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El Pasticho de Ugalde

En su articulo “Ni capitalismo ni socialismo” del pasado 01 de agosto, el jesuita Luis Ugalde hace una acalorada acusación contra el sistema capitalista de producción, que nuevamente alborota el avispero ideológico en el cual buena parte de la oposición parece estar entrampada.

Por: Ignacio De León

Ugalde hace algunas afirmaciones temerarias, como es la de declarar como “envidiables” las democracias “solidarias” de economía capitalista que se apellidan como “socialistas”. Se refiere Ugalde a las democracias europeas, acaso las de países nórdicos como Suecia o Noruega. No repara nuestro prelado en que esas democracias han votado por gobiernos anti-socialistas, esto es, liberales, porque ya no soportan el peso del asfixiante sobre la producción del Estado de Bienestar que, a escala europea, amenaza con implosionar la Unión Europea. Coyuntura que, en caso de acontecer, contrariamente a lo auspiciado por Ugalde, no seria nada “envidiable”.

Ugalde acusa a la palabra socialismo de “confundir” mas que aclarar, pues tan socialista es un Hitler como Stalin, Castro o Mao. No se percata Ugalde que las palabras no confunden; quienes las confunden son las personas, los intelectuales para mayores señas. La fuente de confusión puede ser la búsqueda del poder o, como es en su caso, una inocente (pero sumamente dañina) ignorancia sobre lo que es el Capitalismo y cual es su sustento moral.

La confusión de Ugalde es mayúscula, pero lamentablemente no es el único que navega en ese barco. Es una confusión que alcanza a la intelectualidad latinoamericana en su conjunto, y que tiene profundas raíces en la historia de nuestro continente. Para búsqueda de referencias históricas, siempre útiles para trazar el origen del error, complejo o flaqueza intelectual, posiblemente esta confusión haya comenzado con la derrota humillante de la Madre Patria por los Estados Unidos en la Guerra Hispano-Estadounidense (1898), que transformó en profundamente nacionalista a toda la intelectualidad del continente, sembrando entre nosotros el germen de parroquia chica (de espaldas a la globalización) al que pronto habría de agregarse la inspiración socialista de la Revolución Bolchevique (1917). En su reciente libro “Redentores”, reseñado por Mary O’Grady en un interesante articulo del Wall Street Journal, el intelectual mexicano Enrique Krauze examina este proceso, a través de 12 personajes clave de la historia del continente, Hugo Chavez incluido (¡no faltaba más!).

Krauze remonta el origen de esta visión trágicamente romántica de la política latinoamericana al prócer de la independencia cubana e intelectual José Marti (1853-1895), a quien la presencia estadounidense en el Caribe transformó de periodista mesurado a furibundo nacionalista. Luego seguiría el mexicano José Vasconcelos (1882-1959), quien buscando justificar la postración de los indígenas mexicanos, en el advenimiento de la Revolución Mexicana (1910), declaró a America Latina como cuna de una futura “raza cósmica” superior, esto es, el racismo como fuente de inspiración de una ideología política. El nacionalismo quedaría así atado al indigenismo en su rechazo al individualismo liberal (anticapitalista) y la vocación global y de modernidad de Occidente, representado por los Estados Unidos.

A esta visión anticapitalista se sumaria la de otros intelectuales, de países no indígenas del Cono Sur, cuya motivación contra los Estados Unidos es menos obvia, acaso fundada en la sensación de rivalidad (por entonces, Argentina aspiraba a un “destino manifiesto” en el continente americano). Esta identificación haría que la cosmovisión de estos intelectuales fuera decididamente contraria a los valores propios del Capitalismo representado por ese pais. En primer lugar, el uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917) aun impresionado con la paliza que Estados Unidos dio a España en la Guerra Hispano-Estadounidense planteó en su libro “Ariel” (1900) una fantasiosa lucha entre Ariel y Caliban, obvia metáfora bíblica de un Abel idealista y moralmente superior (Latinoamérica) asesinado por Caín materialista y codicioso (los Estados Unidos). Dicho de otro modo, lo que ellos son es porque nos lo han robado a nosotros.

Este lamento sería completado por el siquiatra y sociólogo argentino José Ingenieros (1877-1925). Si bien en su libro “El Hombre Mediocre” (1913), Ingenieros en ningún momento critica abiertamente a los Estados Unidos, plantea una supuesta oposición entre el “hombre mediocre” y el superior “hombre idealista”. Adivine usted en ese mapa que lugar ocupa el “hombre capitalista”. No es casualidad que Ingenieros abandonara entusiasmado su cátedra universitaria para afiliarse a una oscura organización comunista curiosamente llamada “Claridad”, con la intención de convertir los mediocres argentinos (que en su época tenían un ingreso per capita dos veces superior al de españoles e italianos) en idealistas consumados. El idealista Ingenieros actuaba así contra sus propias convicciones personales, pues justamente había emigrado de su oriunda Palermo (en Italia) para recalar en Argentina, buscando mejor fortuna, que la consiguió gracias al único hiato de política económica liberal vivido por ese pais entre 1880 y 1930.

Son estas las fuentes intelectuales donde abrevaría el ideario político latinoamericano en su estado de gestación moderna, cuya acción política estaría muy vinculada a la lucha civilista por la Democracia Representativa, no a la búsqueda de derechos económicos individuales que, por el contrario, fueron sistemáticamente percibidos como la “superestructura” de apoyo de las pretensiones del capitalismo internacional, aliado a los dictadores militares de la región. Así se gestaron las visiones “apristas” o socialdemócratas del peruano Haya de La Torre y el venezolano Rómulo Betancourt o las socialcristianas del chileno Eduardo Frei Montalva y del venezolano Rafael Caldera. Se gestaron en el desprecio por los derechos económicos individuales: no es casualidad que al día de entrar en vigencia la Constitución venezolana de 1961 se suspendieran estos derechos, por razones “excepcionales”, en una temporalidad que duró hasta 1991, es decir, dos generaciones. Todo lo cual permitió construir un Estatismo Paternalista y Maternalista, cuya expresión mas acabada es, desde luego, esto que ahora llamamos “chavismo”: De una sociedad donde antes los permisos, alcabalas, monopolios y privilegios se negociaban en el seno de un “consenso de elites” (expresión del sociólogo venezolano Juan Carlos Rey), hemos pasado a la sociedad que brega lo mismo, pero no a las elites, sino a la elite boliburguesa.

Pues bien, es bajo el peso de esta tradición ideológica que Luis Ugalde, predica su desconfianza personal sobre el sistema capitalista, haciéndolo aparecer como inhumano, mediocre y traicionero como Caliban. Dice Ugalde:

“En la profunda identidad humana trascendente, son decisivas su espiritualidad y valores humanos, y mortal su carencia, por lo que es indeseable una “sociedad capitalista”, es decir dominada por el capital.”

Esta visión maniquea del Capitalismo, como si estuviera divorciado sentir de la gente, responde a la escala axiológica antes identificada en el curso de la historia del pensamiento latinoamericano. No es nada nuevo, pues.

La pregunta que uno puede hacer, tanto a Ugalde como a quienes lo preceden en esta forma de pensar es ¿donde esta su error intelectual? Una clave nos la da la siguiente afirmación del articulo de Ugalde:

“(…) la economía es ciega y abusiva y ahoga la competencia, sin una sociedad democrática y solidaria, sin fines humanos y sin Estado ni institucionalidad reguladores. Siempre habrá quien gane más o pierda, pero no es aceptable que eso no se regule y que haya personas, clases, naciones, regiones, condenadas – ellas y sus hijos- al infierno de los perdedores perpetuos.”

Mas allá de lo risible que resulta traer a la discusión la metáfora del infierno atizando en el fuego perpetuo a unos supuestos perdedores constantes del Capitalismo, convendría a Ugalde preguntarse a que misterioso designio divino se debe que el numero de empresas ganadoras en los países capitalistas constantemente cambie. Sugiero al Padre Ugalde informarse mejor: que revise las estadísticas historicas de FORTUNE 500 y haga una búsqueda sencilla: que identifique las 10 empresas líderes en los Estados Unidos entre 1955 y 2005. Verá que un tercio de las compañías listadas en 1970 ya no existía para 1983. Verá que de las 50 empresas más grandes del mundo en términos de facturación, 20 son de los Estados Unidos, 12 japonesas, 6 alemanas, 4 francesas, 3 del Reino Unido, 2 holandesas, 2 italianas y 1 suiza (hace una década, prácticamente todas eran de los EEUU). Verá que hoy día las economías emergentes tienen 75% de las reservas internacionales a nivel mundial. Verá que hoy día el primer millonario del mundo es un mexicano gordo pese a llamarse “Slim”. Puede apreciar una nota sobre el libro de Fareed Zakaria, “The Post American World” en Cazafantasmas.

En otras palabras ¿Donde esta su “infierno de los perdedores perpetuos”?

Uno no puede entender como es que el padre Ugalde puede afirmar que la economía capitalista es un “fenómeno ciego” (y bajo su propio presupuesto, imparcial) y a la vez puede “ahogar” (esto es, intencionalmente) a nadie. Estos adjetivos traslucen una clara animadversión en este intelectual hacia el fenómeno social que examina, lo que le hace concluir, por ley de sus caprichos (ya que la evidencia empírica brilla por su ausencia), que “el capitalismo esta en una crisis sin solución capitalista”.

¿No será que Luis Ugalde sencillamente desconoce al Capitalismo y sufre del mismo prejuicio que otros intelectuales latinoamericanos que lo precedieron?

Quizás sea provechoso para Ugalde retomar las ideas escolásticas de los siglos 15 al 17, donde el aporte jesuita al pensamiento económico fue mucho más feliz y constructivo que los recientes aportes de la Compañía de Jesús al pensamiento económico, particularmente si uno considera que a la par de la condena moral al Capitalismo, existe un sentido de apología por la llamada “Teología de la Liberación”, que sin ser teología ni haber liberado a nadie, hizo a muchos jesuitas subir la montaña para convertirse en tristes compañeros de viaje de una lucha guerrillera armada y asesina, que pretendía establecer en Latinoamérica un paraíso socialista similar al que vivimos hoy día los venezolanos (y que felizmente, Ugalde hace bien en criticar públicamente, como ha hecho valientemente numerosas veces).

Ese olvidado pensamiento escolástico abarca el Siglo de Oro español. Fue gestor de la idea de los derechos del Hombre y del Derecho Internacional moderno, pero además, en lo económico, esta escuela de Salamanca (así se le llamó, por tener su “sede” en la famosa universidad castellana) fue genuina precursora del pensamiento de Adam Smith y otros liberales laicos de siglos posteriores. Estuvo representada, entre otros, por Martin de Azpilcueta (1491-1586), Diego de Covarrubias y Leyva (1512-1577), el dominico Luis de Molina (1494-1560), Domingo de Soto (1494-1560) y los jesuitas Francisco de Vitoria (1492-1546) y Juan de Mariana (1536-1624).

De esta tradición escolástica, Ugalde podría examinar varias vertientes que refuerzan la convicción de que el Capitalismo es un sistema moralmente superior. Léase bien, que la gente no va al infierno si lo practica, todo lo contrario.

Por ejemplo, Ugalde podría examinar el pensamiento económico de Juan de Mariana, quien en De monetae mutatione (Sobre la alteración del dinero) (1605) comienza por preguntarse si el rey (El Estado, hoy dia) o el gobernante es el propietario de los bienes de sus vasallos, llegando a la conclusión de que en ningún caso esto ha de ser asi, y el rey (el Estado) no puede imponer un impuesto a sus ciudadanos sin que estos estén de acuerdo, dado que los impuestos no son sino una apropiación forzosa de una parte de la riqueza de los vasallos. Y donde dice que el rey crear monopolios estatales, puesto que estas instituciones no son sino una manera de imponer cargas contributivas.

Mariana describe también las muy serias consecuencias económicas a que da lugar la devaluación y la intervención del gobierno en el ámbito monetario de la siguiente manera: “solo un insensato intentaría separar estos valores de modo que el precio legal difiriera del natural. Estúpido, ¿qué digo?, malvado el gobernante que ordena que algo que la gente común valora, digamos, en cinco, se venda por diez. Los hombres se guían en estos asuntos por una estimación común fundada en la consideración de la calidad de las cosas, así como en su abundancia y escasez. Sería vano que un príncipe buscara socavar estos principios del comercio. Más vale dejarlos en paz y no forzarlos, pues hacer lo contrario únicamente iría en detrimento público.” Todo un statement a favor del Capitalismo, podría decirse, en la pluma de este jesuita ilustrado.

O también pudiera Ugalde pasearse por los escritos del jesuita Diego de Covarrubias y Leyva quien en Omnia Opera (1555) afirmó que “el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso aunque tal estimación sea alocada”; añadiendo, para ilustrar su tesis, que “en las Indias el trigo se valora más que en España porque allí los hombres lo estiman más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es la misma en ambos lugares”. Esto es, lo valoran mas porque hay menos de el, oferta y demanda, mercado, libre comercio, capitalismo.

O que tal estudiar un poco a Luis Saravia de la Calle, quien en su libro Instruccion de Mercaderes (1544) dijo en claro castellano (los otros escribían en latin) que “El precio justo surge de la abundancia o escasez de bienes, mercaderes y dinero, como se ha dicho, y no de los costes, trabajo y riesgo”. Agrega Saravia que “los que miden el justo precio de las cosas según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros.

Es decir, que una Ley de Precios y Costos Justos es un disparate sin remedio; así como también, lo es criticar moralmente un fenómeno carente de moralidad (porque carece de entidad personal, no es de carne y hueso), como es el mercado.

Los escolásticos españoles fueron los primeros en comprender el concepto de la competencia de mercado (en latín concurrentia), entendida como todo proceso de rivalidad empresarial que impulsa el mercado y da lugar al desarrollo de la sociedad. Por ejemplo, Jerónimo Castillo de Bobadilla (1547-?) llegó a enunciar la siguiente ley económica: “Los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de vendedores.”

Siendo así, Padre Ugalde, ¿cómo es eso que la economía capitalista (la no intervenida por el gobierno) ahoga la competencia?

Juan de Salas, en Comentarii in secundam secundae D. Thomae de contractibus (1617), refiriéndose a las posibilidades de llegar a conocer la información específica que los agentes económicos manejan en el mercado, llegó a la conclusión de que tal información es tan compleja que “quas exacte comprehendere et ponderare Dei est non hominum”, es decir, que sólo Dios, y no los hombres puede llegar a comprender y ponderar exactamente la información y el conocimiento que maneja un mercado libre con todas sus circunstancias particulares de tiempo y lugar. Bueno, Dios y el Padre Ugalde, que condena el Capitalismo al fuego eterno.

Podría ver también que nos dicen los escolásticos sobre la esencia de la economía de mercado, que no tiene un precio fijo sino constantemente cambiante, y por lo tanto imposible de regular. Esto lo vio claro el cardenal jesuita Juan de Lugo, quien preguntándose cuál podría ser el precio de equilibrio, tan pronto como en 1643 llegó a la conclusión de que dependía de tan gran cantidad de circunstancias específicas que sólo Dios podía conocerlo (pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum).

Casi cinco siglos después, Ugalde aun no lo ve claro. Por eso, afirma la conveniencia de controlar los precios de mercado para “evitar abusos”. En sus palabras: “Siempre habrá quien gane más o pierda, pero no es aceptable que eso no se regule”.

¿Que nos dice Ugalde sobre el pensamiento de Martin de Azpilcueta, primo del mismísimo San Francisco Javier quien en su libro Comentario resolutorio de cambios (1556) explicó, cual un “Chicago Boy”, la teoría cuantitativa del dinero? Así, Azpilcueta, observando los efectos que sobre los precios en España tuvo la llegada masiva de metales preciosos proveniente de América, concluye que “en las tierras do ay gran falta de dinero, todas las otras cosas vendibles, y aún las manos y trabajos de los hombres se dan por menos dinero que do ay abundancia del; como por la experiencia se vee que en Francia, do ay menos dinero que en España, valen mucho menos el pan, vino, paños, manos, y trabajos; y aún en España, el tiempo, que avia menos dinero, por mucho menos se davan las cosas vendibles, las manos y trabajos de los hombres, que después que las Indias descubiertas la cubrieron de oro y plata. La causa de lo qual es, que el dinero vale más donde y quando ay falta del, que donde y quando ay abundancia.”

No es tanto el sentido de la vista pero el del oído lo que uno encuentra que falla en el Padre Ugalde: son los ecos de la tradición proto-izquierdista de nuestra ideología política latinoamericana que debe estar retumbando en los oídos de nuestro intelectual, pese a todo lo que hemos visto en estos 13 años de miserias en medio del mar de la abundancia de petrodólares boliburgueses.

Debe ser que hay sentidos del cuerpo que se imponen a otros. En todo caso, acaso el sentido del gusto sea el más agudo de todos: de ahí, el tamaño del pasticho.

Publicado en: Opinión, Titulares

Agosto 23, 2011