Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
El Señor del Caos. Victor Maldonado

La violencia no es otra cosa que la más flagrante manifestación de poder. Con esta afirmación Hannah Arendt quiso dejar clara su posición sobre un hecho social que no puede ignorarse porque es parte de la más primitiva forma de relación entre los hombres. Los hechos de fuerza, o sea la imposición de la voluntad de unos pocos sobre el resto que es más débil, solamente es posible en ausencia de las condiciones de marco apropiadas, cuando el derecho carece de la fuerza suficiente para imponerse y nadie tiene el interés de garantizar al resto esas veintinueve condiciones que te hacen ser humano y que forman parte de la Declaración Universal suscrita por la Organización de las Naciones Unidas.

Tal vez por eso, alguien tan brutalmente práctico como fue Mao, se ufanaba en decir que “el poder procede del cañón de un arma”. Por lo tanto, la primera conclusión es que la violencia de Estado, esa que mata jóvenes, apresa y sentencia sumariamente, y coloca a la población en el plano de los miedos es un atributo de los gobiernos y casi nunca de una oposición civil.

La violencia es un argumento que siempre está a la mano de los poderosos. Hasta Marx reconocía que el Estado es un instrumento de opresión de la clase dominante. Eso es lo que estamos viviendo, aun cuando los chavistas sientan que ese tipo de “comentarios marxistas” solo pueden ser aplicables cuando la irredenta derecha es la que está al frente del Gobierno. Pero no es así. Los que están al mando imponen sus propios criterios e intereses, sin perder el tiempo en formulación de consensos, disfrazándolos con cinismo como “la voluntad del pueblo”, y usando todos los recursos que tengan a la mano para evitar cualquier debate al respecto. No es casual que el chavismo gobernante se sienta “pueblo encarnado”. Eso no es más que un recurso argumental que encubre algo mucho más siniestro: Que velarán por sus propios intereses -los de ellos- y lo harán mientras tengan a mano suficiente “poder de fuego”, capacidad de intimidación y disposición a la obediencia de la burocracia y de los militares.

La violencia es también una imagen amedrentadora. Los regímenes que apelan al uso de la violencia para mantenerse en el poder no dejan de administrarla con criterios económicos. Casi ningún gobernante prefiere el exterminio y el genocidio sin haber intentado antes la administración de “medidas aleccionadoras”. Es más fácil concluir un conflicto con un puñado de muertos y una decena de presos que pagar el costo del terror. Y en eso ayudan las imágenes, que dosificadas inhiben la reacción. Un muerto tirado en la calle, el resto de sangre a la vista de todos, la difusión de escuadras de policías y guardias atentos a cualquier expresión de calle, la exhibición de bandas motorizadas, el uso de un color que identifica a los “buenos” de la partida, el dejar colar una foto con diez estudiantes puestos de rodillas contra la pared, todos esposados, mientras el organismo de inteligencia monta expedientes sumarios, todas esas imágenes del terror son parte de la violencia dosificada de la que se valen los regímenes para imponerse por sobre cualquier resistencia y mantenerse el mayor tiempo posible.

Pero hay un problema. La violencia no es la partera de la política, y contrario a esto, es un gran disolvente de la legitimidad, ese lubricante que permite hacer gobierno sin mayores obstáculos. La violencia es lo inverso a la política entendida como convivencia pacífica entre los que piensan diferente. Tarde o temprano el poderoso se encuentra asediado por problemas de gobernabilidad si la gente no encuentra razones o argumentos que les permita pensar que vale la pena soportar la violencia, la privación de sus libertades y de su tranquilidad. Dicho de otra manera, hay algunos regímenes fuertes que dicen ser necesarios para una buena economía. Otros argumentan que son la clave de la seguridad ciudadana. Todas las dictaduras dicen que dan algo a cambio de la tiranía. Hobbes lo llamaba “el principio de eficiencia”. Lo que no es sostenible es tiranía sin resultados. Engels, compañero y financista de Marx, dijo alguna vez que “donde quiera que la estructura del poder de un país contradiga su desarrollo económico, es el poder político, con sus medios de violencia, el que sufrirá la derrota”. Cosa de sentido común el hecho de que por más que griten “pero tenemos patria”, ese vínculo gaseoso con la nacionalidad no es causa suficiente para la sujeción y el acatamiento. Ese es el problema crucial que debe atender Nicolás; su dilema es que más allá de consignas vacías no tiene nada que mostrar. Por eso mismo resulta más que oprobiosa la imagen de un joven caído, la de las decenas que están detenidos y la exhibición soez y arrogante de grupos vandálicos que operan porque el régimen les da el place. El problema de Nicolás es que se ha vuelto el señor del caos, inestable, turbulento, cruel e inviable que estamos padeciendo todos.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE