Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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El Verdadero Enemigo

…Porque lo que en otros países sería inaceptable dentro del más elemental código de conducta de un funcionario público, aquí merece el aplauso y el encomio del presidente…

Las respuestas, por lo visto, no son fáciles para los socialistas de uña en el rabo que siguen ciegamente al presidente. Porque lo que en otros países sería inaceptable dentro del más elemental código de conducta de un funcionario público, aquí merece el aplauso y el encomio del presidente que, si el burócrata es militar lo recompensa con el ascenso inmediato, y si es civil le asegura un acceso mucho más fluido a las instancias más íntimas del poder, y un apoyo sistemático del programa presidencial que tiene como moderador a Mario Silva. Ninguna sociedad vería con buenos ojos que un servidor público cometiera el desafuero de perjudicar la confianza social, predicando el odio y la prevaricación. Pero aquí algunos creen que esas conductas forman parte del sagrado deber revolucionario. Me replicaba el aguerrido lector que “tu insensatez premeditada es para hacer creer que un funcionario que estaba aburrido… se levanta y dice: hoy me provoca joder a 2 cadenas de farmacias. Te aclaro aunque tú lo sabes muy bien que esos son procedimientos establecidos en la ley y no se ejecutan por caprichos de alguien”. “Joder” entonces forma parte de un plan…

El lector no deja de tener razón, y por eso le agradezco el llamado de atención. Aquí ningún funcionario está lo suficientemente empoderado para actuar por su cuenta. Todos ellos operan montados en la lógica de una inercia autoritaria minuciosamente planificada.

Ninguno de ellos actúa al margen de las leyes, porque el régimen ha tenido mucho cuidado en ir organizando una legislación socialista que es inconstitucional porque contradice explícitamente el espíritu y propósito de la Constitución vigente y buena parte de los derechos humanos en ella consagrados. Es cierto, lo que estamos viendo es la consecuencia de una maquinaria en la que cualquiera de los funcionarios que participan en un acto ignominioso no son otra cosa que la representación de una intención de Estado, cuyo propósito es la destrucción económica y el sojuzgamiento de la sociedad.

No es casual que la estética chavista esté revestida de esa insolencia tan vulgar que exhiben todos sus funcionarios a la hora de denunciar los supuestos excesos. No es casual que los protagonistas sean la representación arquetipal del esbirro que hace tiempo ha cruzado la raya de la indecencia y que sabe que no hay regreso posible. Es cierto, en la estrategia de destrucción de la economía no hay improvisación alguna. Todo está pensado al detalle, y a sus protagonistas los proveen de un guión, de un alcance y de un tiempo útil que variará según sean las circunstancias. Todos ellos, cuando no sirven a los propósitos del régimen, son sacados hacia una embajada, o simplemente los ponen a anunciar encuestas trucadas.

Lo que no se imagina mi agudo lector es que su observación se transforma en una denuncia atroz a la lógica del régimen. Nos está diciendo que toda esa trama tiene un responsable que no es otro que el propio presidente. Él es el que está habilitado para dictar esas leyes, el que las reglamenta, el que nombra a esos funcionarios, el que los felicita, y el que los deja correr mientras le conviene. Chávez es el dueño y beneficiario de esa inercia autoritaria que se ha engullido la mitad de las industrias, ha convertido en una tragedia la promesa del polo de desarrollo en el Sur, y el que está endosando todas las posibilidades de Pdvsa a la China Comunista. Tiene razón mi contestatario lector: sería una insensatez premeditada pensar en que todo esto es producto de una gran casualidad. Todo esto tiene guión y guionista.