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¿El futuro queda atrás? Domingo Fontiveros

La población toda tiene derecho a protestar, especialmente la juventud…

Hay que guardar silencio luctuoso y solidario por las personas fallecidas y heridas en los eventos de protesta que han tenido lugar en buena parte del país durante las últimas dos semanas. En su totalidad son jóvenes. Encarnan el futuro del país. Con ellos, parte del futuro se va quedando atrás.

Algunas consignas de los manifestantes observadas en los medios son emblemáticas del dolor y la ira subyacentes. Un ejemplo: “Yo pierdo un semestre, ¡Bassil perdió la vida!”. Otro: Yo pierdo un semestre, pero no quiero perder a mi país. Quien no pueda entender esto tiene prejuicios profundos en contra de la juventud. Porque son expresiones de jóvenes, estudiantes y ciudadanos, que adoptan las universalidades partiendo de hechos concretos que los rodean. No quieren promesas ni engaños. Exigen respeto a sus derechos y aspiraciones de porvenir.

Hoy cada vez son más los que ven, sienten y entienden que el camino elegido por este gobierno no conduce a nada estimulante, sino a una repetición aburrida de promesas vacías, a la mal disimulada represión creciente del sentir nacional y al vil hundimiento de las perspectivas de mejora personal. Estos jóvenes se niegan a aceptar que su futuro sea lo que el madurismo decide y decreta. Quieren tener opciones para su vida más allá que el simple quedarse en la pesadilla o soñar con emigrar. Al contrario de los intentos monopolizadores del gobierno, quieren ver ante sí la pluralidad de la vida. Como han dicho siempre los que quieren romper cadenas, ellos también prefieren una libertad peligrosa a una esclavitud tranquila.

Este gobierno marca el fracaso final de la revolución. Ha condenado al pasado y al mismo tiempo ha clausurado al futuro. En medio de las contradicciones ínsitas al régimen, el instinto de poder de los jefes quiere colocar al país en una hibernación, un sueño largo y sosegado, que les permita a ellos terminar de ocupar los espacios libres. Pero los estudiantes no quieren dormir. Quieren vivir, al igual que el resto de la población venezolana, una vida normal. Sin asaltos mediáticos, sin adoctrinamiento forzoso, sin crímenes impunes, sin miedo a la inflación o la escasez, sin colas interminables en calles, autopistas y pasillos de abastos y automercados, sin abusos del poder y sin censura.

El régimen ha fracasado en su modelo socialista. Mientras la población sigue aumentando, el país produce cada vez menos. Mientras más escasean las divisas más aumenta el requerimiento de importaciones.

Mientras el salario aumenta cada vez menos, la inflación sigue indetenible. Mientras más aumenta el descontento social, más se cierra el gobierno en su concha de escoltas y parafernalia armada.

Antes, los gobiernos ingeniaban cómo elevar el estatuto internacional de la Nación, cuidando la soberanía y ganando respeto y admiración de muchos países. Hoy el destino nacional se define desde afuera, despreciando la dignidad venezolana y exaltando valores ajenos, acuñados a palos en la piel de los disidentes.

La población toda tiene derecho a protestar. Especialmente la juventud, tan arreada por los manipuladores maquiavélicos de oficio.

Mi solidaridad con su pureza y mi protesta frente a la hipocresía irredenta del régimen. Mi solidaridad también con Leopoldo López por todo lo que sabe el país y el mundo.

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net