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El momento de la verdad

09/03/2010

Sus amigos comienzan a abandonarlo empieza entonces la caída lenta y dolorosa

Por: José Toro Hardy

Después de los atentados terroristas del 11 de setiembre del 2001 en EEUU, el 11 de marzo del 2004 en Madrid y el 7 de julio del 2005 en Londres, la agenda del mundo quedó profundamente marcada por el tema del terrorismo.

Frente al ambiente de incertidumbre desatado por aquellos acontecimientos, la economía mundial amenazaba con resentirse. EEUU y otras naciones decidieron que era indispensable detener lo que consideraban podía transformarse en un crash de graves proporciones y para ello optaron por aplicar medidas capaces de reactivar sus alicaídas economías.

La reacción fue impresionante. Aquellas medidas -muchas de las cuales con el tiempo demostrarían ser equivocadas- fueron capaces de desencadenar un crecimiento económico sin precedentes.

Efectivamente, los años 2003, 2004, 2005, 2006 y principios del 2007 pasan a ser una etapa de crecimiento económico excepcional en todo el planeta. El PIB mundial -índice que mide el desenvolvimiento de la economía global- crece a tasas nunca antes vistas, superiores al 4% interanual.

¿Qué impacto tuvo eso en Venezuela? Pues, bien, en respuesta a la expansión de la demanda energética, los precios del petróleo comenzaron a subir de manera incontenible, alcanzando en julio del 2008 los $147,20 por barril y dotando a nuestro país de ingresos extraordinarios.

La historia le abrió a nuestro país una oportunidad muy particular para lograr un salto cuántico de su economía y, junto con ello, promover soluciones verdaderas a nuestra problemática social.

Lamentablemente el dinero que fácil entra, fácil se va. En el país se desató un carnaval de populismo y demagogia. Más de 950.000 millones de dólares fueron lanzados a la hoguera de una revolución estéril y empobrecedora. Al pueblo sólo le llegaron las migajas del festín petrolero, dispensadas en forma de misiones que aparentemente sólo fueron diseñadas para rendir dividendos políticos.

Intoxicado por aquella avalancha de ingresos, nuestro gobernante pensó que podría comprarse todo un continente. Así, los petrodólares venezolanos comenzaron a fluir por Cuba, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Argentina, Honduras (la de Zelaya), por el Caribe y muchos otros lugares. Nuestras prioridades geopolíticas cambiaron y se propiciaron acercamientos con Irán, Siria y Bielorrusia. Otras relaciones más peligrosas comenzaron por lo visto a formar parte de la agenda.

Pero ahora llegó el momento de pagar el precio por los errores cometidos. La radicalización ideológica y la ignorancia en materia económica contribuyeron a una grave devastación de nuestra economía. Simultáneamente nuestras instituciones fueron severamente perjudicadas.

Frente al fracaso ya demostrado, la historia se apresta a pasar la página, a pesar de que en alguna ocasión estuvo dispuesta a brindar una segunda oportunidad. Eso es lo que están indicando las encuestas. Mientras tanto, el líder que se creía ungido por los dioses, está descubriendo que no fue más que una brizna de paja en el viento. Sus sueños de gloria se están disipando.

Como si esto fuera poco, la comunidad internacional, que antes lo respetaba, ahora lo percibe de manera diferente. La influencia en la OEA se le escapa como sal y agua entre las manos. Ahora llueven las denuncias como las de la CIDH, o las del fiscal Morgenthau de Nueva York, las del juez de la Audiencia Nacional española, Eloy Velasco -quien investiga las vinculaciones con las FARC y la ETA- o el informe del Congreso norteamericano en el tema de las drogas. Muchos gobernantes, comienzan a sentir la incomodidad de su cercanía.

Mientras tanto, la inseguridad, la inflación, el estancamiento económico, la crisis eléctrica, la escasez, el desempleo, etc., son factores que se unen para marcar el rumbo de la opinión pública. La experiencia indica que buena parte de la sociedad, incluidos empresarios, militares, sindicalistas, políticos y simplemente ciudadanos en general, se inclinan por donde sopla el viento. Cuando el viento cambia de dirección se produce un efecto de bola de nieve que se lleva por delante los liderazgos. Quien antes lucía imbatible comienza a mostrar síntomas de desesperación. Sus discursos ya no tienen el mismo efecto. Sus amigos comienzan a abandonarlo empieza entonces la caída lenta y dolorosa.

Son abundantes las páginas de la historia que nos muestran el ocaso de los líderes. Todo indica que se acerca el momento de la verdad.

pepetoroh@gmail.com

El Universal