Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
El lobo feroz. Víctor Maldonado C.

La memoria siempre es selectiva. Recordamos mejor aquello que nos conviene a los efectos de enmarcar nuestros resentimientos y nuestras versiones heroicas o románticas sobre lo que nos ha ocurrido. Por eso es tan escurridiza la verdad, y también por eso cuesta tanto a los países como el nuestro, encontrar a veces ese hito común que nos permita el mutuo reconocimiento y la justificación de una reconciliación que no debería tener más retardos. ¿Cuándo nos jodimos? ¿Por qué ocurrió? Son dos de las preguntas más frecuentes del acontecer latinoamericano. Empero, la mayor parte de las veces las respuestas son solo intentos de lamernos las heridas y no una asunción corajuda de nuestras propias responsabilidades en todo lo que nos ha ocurrido.

El venezolano es un afanoso cultivador de “las manos pelúas”. Para nuestro gentilicio siempre hay un culpable y en los hechos nunca participamos ni siquiera como comparsa. Así ha sido fácil digerir nuestros traumas generacionales, pero también por esa vía nos hemos estancado en un infantilismo político que a muchos nos hace insoportablemente inconsistentes, y a otros nos empuja hasta las antípodas para servir de mesoneros, invocando para ello cualquier pretexto. Así fue como despachamos los cuarenta años perdidos, y así fue como compramos esa inmensa mentira que fue la propuesta chavista: reivindicación social, venganza histórica y repartición irresponsable. Todas ellas fueron prometidas bajo la consigna falaz de ser un país enormemente rico, pero también inmensamente expoliado por sus dirigentes. Salieron en su momento tontos útiles, los llamados notables, a hacer el trabajo sucio de la estupidez, y a colocarse ellos mismos como alfombra roja donde parecían más relucientes que nunca las botas de los militares.

En esa época todos estábamos prestos a cacerolear nuestros propios complejos y a darle a los otros la ración de escoria que nos tocaba, esa que nos correspondía por derecho propio y por mérito ciudadano. Esa que al tirársela a los otros, nos hacía más leve la vida y más dispuestos a participar en la siguiente repartición. Nadie recordaba el inmenso festín de la segunda mitad del siglo XX y mucho menos se interrogaron si todo eso que habían recibido era a cambio de una cuota proporcional de productividad. El petróleo nos asimiló al “primero recibe callado, y protesta después si en algún momento no lo sigues recibiendo”, mientras los cerebros más esclarecidos seguían devanándose sus propios sesos en buscarle caminos a la siguiente reivindicación individual, sin importar la quiebra de las empresas, el alejamiento de las inversiones o el crecimiento, siempre amenazador, de la deuda. Tampoco nos preguntamos si seguíamos construyendo escuelas u hospitales, porque nunca relacionamos educación y salud con progreso social y prosperidad nacional.

Cuando la cosa se puso fea, no hubo ningún acto de contrición y sí muchos intentos de linchamiento. Los primeros enfrentamientos fueron entre la cruda realidad y esa pretensión de que nada tiene otro costo que esa nefanda negociación entre perdedores que se ceban en la regulación irreal de los precios, y que por lo tanto obligan a la desaparición de los servicios y al imperio del rebusque. Por eso, un pasaje cuesta menos que un cigarrillo, un vaso de agua cuesta más que un litro de gasolina, y descubrimos que nos gustaban nuestras autopistas libres de peajes aunque se llenaran de huecos. Con estas condiciones, nadie es capaz de advertir, cual desafortunada Casandra, que así no funcionan las cosas. Nadie saca una sola cuenta, sino que apuran el paso hacia la próxima oportunidad de recibir sin dar nada a cambio.

La memoria es selectiva y la mayor parte de las veces patética. Todos cerraron los ojos y se inmolaron en el altar de la suprema ingenuidad, bajo el supuesto bien dudoso de aspirar a mayor justicia e igualdad. Bueno, entre cánticos y manitos agarradas ingresamos al chavismo. Esa era la oferta: freír en aceite caliente a los corruptos, resolver los entuertos, empoderar al pueblo, y seguir distribuyendo prosperidad sin pedir nada a cambio. Catorce años después tenemos estos resultados. Sólo agarran candela nuestras refinerías, gracias al trueque que se impuso entre la lealtad revolucionaria y el talento. Y del resto, hemos hecho el inventario una y otra vez.

Porque en el fondo todos vivimos acechados por una bestia indomable que es el populismo. Nuestro tótem es la mangüangüa, nos seduce la oferta del gendarme necesario, ese hombre fuerte que se encarga de nosotros a cambio de la entrega total de nuestras libertades. Damos algo más que la vida por liberarnos de cualquier responsabilidad y vivir como el bacalao aquel de la Emulsión de Scott. Y esa bestia la llevamos por dentro. A esa bestia es que Chavez le rinde homenaje y pleitesía. Nosotros somos la bestia que hace posible al chavismo. Nosotros somos el populismo del que se alimenta esta tiranía.

Víctor Maldonado C

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