Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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El viaje del caudillo. Domingo Fontiveros

La economía no fue su punto fuerte y actualmente se enfrentan dificultades serias.

Con el intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, se dio inicio a una nueva etapa de la historia política venezolana que coincide con la carrera pública del primer caudillo militar surgido en el marco de la Constitución democrática de 1961. Las fuerzas de cambio desatadas a partir de allí no pudieron ser asimiladas ni canalizadas por los grandes partidos de entonces, y nuevos actores comenzaron a tomar las posiciones protagónicas del quehacer nacional en los años posteriores.

Hasta que a fines de 1998 la escena política fue copada por Hugo Chávez, primero como candidato en ascenso y luego como presidente de fuerte arrastre y raíz popular. Posteriormente vino a la luz una nueva Constitución y sucesivas victorias electorales de los movimientos, partidos y organizaciones que fueron evolucionando en torno a diversas alianzas y mensajes ideológicos de lo que se convirtió en el “chavismo”, una amalgama de socialismo, antiimperialismo, nacionalismo, populismo, comunalismo y comunismo, por lo menos, con una vocación clara de centralizar y monopolizar poder político y económico, con la figura medular y omnipresente del caudillo a la cabeza.

Con el respaldo de un gigantesco ingreso petrolero, cuyo precio de exportación se multiplicó por 10 respecto a 1998, la “revolución” se afianzó en una nueva institucionalidad adaptada al extraordinario empuje personalista del presidente. En lo interno, la acción de gobierno se concentró en la transferencia masiva de activos a los sectores populares, incluyendo casas, pensiones, misiones, burocracias y otros. En la expropiación, confiscación de tierras, inmuebles urbanos, e industrias bajo la bandera del socialismo. En la expansión del estamento militar tanto en número como en dotación de equipos.

En lo externo, el carisma presidencial se hizo acompañar de un bolivarianismo internacionalista, interpretado a su manera, que lo llevó a estrechar relaciones con Rusia y China, como competidores globales del capitalismo occidental y japonés, a impulsar nuevas formas de organización entre países del Caribe y Latinoamérica como Unasur y ALBA, con fuerte acento político, y a profundizar una compleja relación con Cuba y el castrismo, entre otras, con tensiones permanentes aunque de intensidad variable con EEUU como telón de fondo.

No es momento de hacer balance de una gestión larga salpicada con todo tipo de altos y bajos, logros y atrasos, aciertos y contradicciones.

En lo político, el caudillo fue imbatible, como quedó de nuevo evidenciado en las elecciones de octubre y diciembre pasados. En lo social, siempre contó con un respaldo mayoritario de los sectores más populares, que han cumplido una multitudinaria demostración de afecto en ocasión de su fallecimiento. La economía, sin embargo, no fue su punto fuerte y actualmente se enfrentan dificultades serias que han sido advertidas por bastante tiempo.

En el profundo duelo que aflige a muchos, especialmente a su familia, amigos, admiradores y seguidores, queda marcada la impronta de quien cambió el rumbo nacional. Corresponde ahora a partidarios y adversarios aceptar el destino y continuar moviendo al país hacia el futuro mejor que siempre desea y merece su pueblo. 

DOMINGO FINTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net