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El peso de la estupidez. Víctor Maldonado C.

No se puede subestimar la estupidez humana

Stultorum infinitus est numerus

Eclesiastés, 1,15

Pero es muy difícil predecirla. Las dos afirmaciones son el corolario de la primera ley fundamental que al respecto enunció Carlo M. Cipolla, quien fue hasta su muerte profesor de historia económica en la Universidad de California en Berkeley. Para el autor no cabía ninguna duda sobre la abundancia de individuos que con ese talante circulan por el mundo. Tampoco titubeaba al decir que su paso por la vida proporcionaba al resto muchas tribulaciones y oportunidades para la ruina. Y era así porque como siempre ocurre con el género humano, no hay rótulos visibles sobre lo que la gente efectivamente es. La sabiduría popular sentencia al respecto que “ojos vemos, corazones no sabemos”. La estética y el resto de las apariencias son falsos señuelos. Son recursos para el engaño, y más allá del comic, no hay certezas entre la equivalencia entre el ser y el parecer. De hecho de eso se trata la segunda ley fundamental: “La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”. Pueden tener credenciales y aspectos prometedores. Incluso haber sido personas cuya inteligencia y conducta racional nos negaría la posibilidad de un defecto fatal, hasta que ocurre la revelación fatal.

Pero, ¿qué es la estupidez? El autor no lanza un concepto sin antes ponernos en contexto. Digamos que primero tenemos que asumir la condición social del género humano, su necesidad de entrar en contacto con los otros, y la aspiración a que ese contacto sea valioso. Para Cipolla, “cada uno de nosotros tiene una cuenta corriente con cada uno de los demás. Cada uno de nosotros evalúa el contacto como un costo de oportunidad [ganancia frustrada o pérdida como alternativa]” y el saldo es cuasi contable: lo que uno gana lo pierde el otro, y viceversa. Al colocar este modelo en un cuadrante de 2×2 en el que se pueden colocar cada una de las conductas previsibles. Esta es la tercera ley fundamental: Todos los seres humanos se pueden organizar alrededor de cuatro categorías cardinales, porque en una de ellas estarán exclusivamente incluidos: Los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra persona o grupos de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, incluso obteniendo un perjuicio. Los que así se comportan son sorprendentemente irracionales y por lo tanto impredecibles. De allí su peligro.

El malvado perfecto, en cambio, es aquel que con sus acciones causa a otra persona pérdida equivalente a sus ganancias. Su actitud es deliberada, sometida al imperio de medios y fines, y frente a ellos se pueden tomar precauciones. En cambio las consecuencias de la estupidez siempre nos toman por sorpresa. Nos causan perplejidad y nos bloquea para organizar una defensa racional porque, como sentencia el autor, “el ataque carece de cualquier tipo de estructura racional”. De allí Carlo M. Cipolla deriva la cuarta ley fundamental: “… los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error”. Por eso, estos son el tipo de personas más peligrosa que existe. Y con esta quinta ley fundamental cierra el ensayo.

Hay, sin embargo una relación intensa entre la estupidez y el poder. El potencial de daño estará directamente relacionado con la posición de poder o de autoridad que el sujeto en cuestión ocupa en una unidad social. ¿Cómo pueden llegar a posiciones de dirección? Fernando Savater, al comentar el artículo de Cipolla sentenció que nadie está exento, porque la estupidez es una categoría moral, no una calificación intelectual, y se refiere a las condiciones de la acción humana. Y al preguntársele sobre los síntomas, hizo este inventario: espíritu de seriedad, sentirse poseído por una alta misión, miedo a los otros acompañado de loco afán de gustar a todos, impaciencia ante la realidad, mayor respeto a los títulos académicos que a la sensatez o fuerza racional de los argumentos expuestos, olvido de los límites (de la razón, de la discusión) y tendencia al vértigo intoxicador. Tal vez valga la pena hacerse un chequeo anual al respecto.

Víctor Maldonado C

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