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El socialismo en un chip. Domingo Fontiveros

El rechazo maracucho sentó un precedente con la gasolina y con cualquier intento de chipear

Los “chips” proliferan como hongos en el siglo XXI. Están en celulares, electrodomésticos, tarjetas de crédito y un sinfín de usos.

Básicamente obtienen y/o procesan información. Son el invento que empuja la revolución tecnológica y ofrecen inmensas potencialidades para el desarrollo. Ya no es riguroso escribir chip “entre comillas”. Es una palabra universal, desde China hasta la Patagonia.

Se presume que es un invento exclusivamente beneficioso hasta que, por ejemplo, aquí en Venezuela, el Gobierno impone el uso de un chip para vigilar el consumo de gasolina en la ciudad de Maracaibo, y otras zonas fronterizas con Colombia. La compra de combustible sería así monitoreada electrónicamente para prevenir su extracción hacia el vecino país, donde se vende más caro. Mucha gente rechaza este chip hasta el punto de convertir al tema en otro foco de rechazo al Gobierno. Para combatir la fuga de gasolina no hay que “chipear” a todos, así como para combatir la delincuencia no hay que poner a todo mundo en prisión.

Es cierto, por lo demás, que esta tecnología ha sido abusada por diversas empresas y sujetos para traficar con información privada de la gente, incluyendo a los piratas informáticos (“hackers”) que obtienen datos personales con fines fraudulentos. También ha sido utilizada por gobiernos para espiar sin justa causa.

La frontera entre lo lícito y lo ilegal es tenue en este terreno. Los gobiernos democráticos cuidan que la línea no se cruce, y disponen de instrumentos para penalizar las infracciones. Se supone que los controladores oficiales son a su vez controlados por otras instituciones del Estado, que responden ante la ciudadanía. En gobiernos no democráticos, el uso del chip puede servir a objetivos de sometimiento político, como ha quedado en evidencia en países donde la simple disidencia es considerada como inaceptable y, a veces, tachada de terrorismo.

Es paradójico que el desarrollo tecnológico “hecho en democracia”

diseminado en el planeta, sea aprovechado por regímenes no democráticos para manipular a la ciudadanía en contra de su libertad.

No es difícil imaginar que a un Stalin le habría fascinado este invento del capitalismo como instrumento casi invisible para la dominación y represión hiperselectiva de sus adversarios, rivales, y población en general.

Tanto así les habría gustado a sus planificadores tener un sistema de tarjetas “chipeadas” funcionando a todo nivel para seguir en tiempo real las millones de transacciones teniendo lugar en territorio soviético, para reaccionar desde su cerebro central ante los cambios de oferta y demanda. Con ello habrían derrotado al mercado libre, y lo habrían substituido por el mercado comunista, manipulado por ellos y, cuando fuera necesario, también engañado.

Algunos en el Gobierno podrían estar soñando con esta especie de “solución final” para los terribles fracasos de la transición al socialismo. Con 30 o más millones de tarjetas chipeadas de uso forzoso para todos, personas, empresas y comunas, colocarían por fin al país en el camino correcto, bajo su vigilancia y dirección.

Afortunadamente para todos, el rechazo maracucho al chip ha sentado un precedente. Tanto para el caso de la gasolina, como para cualquier otro intento igual o más de grave, para chipear a la población.

dfontiveros@cantv.net

DOMINGO FONTIVEROS | EL UNIVERSAL
domingo 29 de julio de 2012 12:00 AM