han quemado. No es un accidente que el autoritarismo postmoderno haya tenido más éxito en ricos países petroleros como Irán, Rusia y Venezuela. Mientras que Evo Morales aspira a ser otro Chávez, pronto se va a dar cuenta que el gas natural de su país no es una mercancía fungible como el crudo de Venezuela.

El único verdadero cliente de Morales es Brasil, al que ya ha enajenado con su nacionalización de las inversiones brasileñas en el sector energético de Bolivia.

Las fuerzas políticas dominantes en América Latina, a tiempo que traen al poder una nueva generación de políticos de izquierda, van en contra de las de Venezuela. Ahora los bancos centrales y ministerios de finanzas de toda la región son mucho más capaces de mantener políticas monetarias y fiscales sanas, e inclusive presidentes inclinados a la izquierda, como el brasileño Luís Ignacio Lula da Silva y el argentino Néstor Kirchner no son partidarios de apartarse de la ortodoxia económica.

En vez de politizar las instituciones como ha hecho Chávez, México ha independizado políticamente al Tribunal Supremo y al Instituto Electoral Federal. Brasil y Colombia han aumentado la autonomía de los gobiernos locales, permitiendo experimentos en presupuestos y educación; y Brasil y México han adoptado programas para aumentar los ingresos de los pobres, a la vez que les ofrecen incentivos para mantener a los muchachos en el colegio.

Ya hay signos de un rechazo contra Chávez. Al mismo tiempo que el presidente venezolano ataca la interferencia estadounidense en la política latina, ha tratado de alentar aliados populistas como Ollanta Humala en Perú y Manuel López Obrador, en México. Los vecinos de Venezuela se resienten con esto, y han castigado a los candidatos chavistas en las urnas. En realidad, Chávez puede haberle costado la presidencia de México a López Obrador, pues los votos perdidos por antipatía a la interferencia de Venezuela posiblemente exceda el pequeño margen por el que perdió las elecciones.

La popularidad de Chávez entre los pobres de Venezuela se basa en sus políticas sociales. Ha emprendido iniciativas innovadoras, como una red de clínicas de salud, en los barrios de bajos ingresos, donde médicos cubanos tratan a los pobres. Ha creado programas subsidiados de alimentos, que igualan los precios pagados por ricos y pobres. Y ha intentado distribuir tierras a los campesinos. Algunas de esas iniciativas satisfacen necesidades sociales apremiantes y debían haber sido emprendidas desde hace mucho; otras, como los subsidios a los alimentos, serán difíciles de mantener sin los altos precios del petróleo.

Una respuesta al chavismo debe reconocer que el populismo está impulsado por desigualdades sociales reales. Los partidarios de libertad económica y política en América Latina frecuentemente son reticentes a los grandes experimentos de política social, percibiéndolos como una vía hacia inflados estados de bienestar, e ineficiencia económica. Pero el libre comercio, por si sólo, no va a satisfacer las demandas de los pobres, y los políticos democráticos deben ofrecer políticas sociales realistas y competitivas.

A la política social, desafortunadamente, le es difícil acertar. A menos que cree incentivos para que los pobres se ayuden a si mismos, puede convertirse en un derecho, que crea dependencia y un déficit fiscal incontrolable. En Brasil, el gobierno de Lula se apoderó de un programa de transferencia de ingresos a los pobres, pero en el proceso debilitó los procedimientos coercitivos que obligaban a mantener los niños en el colegio. Y las políticas de mercado no son una panacea. Aun Chile, que tiene un extenso programa de educación privada de gran nivel, presenció grandes protestas estudiantiles en la primavera, debido a la pobre calidad de las escuelas públicas.

Los gobiernos democráticos en América Latina deben trabajar pacientemente elevando la calidad de sus instituciones públicas, mejorando cosas tan simples como conceder licencias para comercios, hacer respetar las reclamaciones sobre propiedad, y controlar el crimen. No hay soluciones fáciles, frecuentemente se requieren experimentos a nivel local, tales como el “presupuesto participatorio” de la ciudad brasileña de Porto Alegre, iniciativa de principios de los años 90, que abrió el proceso presupuestario a grupos de sociedad civil y forzó a los políticos a mostrar donde iba el dinero. La mala administración pública debilita el crecimiento económico y le quita legitimidad a las instituciones democráticas, abriendo el camino a giros violentos y reacciones desmedidas.

El pasado diciembre colapsó un puente que unía la capital de Venezuela con su aeropuerto internacional, desviando el tráfico hacia las montañas y convirtiendo un viaje de cuarenta y cinco minutos en uno de varias horas. Ahora, una carretera de emergencia de dos vías sostiene el tráfico, la renovación del puente demorará meses. El puente es el epítome de lo que pasa en la Venezuela de hoy. Mientras que Chávez va en avión de propulsión a chorro a Minsk y Teherán, en busca de influencia y prestigio, las infraestructuras del país están colapsando.

El autoritarismo posmoderno de la Venezuela de Chávez durará sólo mientras se mantengan altos los precios del petróleo. Sin embargo, muestra un reto claro al totalitarismo, porque permite selecciones democráticas y atiende necesidades sociales reales. Aquí, en una conferencia reciente de líderes de negocios, presencié como muchos oradores criticaban abiertamente a Chávez; sus señalamientos fueron citados en los principales medios de información.

No hay un estado policíaco en Venezuela, por ahora al menos. El chavismo permanece como amenaza. Pero no encarna necesariamente el futuro de América Latina, si los demócratas de la región pueden reducir las desigualdades económicas mediante políticas sociales innovadoras y hábiles. Por supuesto, esos procesos no significarán el fin de la historia sino simplemente el fin del chavismo.

Francis Fukuyama es profesor de economía política internacional en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados, de la Universidad Johns Hopkins.

Tomado de The Washington Post

Traducido por EA Rivero y AR.