Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
El trickle down chavista. Eduardo Castillo

Como ya lo he comentado antes, considero que para entender el chavismo y la Venezuela que vivimos-heredamos, hay que recordar el origen, la propuesta, y el camino marcado por la figura presidencial. Si no se atiende a los detalles, podemos correr el riesgo de perder elementos importantes para un análisis completo. Pero para ello, tenemos que entender que el chavismo no es una construcción meramente personalista. El chavismo o mejor dicho los componentes fundamentales de lo que llamamos así, es un producto social en el sentido de haberse creado, desarrollado y difundido a través de relaciones sociales como cualquier otro esquema de pensamiento.

Considero que el chavismo, como concepto merece un tratamiento más serio que aquél dado durante el tiempo ingenuo en el que se le consideró, grosso modo, simplemente en base a una frase: “seguir a Chávez en lo que sea”. Tal como se mencionó previamente, el final de la vida de Chávez trajo consigo el inicio de la fase “trascendental” de la visión de mundo chavista. Al estar asociado con Chávez, y su conducta altamente polarizadora, el chavismo avanzó lentamente durante 14 años en la penetración del imaginario colectivo. Tras la muerte del líder el símbolo se rompió y, tal como en sus discursos del estilo “tú también eres Chávez”, efectivamente el discurso se trasladó a los actores políticos.

Este aspecto es fundamental y debe quedar en claro: el chavismo es más que un culto al líder. Mantiene las características de un culto, pero no se agota en él, a modo del aufheben hegeliano, lo incluye “mejorándolo”. Pero también agregándole con otros elementos. No es posible negar con argumentos lógicos que el chavismo comporta una visión de mundo, ni mucho menos que es producto de un diagnóstico tendencioso ya refutado por los resultados obtenidos en otras latitudes. Pero lo importante de esto último es que también impulsa una forma de gobierno y de ejercicio del poder  que se aprecia en el discurso. Resulta preocupante para algunos, entre quienes me encuentro, que durante mucho los analistas de diversa índole rechazaron darle un tratamiento de profundidad a este asunto al enfocarse en fenómenos como el uniforme del líder y las corruptelas del día en la gestión.

La construcción de la imagen del líder consiguió apropiarse del discurso clásico de la izquierda mundial. Originalmente subordinado a otros temas, el izquierdismo, entendido como antagonista en lo político y económico al capitalismo y sus defensores, estuvo siempre acompañado de una gama de temas enmarcados en la lógica electorera del discurso “atrapa-todo” con la única idea de conseguir la presidencia de la república (de manera mucho más evidente tras el congreso de 1997 del MVR donde deciden adoptar la lucha electoral).

El izquierdismo del chavismo es sincero, pero no puro. Se trata de elementos que cohabitan en el imaginario del chavista pero modificando componentes que puedan parecer contrarios a los axiomas sagrados de la máxima religión nacional: el bolivarianismo. Este cambio a los principios fue tal que controló la conflictividad interna, mucho más ante una realidad compleja y desafiante con las explicaciones típicas de la izquierda política. Sucede que esto último es curioso porque el paso de los años ha obligado a gran parte de la escena izquierdista mundial no tanto como rechazar, como dosificar las actitudes que en el siglo XX desencadenaron desde estancamiento hasta asesinatos masivos.

Pero el izquierdismo de la oposición no es menos sincero. La mayor parte de la oposición considera que Venezuela tiene un problema de gestión, o mejor dicho mala gestión, y no, como plantean otros entre quienes me incluyo, que el patente fracaso nacional se debe a tendencias inherentes al sistema predominante que hoy, como ayer, frena el desarrollo y las potencialidades del país, y más importante, reprime las capacidades humanas de quienes habitamos en Venezuela. Chávez conocía esta realidad, y en conjunto con su tren gubernamental se esforzó, incluso antes de llegar al poder, por valerse de un mito y un enemigo de cara al alcance y ejercicio del poder en Venezuela. El mito fue la revolución bolivariana y socialista, cumpliendo con el pasado y futuro del país en un mismo concepto. El enemigo fueron los actores políticos tradicionales, los gremios, sindicatos y demás componentes asociables a la debacle pre 1998.

Hoy presenciamos como la retórica se ha movido desde un desprecio a la figura de Chávez hacia un desprecio de la figura de Maduro. Chávez ha desaparecido físicamente, pero su simbolismo se ha convertido en el nuevo botín en disputa. El chavismo tradicional parte en clara ventaja, son, por así decirlo, sus herederos políticos; pero la oposición ha dejado hace largo su crítica superficial tradicional, hacia una crítica novedosa a la gestión, aunque igualmente superficial.

La oposición se encuentra hoy ante un problema de identidad, un problema que no ha notado, y que quienes lo notan, desprecian como poco importante. El concepto de progreso es un cascarón vacío en el que se incluye cualquier mensaje electorero. No es nada nuevo, dado que el progresismo, cuando no abiertamente izquierdista como en España y Estados Unidos, está desprovisto de cualquier significado concreto.

En esto, la oposición, al asumir el progresismo como “ideología” y habiéndose afirmado como progresistas sus principales actores, ha abierto la puerta a la libre interpretación del concepto. El Progreso y todo lo relacionable con él es lo bueno, y ser progresista por asociación lo es más aún porque ¿qué puede ser más bueno que aquel bien, encarnado y autoproclamado? Especialmente en un mundo que “a todas luces no es el mejor de todos los mundos posibles”. Con el progresismo la oposición se abre paso a la victoria electoral, pero al abrir las puertas del triunfo ha dejado entrar también los elementos chavistas predominantes en la política nacional; el uso del gobierno como herramienta de dominación, y la oferta de beneficios, entendidos como derechos, han sido incorporados, reforzando la creencia predominante en los opositores de que Venezuela tiene un problema de mala gerencia no de proyectos de país.

Nuestro discurso político gira entorno a esta idea principal. Pasamos del odio a Chávez a su incorporación inconsciente dentro de las ideas esgrimidas. La coyuntura actual nos permite hacer un uso masivo y sumamente eficaz de esta idea, tal como mencioné en líneas anteriores el ataque se ha orientado de la figura de Chávez hacia las figuras que antes le acompañaban y a los que chavistas y no chavistas siempre consideraron culpables del desastre causado por las políticas implementadas en Venezuela. Esta visión, alimentada casi incesantemente por Chávez durante 13 años se ha impuesto en las bases, por ello el título del presente artículo se refiere al efecto que economistas y sociólogos daban a una forma peculiar de expectativas de repartición de los beneficios económicas en un país tras las reformas estructurales de los 80 y 90 en la que la riqueza en el tope de la sociedad terminaría por descender a los demás grupos sociales.

Creo firmemente que es posible interpretar la entrada de la mentalidad chavista de la misma forma, al ser asumida por los liderazgos opositores y medios de comunicación en general, se impulsó su llegada a segmentos intermedios e incluso de bajo ingreso que habían resistido en base a la visión opositora original que rechazaba todo lo propuesto por el chavismo. La explosión resultante de la muerte de Chávez solo logró darle mayores bríos al proceso por lo que hoy nos vemos con dos sectores chavistas, unos abiertamente y otros discretamente y aun sin saberlo. Por ello no dejo de pensar que el chavismo está vivo y seguirá así por mucho tiempo. Cada vez que un opositor piensa que Chávez estaba en lo cierto y que el error estaba en quienes le rodeaban se afirma más el punto.

Lo cierto es que comunicacionalmente hablando la muerte de Chávez no pudo ser manejado de forma más disímil entre el gobierno y la oposición. El manejo de la oposición, bastante comedido, no puede más que celebrarse; por el contrario, la manipulación del chavismo resultó en un descenso vertiginoso del apoyo inicial. En comunicación política se asume que generalmente las crisis tienden a plegar a los indecisos hacia el gobierno, pero ya se demostró que no siempre es así. Debajo de esta afirmación debe agregarse, para enfatizarlo como es necesario, una nota al pie donde se explique que esto último no aplica en los casos de manejo desastroso por parte del ente gubernamental.

Aprovechando la posible atención que un texto como este consigue en la mente de un opositor, e incluso en el simple venezolano apartidista (que no es lo mismo que apolítico, basta ya de confundir los conceptos), debe quedar en claro de que ya se ha naturalizado ante nosotros la mentalidad chavista. Vemos con buenos ojos que el gobierno controle precios, entregue dólares subsidiados a grupos privilegiados, y se aumente por decreto el salario. No bastando con ello también se piensa que el gobierno tiene la prerrogativa de decidir sobre casi cualquier aspecto de la vida, desde dónde vas a estudiar hasta con quien puedes casarte, desde cuánto vale tu dinero el día de hoy a cuál es el contenido educativo que se le imparte a los niños. Para el venezolano todo lo anterior es normal, llegando al punto de asumir como pecado la llegada de inmigrantes a nuestras tierras porque básicamente vienen a replicar en forma moderna, el pecado orignial de los españoles: destruir la vida tal como se conocía antes de su llegada.

Creo que no puedo cerrar las últimas líneas aprovechando también que el venezolano promedio, ante cualquier posible similitud con un sector que es conocido por sus dificultades para dialogar, construir acuerdos y generar beneficios colectivos sustentables para Venezuela siempre tendrá la oportunidad de exigir algo diferente, de pedir cuentas a quienes gobiernan y aprovechar sus derechos individuales. Quizá llegue el día en el que una mayoría conciente esté al tanto de sus posibilidades y se atreva a construir lo que hasta ahora ha demandado a otros hacer. Si ese día se acerca, no parece muy claro, pero cuando llegue, si llega, muchos estarán preparados y dispuestos para representar a esa rara avis que es el venezolano plenamente responsable.

EDUARDO CASTILLO