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El zoológico de Selassie. Victor Maldonado C.

Las autocracias tienen en común que terminan siendo el ejercicio sistemático de los caprichos de los tiranos.

Ryszard Kapusinski refiere, por ejemplo, que a la caída de Haile Selassie, emperador de Etiopia, se descubrió un enorme zoológico, dispuesto para el solaz de su exclusiva mirada. Eso a pesar de dirigir los destinos de un país paupérrimo, escenario de las peores hambrunas del siglo XX, en el que, sin embargo, los leones tenían mejor suerte que los súbditos de su majestad. Dudo que alguna voz disidente se dejara oír para señalar lo inapropiado de gastar los escasos recursos del gobierno en un gusto tan exquisito. Si alguno lo hizo muy probablemente disfrutó de la hospitalidad del reino en las mazmorras del palacio, ademas de tener que soportar los gritos de aquellos a quienes les importa mucho mas la suerte de los leones que la de los afligido seres humanos que morían de hambre por rumas en aquellos tiempos. Baste decir que solo en 1970 murieron 300 mil personas en dos de sus provincias, y que el régimen hizo todo lo posible por silenciar el espectáculo, para no dañar la imagen de su emperador, y muy probablemente para no preocupar demasiado a la manada de leones que pasaba plácidamente sus días en los aposentos reales. Esta situación resultó ser tan paradójica que así como morían los niños de hambre, así también se multiplicaba descontroladamente la población felina.
Si le hubiesen preguntado a Selassie cuál era el secreto de su gobierno, no hubiese entendido la pregunta. Simplemente hubiese extendido una invitación privada para contemplar el boato de su palacio, y tal vez hubiese pretendido que vieras unos minutos de la cuidadosa propaganda que lo presentaba como el ras tafari, el descendiente directo de Salomón, rey de reyes, león de Judá y otros títulos. Nunca hubiese caído en cuenta que gobernar es administrar con sabiduría y buen juicio los recursos, que siempre son escasos. No hubiese entendido que debía aplicar políticas públicas que tuvieran como principio la justicia y la equidad, tratando de resolver de la mejor manera el presente y el futuro de su país con sostenibilidad y productividad. Y que precisamente porque esos imperativos de un buen gobierno son ineludibles, no podía dedicar el presupuesto del reino a esos caprichos decadentes que comenzaban con su colección de animales y quien sabe con qué terminaban.
Lamentablemente el capricho regio no fue un atributo exclusivo del emperador africano. Lo es, ya lo dijimos, de cualquier régimen decadente, y ocurre cuando dejan de funcionar las instituciones y estas son sustituidas por una nomenclatura de adulantes cuyo único fin es garantizar las ganas del tirano. Es un síntoma más de la corrupción que tarde o temprano favorece su derrumbe. Recordemos simplemente que un capricho es un antojo, una sinrazón que luego hay que empaquetar adecuadamente para que el resto lo acepte. En nuestra propia comarca el comandante en jefe también exhibe los suyos. Recordemos solamente el episodio de enero del 2011. Una multitud de fanáticos llena el paseo Los Próceres para ver un espectáculo de la Fórmula 1. Y de repente entra a toda velocidad un Mercedes Benz negro que hace dos o tres maniobras de artilugio. ¿Recuerdan quien iba al volante? Hugo Chávez, quien en esa oportunidad acordó una jugosa suma para apoyar esa competición. Como todo autócrata, sus decisiones no tienen apelación, ni tampoco necesidad de justificación. No importa que la misma entidad que suelta los reales tenga que endeudarse para garantizar su funcionamiento operativo. Tampoco que la lista de necesidades sociales sea inagotable. O que con esos recursos (43 millones de $ anuales) pudieran estudiar 828 venezolanos pobres sus carrera universitaria completa. Para los tiranos, el capricho es el presupuesto nacional. Por eso, hablar de autocracias es hablar de esa ineficiencia que transcurre entre el secreto y la malversación.

Publicado en: Noticiero Digital / General | Mayo 17th, 2012
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