Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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El lamento de un tirano

Dice el poeta mexicano que el tirano se lamentaba: “Intente hacer el bien, propagar la bondad, sembrar la justicia, hacer la dicha de todos”. Para lograrlo, confiesa, todos los medios fueron válidos: “Con tan noble propósito engañé, asesiné, encarcelé, torturé, oprimí. Yo que era compasivo y solidario me convertí en uno más de los monstruos”.

Por la cabeza del tirano nunca pasó la idea de que imponer la dicha a todos es en esencia un ejercicio dictatorial, contrario a la libertad y al derecho a elegir. El bien a la fuerza no puede existir porque no es más que una muestra de poder, coacción, avasallamiento de la voluntad del otro que sumisamente tiene que postrarse ante la imposición del poderoso.

La persecución de ese Dorado “la mayor suma de felicidad para todos” se convierte en una especie de ritornello para aquellos que obnubilados por su utopía particular emprenden la feroz carrera de imponer la felicidad. Sí la dicha pudiese imponerse bastaría con un decreto o una ley que lo convierta en un argumento de fuerza.”Sí usted se atreve a no ser feliz, irá a prisión”

Pero el tiempo es implacable e indefectiblemente las carreras de los tiranos tienen un fin -no siempre prematuro- imponer la felicidad a un pueblo puede durar buena parte de un siglo. A los cubanos por ejemplo les ha costado medio siglo. La pesadilla soviética duró casi cien años antes de desintegrarse, volverse añicos, de poder derribar las estatuas de Lenin que presidian cada una de las plazas públicas.

El fin es muy triste y no podría ser de otra manera, es despertar en medio del horror, de la flagrante injusticia que conlleva haber tratado de anular, de suprimir lo que te define como humano, tus sentimientos, preferencias, tu visión estética, la libertad.

Persiste sin embargo, una breve rendija para la duda, es muy posible que el final conlleve mirar de frente sin velos ideológicos. ¿Acaso Mao Tse Tung, Stalin, Hitler, Fidel, en sus lechos de muerte, pudieron ver una poco más allá, se infiltraría alguna luz, alguna leve sospecha sobre el verdadero fin de sus aventuras en la tierra? Creerían que al final dejaban pueblos y personas más felices que las que les precedía.

Cómo pueden sus conciencias justificar o digerir la necesidad de usar poderosas policías políticas, exterminadoras de cualquier tipo de disidencia, de cualquier idea u opinión que sugiera algo distinto a lo que trataron de imponer: la KBG, La Gestapo, la cercana G12 de Cuba. Policías tan feroces como las que exhibían las más carniceras dictaduras africanas, como la de Duvalier, Idi Amín, Gadafi o en nuestros patios como Chapita Trujillo.

Por eso el poeta sueña con dictadores que al final de su vida se abran al arrepentimiento, capaces de postrarse ante la culpa, en nombre de ese espíritu que ellos trataron ferozmente de doblegar:

Ahora solo puedo pedir perdón.
Y es en vano: los muertos no resucitan,
Las heridas nunca se curan.
Así al buscar la luz y la verdad.
Aumenté con la suma de mis crímenes
El plural sufrimiento de este mundo. (*)

Esto seria una minúscula porción de redención para un tirano en su lecho de muerte como lo fue Pol Pot, el dictador camboyano en cuyas espaldas hay más de tres millones de muertos inocentes.

Podríamos aspirar que esta posibilidad humana les sea accesible a otros tiranos y que en sus tribulaciones, enfermedades o muerte se atrevan a ver el rostro de los seres humanos, ser tan valientes como para apartar la pérfida masa de Yagos susurrantes, sobreponiéndose a su propia intransigencia y despotismo. ¿Tendrán esa posibilidad, pedir perdón cuando aun tienen vida; o creerán hasta el último segundo que nos pueden prohibir ser infelices?

*Como la lluvia. “Lamento de Pol Pot en su lecho de muerte”. José Emilio Pacheco

Enero 3, 2012

Publicado en: OpiniónTitulares