Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
“El valle sin amos” de Luis José Oropeza. Víctor Maldonado

El libro de Luis José Oropeza “Venezuela. Fábula de una riqueza. El valle sin amos” comienza advirtiendo, como si fuera la entrada de un oráculo venerable, que “la utopía ha sido, pues, el santo y seña de nuestros anales”. ¿Qué quiso decir el autor con esta frase? En el libro se extiende en serias y muy valederas disquisiciones al respecto. Alude a ese encantamiento mágico que nos ha encadenado a la fábula y a la narrativa fantástica. Y que luego nos ha castigado con la nostalgia y el resentimiento. Nostalgia por un pasado que imaginamos pleno, y desencantados por un presente en el que no damos la talla. Y por esa misma razón, buscando afanosamente un culpable y un redentor.

El primero para tener un alter corporizado a quien echar en la paila de los sacrificios y al redentor para entregarle, una y otra vez, la conducción de nuestros destinos. El drama que nos cuenta Luis José Oropeza es seminal. Y es que desde el principio cohonestamos una narrativa que era un engaño y una evasión. Un esfuerzo taimado para no hacer lo debido pero también para reírnos a carcajadas de la simpleza del otro, el pendejo, que está condenado a ser la víctima, pero que algunas veces se levanta para ser el victimario.

Por eso el autor se traza como un deber moral “el encontrar, desde una visión más eficaz, real y transparente de nuestra sociedad, maneras distintas de involucrarnos con nuestras propias evidencias y, a partir de ellas, emprender un análisis sustentado sobre paradigmas más concretos, modos más genuinos y constructivos de concebirnos y de mirarnos a nosotros mismos.” Oropeza exige, nada más y nada menos que dejarnos de mentir. Invoca una madurez republicana, que nunca llegamos a tener, para echar el cuento tal y como es, dejar el mito y enfrentarnos a una realidad donde lo que hemos hecho no es, y por lo tanto todo está por hacer.

Cuando se van pasando las hojas del libro surgen preguntas sobre cómo ha sido posible que por más de 500 años, casi desde el principio de nuestra historia, “desde los tiempos inaugurales de nuestra vida colectiva hayamos edificado una sociedad subyugada y sometida a la fábula y el mito: el encuentro del paraíso celestial de los delirios colombinos; El Dorado de los conquistadores, y el valle avileño poseído por unos amos insignes con gorguera y casaca, de cuyo seno surgirá la obra y el testimonio de no pocos de los más logrados espíritus que van a traer la libertad a todo un continente.” La segunda pregunta crucial es la siguiente “cómo nos las creímos? ¿Cómo viviendo nuestra realidad elaboramos esa versión donde abundaba riqueza, desmesura, y fueros, cuando lo que realmente existía era todo lo contrario?

Algunos estudiosos de la psicología aludirán a esos procesos compensatorios donde lo chiquito se transforma en portentoso, y la pobreza en una riqueza insondable. Pero lo cierto es que en nuestro inconsciente colectivo hay una marca originaria, un pecado inicial en la mentira, la exageración, la inversión de la realidad, el delirio… todos ellos adobados por la sombra tenebrosa del autoritarismo y la exclusión social. Todas ellas nos colocaron en una situación donde la fuerza siempre ha sido más apreciada que la justicia y en donde la igualdad (lograda por ese autoritarismo revanchista) siempre fue mejor vista que la libertas.

Como ya hemos anticipado, el libro no se ahorra argumentos y reseñas históricas. Oropeza busca causas y encuentra una de ellas en una imposibilidad asumida voluntariamente cuando “nos resistimos, además, a concebir la riqueza en su expresión intangible más copiosa y renovada, traducida en su dimensión más inestimable: aquella que por la multiplicación infinita de sus repercusiones se recoge en el resguardo de las instituciones y las leyes. Y si alguna transgresión al espíritu de nuestros códigos se constata en las maneras colectivas de nuestros comportamientos más insanos es la violación permanente y cotidiana del derecho de propiedad en Venezuela.”

Así es la denuncia del autor de nuestra preferencia por el atajo, y la sumisión escandalosa de nuestras élites y de nuestros intelectuales, quienes en cada época no han dejado de aplaudir con entusiasmo la redención que es producto del hombre fuerte, capaz de igualar lo que Dios quiso que fuera diferente, eso si, con la espada y no con la razón. Doscientos años de caudillos no nos han permitido, empero, en encontrar argumentos para decir basta. Por eso es que celebro y aplaudo las facturas, bien pasadas por cierto, que Luis José Oropeza extiende a la memoria histórica de un Fermín Toro que aupaba la igualdad antes que la libertad, sin pudor, sin que imaginara en eso el peligro de la tiranía por encargo de las élites.

La denuncia del autor es firma: “El acentuado estatismo caudillesco que hemos padecido no fue tampoco producto de una aventura súbita suscitada con ocasión de un despliegue alevoso del despotismo militarista posterior a la Independencia. Fue un proceso que contó muchas veces con el auxilio de la inteligencia nacional más esclarecida.” Y la pregunta que yo me hago al leer el libro es ¿por qué generación tras generación los intelectuales y las élites han traicionado una y mil veces las ideas liberales solo por el afán de imponer un caudillo que comete los mismos errores, arruina el país y llena de luto a las familias venezolanas? ¿Cuál es el error en esos mitos fundacionales que nos hacen refractarios a la libertad y tan prestos a la montonera?

El caudillo unas veces fue procer, otras revolución y otras el estado mismo. En cualquiera de sus configuraciones el mismo ente totalitario traicionaba el futuro de la república.  La tentación implícita es el uso del poder y el pretender ser parte de una casta mejor que el resto, y por lo tanto predestinada a hacer lo que los demás nunca han podido hacer. Ya sabemos hasta el hastío como termina cualquier experiencia de ese tipo. Lo sabemos, pero Oropeza lo explica: “Aun cuando con un espíritu más condescendiente el Estado considerara los aportes de los emprendedores libres en algunas áreas cruciales del desarrollo, en la realidad de los hechos este concurso se apreció como deleznable e inadmisible al someterlo siempre al estrangulamiento de los controles y de todo tipo de exigencias perturbadoras de la actividad productiva y libre de la economía. Se instaló así el mito reverencial del dogma de las empresas básicas de la economía.” Pretendimos un gobierno mejor que la suma de lo mejor de los venezolanos. Y nos sentamos a esperar con la mano extendida, renunciando a la realización del hombre y al orgullo por lo construido con el ingenio propio del ser humano. Quedamos reducidos una y otra vez a la mano extendida y a la reiteración de la frustración que invita a comenzar de nuevo el mismo ciclo de decepciones.

Y la respuesta a este acertijo la asoma y explica Luis José Oropeza. “En el desempeño de su función política, el hombre público no se comporta de manera distinta al hombre económico en sus relaciones de intercambio material. Pero nosotros hemos creído, desde los tiempos remotos de la redacción de nuestra primera Constitución de 1811, en unas estructuras románticas en el diseño de la concepción del Estado. Hemos asumido y fomentado la idea de un Estado siempre bienhechor, incapaz de infligir a nadie daño o perjuicio alguno. Somos así el testimonio histórico más perfecto de una experiencia colectiva en una sociedad donde la ley se ha consagrado como la más irrespetada de las instituciones y, no obstante, bajo ese contexto descaradamente informal de un proceso pernicioso, a cada instante y como fórmula redentora propiciamos una reforma constitucional para que, con la fatalidad más esperable, como tantas otras veces, sea frustrada y transgredida.” Nunca nos hemos percatado que si hay espacio para la redención, ella será el producto de la propiedad respetada y reconocida como un derecho sagrado, y de los emprendedores que hacen un acto de fe en esta tierra de “desgracias”. La desgracia es haber pretendido que un sable,  mejor dicho, un machete, sustituya la ley buena, la que funda con realismo las repúblicas, la que pone límites al poder, y la que solo espera y confía en un estado que se repliega para conceder su legitimo espacio a la realización fecunda de las libertades.

Luis José Oropeza nos reta, pero con esa calma y sosegada sabiduría que proporciona la edad cuando no se ha dejado ni un minuto de pensar en el país. Es esa Auctoritas las que uno  lee en cada línea de su libro. Es como el río calmo, que sigue su curso, sin importunar con el escándalo de una crecida, que quiere marcar el curso, que no se resigna a dejar de marcarlo, y que por eso mismo lo marca y llega a ser mar. Pero nos reta, por lo menos en dos aspectos, que no son los únicos:

  1. El reto de dar respuesta a la desmesura originaria, el intentar entender y superar que los que aquí vinieron tenían  la necesidad de imaginar significados,  la de reciprocar el encargo de la corona y la estructuración de un nombre, de una narrativa. Los que vinieron fantasearon un imperio y una explotación, una riqueza súbita, un dorado que nunca existió. Y que por eso mismo debemos superar para encontrar el camino del esfuerzo productivo. El reto es darnos cuenta que esa traza en el inconsciente colectivo debemos dejarla atrás.
  2. El reto constante de luchar contra una insana relación de privilegios y “nombres” que saltaban desde el gobierno al ámbito privado, y desde el privado al gobierno. Sin que necesariamente mediara el trabajo productivo sino el “pónganme donde hayga…” Me refiero a que fue la pobreza real y no la riqueza imaginaria la que provocó esa división tan amarga, tan llena de perjuicios, tan sinérgica en lo peor y tan miserable en el reconocimiento del otro y de sus logros. Me refiero a que en realidad todos esos fueros se fundamentaron en ficciones y en hechos de fuerza. El reto es enterrar la espada y construir el imperio de la ley y de la libertad.

Quiero finalizar invitando a la lectura de “Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos”  como parte importantísima de un proceso terapéutico y curativo que comienza por el darnos cuenta de lo que hemos sido y lo que somos. Como parte de un crecimiento y maduración que no tiene por qué esperar más. Que incluso es urgente. Luis José Oropeza es un hombre de heroicidad cotidiana, de reciedumbre, de esos que siguen aportando al futuro del país, en el terreno de las ideas, en el contexto de la más crucial de las batallas. Porque es verdad que los sueños, sueños son, y lo que nos toca ahora es construir nuestra propia realidad de libertades.