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El otro cuatro

El régimen está en campaña, y por eso no nos debe extrañar que eche el resto en un año tan corto como promete ser el 2012.

Hasta el 7 de octubre tendremos que ser los espectadores obligados de una comparsa en la que ninguno de los ingredientes del populismo va a faltar. El primero de ellos, y tal vez el más importante, la justificación ideológica y moral del continuismo que promete ser hasta la muerte. Y el primer tramo de esta apología narcisista es, por supuesto, la celebración del 4 de febrero, que este año se abalanza sobre todos nosotros como un gran esfuerzo propagandístico para hacer pasar una vulgar asonada militar como una apoteosis revolucionaria. Pero vamos a los hechos, y ellos indican que un grupo de “comacates” liderados por los juramentados ante el Samán de Güere violaron todos los juramentos y apuntaron las armas de la república contra la legalidad estatuida. Y por supuesto, hubo muertos, hubo daño patrimonial, pero sobre todo, se quebró la confianza en la edificación institucional republicana que nos hizo creer que el estamento militar estaba comprometido a respetar la ley y acatar la Constitución. No fue así.

Por eso, cada 4 de febrero tenemos que plantearnos una interrogante y tratar de asumir una respuesta, por más dolorosa que sea: ¿cuáles son las razones para que el país haya fracasado en el intento de formar democráticamente a sus fuerzas armadas? ¿Por qué esa debacle entre el pragmatismo y la ideologización sin sentido de realidad? ¿Cómo es posible que dentro de su proyecto de país se haya echado por la borda la eficiencia, el talento, el mérito y el concepto más elemental de soberanía? ¿Cómo es posible que ahora sean la savia y el tronco de un régimen no democrático, ideológicamente enredado y que ha expuesto a los mandos medios y altos como la insignia de la imposibilidad? Hemos fracasado en el esfuerzo de constituir una institución militar y lo que tenemos ahora es un reflejo fiel de las montoneras ancestrales, deseosas de ir tras el caudillo del momento, dispuestas para el pillaje y la buena vida, y al margen de cualquier preocupación por la decencia y el decoro republicanos.

Pero no están solos. Otra pregunta de difícil respuesta es esa pretensión social que nos permitió celebrar ostentosamente el golpe militar. Esa ansiedad ciega de cambio y la conexión inconsciente con “el gendarme necesario” que tiene que venir como el mesías, para remendar entuertos y cometer venganza. El 4 de febrero ocasionó un carnaval vergonzoso en el que el disfraz más popular fue precisamente el de paracaidista golpista. Fracasamos en inseminar los valores de la república civil. No logramos superar la prueba de la reflexión histórica que nos hubiera dado evidencias de nuestro origen famélico y palúdico que todavía en 1936 nos mostraba como la última nación latinoamericana en abandonar el siglo XIX. Preferimos el mito y la comodidad de la ignorancia. Y con esas dos armas la emprendimos contra nosotros mismos para fraguar un becerro de oro a quien idolatrar, creyendo que por el hecho de haberlo fabricado, el falso dios iba a cobrar vida y podía hacer los milagros que estábamos esperando. Fracasamos en la interpretación veraz de lo que fue una vulgar asonada militar, una simple traición a la patria que dejamos pasar, y presionamos hasta el punto de convertirla en un acto heroico.

Todo lo demás son consecuencias. La impunidad y la demolición institucional que tiene como epílogo provisional la foto que muestra niños armados que endosan un mensaje de “guerra avisada” que no podemos aceptar. La misma impunidad que se construye a partir del discurso oficial, ventajista y arrogante. La misma que nos obliga a oír nueve horas de discurso sin sentido, como forma de castigo, como reto a la cordura que obligaría a todo el país a rechazar con firmeza tanto desvarío y tantas mentiras.

Este 4F es una inmensa mentira. No hay forma de trastocar un crimen de Estado en un acto de heroísmo. Chavez es la ambición desmesurada del poder para ejercerlo con arbitrariedad. El 4F es más PUDREVAL y ruina social que el clímax nacional que todos ansiaron con fervor. Es todo el tiempo que hemos perdido esperando que el líder por fin haga algo por el país. Pero no va a ser así porque celebramos sobre todo el ruido y el crimen como proyecto nacional. Pero estamos en campaña y tendremos que superar con buen juicio el huracán de propaganda y dispendio que busca afanosamente una oportunidad más. Empero, lo que no fue, no será.

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