Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Empresario: quiérete a ti mismo. Por Andrés F. Guevara B.*

Los empresarios son las personas encargadas de facilitarnos los intercambios de bienes y servicios esenciales para nuestras vidas. Sin embargo, pocos oficios reciben tanto rechazo y están dotados de tan mala imagen como la figura del “empresario”. Es común escuchar que los empresarios no son más que ladrones; hombres cuyo único propósito en la vida es obtener más y más dinero y sucumbir ante la avaricia de obtener dividendos cuyas cifras escapan a nuestra imaginación.

Salvo que usted se encuentre desnudo (y solo) en un archipiélago semejante a la Isla de la Desesperación de Robinson Crusoe, su existencia estará rodeada de bienes y servicios sujetos al intercambio propio de la economía. Los alimentos que consume, la ropa que viste, los zapatos que calza, el reloj que porta, el medio de transporte que utiliza, la bebida que ingiere mientras disfruta de un partido de béisbol o de una ronda de dominó con sus amigos.

Todos reconocemos que esos bienes no se producen espontáneamente ni se originan como un regalo del cielo. Que incluso los frutos de los árboles requieren de cuidado y tratamiento para el consumo humano. De este modo, el hombre, la acción humana, interviene de forma determinante en el proceso de adquisición de bienes y servicios, teniendo como pináculo la figura del empresario.

Esta forma de pensar no es una simple creencia popular. Desde pequeños se nos enseña a ver con desconfianza todo lo relativo al dinero. Se nos dice que el dinero es necesario pero que no es un fin en sí mismo. Que los hombres sucumben ante su poder y que por ello puede llegar a corrompernos. El asunto se torna más complejo cuando nuestra educación se desarrolla en instituciones regidas por religiosos, puesto que a menudo la enseñanza religiosa –a nuestro juicio impartida con base en criterios equívocos sobre el tema– tiende a desdeñar y a menospreciar el dinero como representación de lo mundano, alejado del sentido de trascendencia al que todo hombre está llamado a cumplir.
El problema que trae este razonamiento es que no solo los ciudadanos de a pie están provistos de estos prejuicios negativos. Los empresarios son los primeros que se avergüenzan de su oficio y han sido incapaces de sostener una defensa moral de lo que constituye su aporte para la sociedad. Hoy el empresario es cómplice del ataque que sufre su profesión al negarse a defender los principios que durante siglos han permitido a la civilización occidental llegar a su estadio de desarrollo actual.
Ingenuamente, los empresarios creen que con la cabeza gacha pasarán desapercibidos. Que siendo socialmente responsables –por ser el cliché corporativo en boga en la actualidad– no serán atacados. Que al repartir artículos deportivos en las barriadas y financiar dos o tres jornadas médicas al año para las personas desfavorecidas la gente no volteará sus ojos hacia ellos y criticará que no es justo que “ganen tanto” y hagan “tan poco” por la comunidad, por el colectivo.
La gran tragedia de la labor asistencialista de las empresas es que una vez que comienza no tiene fin. Al ser la empresa privada más eficiente que el sector público, cada vez más y más tareas son encomendadas al empresario para que –so pena de coacción– las realice por el “interés general” de la comunidad. Desde luego, ninguna de estas actividades representa ganancias para las empresas. Son pérdidas que pocos están dispuestos a criticar porque, después de todo, de este modo se le da al dinero ganado por la “condición privilegiada del empresario” un uso “socialmente justo”.
Llegados a este punto, es importante enfatizar que la defensa del empresario no implica en modo alguno el desconocimiento de los aspectos negativos que puedan tener estos agentes de la economía. Los empresarios no son ángeles virtuosos y, en muchas ocasiones, están sujetos a hechos de corrupción, abusos y mezquindades que de ninguna manera pueden justificarse.
Creemos, sin embargo, que dichos caracteres deleznables no son condición intrínseca del “empresario” sino manifestaciones propias de la conducta humana. Tan reprochable es un “sobreprecio” y un “acaparamiento” hecho por un empresario (aun cuando consideremos estos términos son discutibles) que el proceder de un albañil que le solicita a su patrón una cantidad determinada para comprar unos bloques de construcción sabiendo que estos cuestan mucho menos y así emplear el excedente del dinero otorgado por el patrono en su beneficio personal.
Ejemplos como los del albañil pueden multiplicarse. Sin embargo, aún y cuando reconozcamos que no es correcto el proceder del albañil, nuestra presunta caridad y compasión nos hace ver la falta del albañil con mayor permisividad –y hasta comprensión- que el proceder del empresario. Después de todo –se argumenta– el albañil probablemente sea un hombre humilde, necesitado, y en virtud de ello es lógico que busque “redondearse”.
Amparados en esa visión de la imaginería buensalvajista, visualizamos al noble albañil comprándole con ese dinero libros y útiles escolares a sus hijos, cuando bien pudiera destinar ese mismo dinero en bienes y servicios poco estimados en la sociedad tales como alcohol, drogas, prostitución. El problema de fondo no es qué puede o qué no puede hacer el albañil con ese dinero sino la corrupción moral que subyace a su obtención y cómo es amparada por la opinión de un número importante de personas.
Ni siquiera desde un punto de vista religioso la actitud de quienes justifican al albañil es comprensible. Como bien apunta Gabriel Zanotti, un individuo puede o no ser caritativo, pero esto es algo que competería a la justicia divina y no a la ley positiva humana .
Más que una defensa económica el empresario requiere una defensa moral. No se trata ya de destacar cómo la actividad empresarial logra una asignación más eficiente de los recursos escasos disponibles y cómo ello se traduce en un mayor bienestar para todos. Aterrizar la ética del capitalismo a la práctica empresarial es imperativo, y los empresarios, inexorablemente, no solo deben ponerla en práctica sino creer en ella y defenderla férreamente de sus constantes amenazas. De no ser así, el colectivismo corporativo seguirá ganando terreno y borrará sin cesar los avances de una civilización construida sobre la base de la libre iniciativa individual.
* abogado y comunicador social, miembro de CEDICE Joven

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[1] Gabriel Zanotti, Liberalismo y cristianismo, Capítulo 3, La función social de la propiedad, curso dictado en la Red de Aprendizaje para el Cambio (REDACAM), p.13