Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Enemigo íntimo. Carlos Raúl Hernández

A los acusados invariablemente los involucran en “una conspiración financiada desde el exterior”

Uno de las extravagancias de la revolución es que, por orden de Raúl Castro, califica los opositores de “fascistas” y hasta han asociado su candidato con “Hitler” en una retórica ridícula a no ser por la tragedia que contiene. Grandes estudiosos del tema, como Arendt, Shapiro y Faye, concluyen que diferenciar entre totalitarismo “de izquierda” y “de derecha” es una ociosidad, a menos que sea para destacar que, en número de asesinatos, Mao y Stalin en ese orden, dejan a Hitler como una especie de Malala.

Pese a que sus doctrinas son falsificaciones para fanatizar, en esencia casi idénticas, una diferencia académica sería que mientras el nacionalsocialismo agitaba la sangre, la patria, la raza, la demagogia comunista engañó con “los trabajadores”. La versión latinoamericana actual, el “socialismo del siglo XXI”, se vale de una y otra falacias: Bolívar y Marx. En el centro de la farsa revolucionaria, “el enemigo externo-interno”, justificación para movilizar masas, crear milicias, y agitar una ideología dura en permanente violencia verbal. Mantenían los activistas en crispación con alocuciones y concentraciones que inoculaban el pus ideológico. Los tiempos han cambiado y el nuevo proyecto totalitario venezolano, que parece desmoronarse por su insólita incompetencia, conserva sin embargo algunos rasgos clásicos. La humillación de los adversarios, su deshumanización para que el populacho los desprecie, las calumnias y mentiras más canallas, la ruindad en lo moral y uso del lenguaje escatológico y lupanario.

Palizas a diputados

El odio se convoca cada minuto contra el enemigo interno, (“expresión de fuerzas extranjeras y antinacionales”), personas normales que critican el caos. Hitler llamaba “traidores de noviembre” y “apátridas”, al conjunto de partidos políticos y grupos civiles que tuvieron que dar la cara por Alemania y aceptar la Paz de Versalles impuesta por las potencias aliadas, luego del fracaso de los militares prusianos que habían iniciado la I Guerra Mundial. “Apátridas y traidores” eran los intelectuales, socialdemócratas, democristianos, judíos, comunistas, periodistas críticos del infierno imperante, todos al servicio, naturalmente, de EEUU, la Unión Soviética, las potencias europeas y el judaísmo internacional. El déspota totalitario es paranoico o finge serlo y descubre frecuentes “atentados” que producirían risas si no pudieran ser excusa para actos de violencia y carterismo político. Parlamentarios alemanes, italianos, disidentes rusos o cubanos siempre estuvieron expuestos a palizas como la que varios diputados venezolanos recibieron en el Hemiciclo. A los acusados invariablemente los involucran en “una conspiración financiada desde el exterior”. Fidel Castro jefe del gobierno venezolano se inspiraba en el Führer (de éste viene la frase “la historia me absolverá”) que dice tranquilamente “… logré comprender igualmente la importancia del terror físico contra el individuo y las masas”; y en relación a los socialdemócratas… “es necesario exterminar sin piedad a los instigadores de este linaje”, igual que cuando matones locales amenazan políticos civiles con “esta revolución es pacífica pero armada” o “… no se equivoquen” con el tono repulsivo de quien carece de testosterona pero le sobran guardaespaldas.

Hacia el poder total

El “enemigo interno” merece aborrecimiento intenso “un parásito dentro de la nación, el judío necesita consagrarse a la tarea de negar su propia naturaleza íntima”, y el término “parásito” para calificar un adversario político se vuelve a usar, ahora en Venezuela. Fidel Castro acuñó “gusanos” para los opositores. Luego que perpetra lo que creía una “maniobra astuta”, nombrar a Hitler canciller, Hindenburg comenta “en dos meses lo tendré chillando”. Lo mismo pensaron cuando después del golpe de Munich, diez años antes, lo indultan luego de apenas ocho meses de cárcel. En 1933 con el misterioso incendio del Parlamento, Hitler acusa a la oposición de tejer “un golpe de Estado” y suspende las libertades de expresión, reunión y asociación, la propiedad privada, la inviolabilidad de la correspondencia y de las conversaciones telefónicas. Usurpa la facultad de intervenir las administraciones regionales y allana además la inmunidad parlamentaria de opositores. El 22 de marzo de 1933, presentó la Ley Habilitante y aseguró que si los diputados no le daban los votos en el Reichstag, los obtendría por la fuerza. Por medio de sobornos y terror logró 441 votos contra 94 de los socialdemócratas. Hitler vació de poder al Legislativo por cuatro años y para siempre, y asumió poderes dictatoriales. Se inicia así lo que se denominó el proceso de Gleichschaltung (coordinación), liquidar el federalismo, que comienza con los estados más grandes, Prusia y Baviera y se extiende a todos los demás. Destituye los gobernadores electos y nombra ejecutivamente los nuevos con orden de disolver las legislaturas regionales y sustituir los jueces por otros postulados desde Berlín. Elimina inmediatamente los sindicatos y liquida los derechos del movimiento obrero. Disuelve los partidos políticos, salvo naturalmente el suyo, con la tesis del “partido único” de los alemanes. Denuncia una “campaña mediática” en su contra por radios y periódicos nacionales, pero dirigida por EEUU e Inglaterra, con lo que los cierra o amordaza. Y desató la persecución masiva de los judíos, entre ellos Albert Einstein porque consiguieron en su casa un cuchillo considerado “arma de guerra”. Cualquier parecido.

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ ― EL UNIVERSAL
@carlosraulher