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El látigo de la indiferencia. Trino Márquez

Nicolás Maduro sintió el látigo de la indiferencia cuando habló en la Cumbre Climática de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York, el pasado 23 de septiembre. En su comparecencia se quedaron por obligación los miembros del cuerpo de seguridad que resguarda el recinto y uno que otro despreocupado representante que se ocupaba de ver los últimos correos electrónicos que había recibido.

Todos los demás delegados que no tenían la obligación protocolar de estar allí salieron despavoridos. Sabían que les tocaba oír un discurso machacoso, repetitivo e inútil de un mandatario que iba a condenar la destrucción del ambiente por parte del capitalismo, pero que días antes había eliminado el Ministerio de Ambiente, creado hace 37 años cuando el tema ambiental era secundario en todas las agendas internacionales y el Estado venezolano era una ejemplo mundial de protección de todo el ecosistema.

Ni siquiera por cortesía se quedaron en la sala plenaria los socios de la Alba, esos que la largueza irresponsable del régimen ha mantenido durante varios lustros. La soledad de Maduro expresó el aislamiento internacional de su Gobierno. En la ONU se reflejó la soledad de un Presidente que desperdició la popularidad que le dejó su “padre” y predecesor.

Algunos gobernantes, ése fue el caso de Mijaíl Gorbachov, son impopulares dentro de su país, pero disfrutan de un inmenso aprecio y prestigio internacional. Maduro no logra ninguno de los dos objetivos. Su imagen se erosionó en el plano interno y en el internacional. Chávez lograba imantar -muchas veces con su chequera petrolera y otras con su carisma- a la izquierda que había quedado huérfana después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe de la Unión Soviética. Sus delirios de grandeza cautivaban a una izquierda traumatizada después del colapso del comunismo. A esos sectores les insufló fuerza y una nueva esperanza. Maduro no logra despertar el entusiasmo de nadie. Ningún periodista importante se interesa por lo que pueda decir. La audiencia internacional que le dejó el comandante se esfumó. Ya no cuenta con petrodólares para seducir ni cortejar a los oportunistas que se acuerdan de Marx cuando necesitan aumentar su cuenta bancaria.

La soledad es el sino que persigue al hombre que se entregó en brazos de los militares y de los cubanos para poder subsistir. Sin embargo, el aislamiento no lo hace menos peligroso. Todo lo contrario. Un mandatario que disfruta del apoyo popular, que hace estremecer a las masas con su discurso y su ángel, puede actuar con benevolencia porque sabe que ese pueblo al que cree representar, lo protegerá. En cambio, el gobernante abandonado por el calor de las masas se torna desconfiado y rencoroso. Ve el peligro en todos lados. Opta por el camino de la represión para conservar el mando. Maduro es la prueba evidente de este síndrome. Sus movimientos son monocordes. Se fundan en la amenaza y la represión. La esfera política desapareció de su horizonte. Se extinguió todo el ámbito relacionado con la consulta, el diálogo, la negociación y la construcción de consensos. El país se redujo a su pequeño mundo donde solo existen los Diosdado Cabello, los Elías Jaua, los Pedro Carreño, los oficiales de su Alto Mando y los cubanos. Todo el resto de esa nación compleja y diversificada que es Venezuela, se esfumó.

La inflación, la escasez y el desabastecimiento devoran el país; la enfermedades endémicas lo diezman; la inseguridad mantiene a la población en constante alerta. Todos los graves y urgentes problemas nacionales requieren acuerdos con amplia participación de los actores involucrados. A Maduro solo se le ocurre presionar a Eduardo Garmendia, presidente de Conindustria, y acusar de terrorista a Ángel Sarmiento, presidente del Colegio de Médicos de Aragua. No sabe cómo actuar frente al desastre que creó o profundizó porque se mantiene anclado en el Medioevo, cuando el Estado de Derecho y la democracia eran simples proyectos acariciados por algunos cuantos filósofos.

Su arrogante ignorancia están pagándola todos los venezolanos. Venezuela es el país de peor desempeño en toda la región. El de mayor pobreza y peor calidad de vida. En la ONU recibió su castigo.

TRINO MÁRQUEZ | NOTITARDE
@trinomarquezc