Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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El fin de la clase media. Roberto Giusti

Para algunos superficial y frívola, para otros heroica luchadora por sus derechos.

Con el foco apuntando a la suerte de las multitudes desfavorecidas, sobre cuya pobreza se habla mucho y se hace tan poco, la disolución de la clase media venezolana resulta un fenómeno que luce indetenible porque su relativa importancia cuantitativa, por mucha conciencia política que se pueda tener, resulta insuficiente para provocar la inversión y remisión del fenómeno.


13836879_copia.520.360En nombre de los oprimidos (hoy más oprimidos que nunca) y la pretendida necesidad histórica de redimirlos por el despojo continuado al cual han sido sometidos desde la llegada del imperio español, el chavismo la emprendió en contra de una clase media que asumía, como derechos adquiridos, lo que la clase dominante considera meros “privilegios”, por demás, inmerecidos. 

Podría pensarse que esa muerte prolongada no se planificó como misión específica (“acabemos con el sifrinaje pululante en esa estrecha faja que va desde la Plaza Venezuela hasta Terrazas del Ávila”), sino como consecuencia de la destrucción del orden establecido emprendida por el chavismo. No obstante, desde Lenin hasta nuestros días, en “procesos” como el que vive Venezuela, quienes ejercen el poder han mostrado un mayor grado de animadversión hacia una clase media que encarna, a partir de la renta petrolera, la representación mejor acabada de la democracia, el sistema de libertades y la movilidad social. Al contrario de la ojeriza, algo menos aguda, que destilan contra los grandes capitanes de empresa, por quienes, a pesar de los despojos a los cuales lo han sometido, sienten una mal disimulada y vergonzante admiración.

Burguesía

Así, la clase media, que en el lenguaje marxista se reconoce como la “pequeña burguesía”, teniendo un status socioeconómico diferente al de la “alta burguesía”, aparece en “el paquete” de la demolición nacional porque su existencia entra en contradicciones insalvables con los fines supremos de la revolución. De manera que un profesor universitario, el ejecutivo medio de una empresa o el dueño de un abasto, se asimilan a “la oligarquía”, (aun cuando, en rigor, no formen parte de ella) y por tanto hay que despojarlo de “sus privilegios”. 

Tachada de superficial y frívola por algunos y de heroica luchadora por otros, buena parte de esa clase media venezolana aceptó pasivamente, junto con el grueso de la población, el golpe de 4F y se inclinó por el chavismo en las distintas votaciones que se dieron hasta el año 2000 y que se constituirían en el soporte inicial de su estructura de poder. Luego, cuando fue comprendiendo que su existencia era amenazada y su desaparición estaba sentenciada, modificó radicalmente su posición y se entregó, hasta el día de hoy, con sus altas y sus bajas, sus pasiones y equivocaciones, sus coincidencias y sus diferencias, a la lucha contra la deriva totalitaria.

En ese lapso de trece años (2001-2014) se movió en todos los escenarios, ensayó con diversos liderazgos, discutió las formas de lucha y en los momentos claves, nadando contra la corriente de una sólida mayoría que consolidaba la dominación chavista, logró frenar su avance, aunque no sin graves pérdidas que nos remiten al inicio de esta nota: sola, sin una alianza coordinada con los sectores populares, la clase media está condenada a diluirse (algo que ya está ocurriendo), en esa gran masa descontenta pero sometida y empobrecida en que se ha convertido la sociedad venezolana.


Hasta los tuétanos

Igualada hacia abajo, comprometido hasta los tuétanos su estilo de vida de aquellos días en que con un sueldo razonable se podía comprar carro, y apartamento a crédito (estoy consciente de que muy pocos saben ya lo que era la propiedad horizontal), salir del país en vacaciones, escoger entre la escuela pública o la privada para los hijos (el nivel de la educación corría parejo en ambas instancias) o hacer un posgrado en una universidad del extranjero (Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho), se han convertido en vaporosos recuerdos para los más viejos y en historia apenas intuida por lo más jóvenes.

Pero quizás lo peor no sea que ocupados, como estamos, en cuidarnos de un atraco o en apañarnos para conseguir la comida, el medicamento que no aparece por ningún lado o una batería para el carro, luego de diez horas de la cola, olvidemos que las carencias materiales, aquellas que remueven por igual el descontento y la insatisfacción, obedecen a una constante: la negación de la democracia. Este, que ha sido factor decisivo en las luchas de la clase media y cuya importancia a veces suele menospreciarse porque, en medio de la desolación general, podría lucir como superflua y abstracta, resulta, en realidad, la causa primigenia de la ruina, moral y material, que asola, por igual, a todos los estratos sociales. 

ROBERTO GIUSTI | EL UNIVERSAL
@rgiustia