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Enfermedad y genio: El caso de los grandes compositores musicales. Carlos Goedder

La celebración del Día del Médico en Bogotá, organizada por la Fundación OCMAES con una gran Novena Sinfonía de Beethoven por la Sinfónica de Bogotá, ha servido para reabrir el debate entre enfermedad y genio

 A la Fundación Orquesta Sinfónica de Bogotá (FOSBO)

El martes 3 de diciembre me aventuré a sortear el tráfico bogotano (el famoso “trancón”) y las deterioradas vías que persisten en esta bella ciudad -la cual merece indudablemente mejor gobierno y una ciudadanía más exigente-, para asistir a una espléndida interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven. Una hora y media de viaje, para recorrer poco más de 25 km, me impidieron llegar a tiempo.

Los dos primeros movimientos los pasé en el vestíbulo de este hermoso Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, donde tomó lugar el evento. Allí la Fundación OCMAES organizaba la celebración del Día del Médico, ofreciendo un concierto con la bella Sinfonía Coral de Beethoven, mi segunda preferida tras la Heroica del genio de Bonn. Lo único afortunado de la espera, con la irritación vigente por el tráfico y las dificultades para aparcar, fue una exposición originalísima, donde una serie de infografías distribuidas en excelentes paneles por el vestíbulo, comentaba los padecimientos de salud correspondientes a los grandes compositores: Beethoven, Mozart, Chopin, Schumann, Ravel y Gershwin, La exposición se llamó “Música, creatividad, salud y enfermedad”. Afortunadamente el Programa del evento incorporaba el material de los paneles, salvo –quizás algún error involuntario-, el penoso caso de Gershwin.

Disfruté los dos últimos movimientos de la Novena, interpretados por la joven Orquesta Sinfónica de Bogotá, conformada en 2008 y dependiente de la Fundación Orquesta Sinfónica de Bogotá (FOSBO). Esta orquesta tiene un equipo gestor bastante talentoso, entre quienes he tenido el gusto de conocer al director musical de origen polaco D. Zbigniew Zajac y el director ejecutivo Adam W. Zajac. Antes de ir a la esencia de este artículo, que es comentar el nexo entre padecimientos de salud y genio musical, vale decir que esta joven Orquesta va a dar de qué hablar en toda Latinoamérica en breve. Todo está en su sitio allí: el espléndido movimiento final de la Sinfonía tuvo el tema de la “Oda a la Alegría” naciendo celularmente desde los chelos a toda una orquesta fluidamente integrada, conduciendo al clímax de percusión “alla turca” del final, con unos vocalistas notables y en fin, dejándome la sensación de que la mala infraestructura y las insuficiencias logísticas latinoamericanas son insuficientes para ahogar la vibrante cultura de esta región.  Si nada es fácil para el que hace arte o gestiona  cultura, los obstáculos son mucho mayores en estas tierras y vencerlos refleja una tenacidad, pasión y organización superiores. No es raro que el mundo hable de Gustavo Dudamel y las Orquestas Juveniles de Venezuela con reverencia – la misma semana Dudamel daba un gran concierto con la Filarmónica de Berlín, distribuido por Internet y Cines mediante el Digital Hall Concert de esta Orquesta. La Sinfónica Simón Bolívar ha sido calificada la vigésima quinta orquesta mundial por preferencia, según encuesta mundial conducida por Bachtrack.com y es la única de habla hispana entre las 100 favoritas.

La exposición sobre los padecimientos de salud de los compositores resultó pesarosa. Por un lado estaba la terrible sordera de Beethoven (para entender lo que supone esto a un músico, basta imaginar qué pasaría con un pintor ciego), iniciada con apenas 26 años y que le obligaba a pedir que le escribiesen lo que le decían. Mozart es diagnosticado con el “síndrome de Gilles de la Tourette”, conduciendo a la pronunciación involuntaria de obscenidades (coprolalia), hiperactividad y cambios bruscos de ánimo. Robert Schumann es paciente de trastorno bipolar, una dolencia caracterizada por períodos sucesivos de actividad extrema y depresión, sin la medicación salvadora del litio vigente desde 1970, al punto que el pobre Schumann acabó su vida en un hospital psiquiátrico –estamos hablando de 1856, antes de existir la psicología y la psiquiatría formalmente, así que imagínese cómo fue el sufrimiento de este personaje y su familia, incluyendo a su esposa, la fundamental pianista Clara Schumman. A Chopin lo hemos tenido siempre como símbolo de la tuberculosis, la enfermedad  propia de los románticos que morían de consumición, mas la exposición propone un hallazgo de 1998 como alternativa, según el cual Chopin habría padecido fibrosis quística de páncreas, siendo esta la raíz posible para este cuadro clínico padecido por el poeta del piano, fallecido con apenas 39 años y arrastrando desde la infancia: “infecciones respiratorias recurrentes, tos persistente, disnea al esfuerzo e incluso en reposo, hemoptisis de diferentes grados, insomnio, cefaleas, dolor torácico, palidez, pérdida de peso, diarrea e indigestiones con alimentos comunes –sobre todo las grasas-, adenopatías cervicales, laringitis, dolores articulares, edemas en las piernas y postración.” Cuando uno no termina de entender cómo alguien en este estado legó tan bella y abundante música para piano, pasa a enterarse de que Ravel ya andaba en medio de una enfermedad degenerativa del cerebro cuando compuso su famoso “Bolero” y la repetición del tema musical con diferentes instrumentos, aunque bellamente orquestada y fundamental, podía responder a un proceso mental en curso de “perseveración”, repitiendo ideas y palabras de manera incontenible.

En el programa de la Exposición, el Dr. Leonardo Palacios S. señala esta provocativa reflexión: “Diferentes enfermedades han afectado a compositores e intérpretes a lo largo de sus vidas. Es probable que el tipo de patología que los estuviese afectando haya tenido una repercusión en las obras que compusieron o en su capacidad interpretativa.”

Lo que esta original exposición ocurrida en Bogotá plantea es un tema de angustiosa vigencia en el trabajo científico y aún con problemas sin resolver. He indagado por cuenta propia varias fuentes sobre los casos de los compositores comentados en la exposición y lo que uno encuentra es inquietante.

En la revista científica SCIENTIFIC AMERICAN, edición de Internet, en su número 21 de abril de 2005, se publica un especial dedicado a las Ciencias y el Arte. Se recopila un artículo de 1995 hecho por la doctora Kay Redfield Jamison, ella misma enferma de trastorno bipolar y quien investiga el impacto de esta dolencia en la creatividad artística (“Manic-Depressive Illness and Creativity”, pp. 22-26). La profesora señala que el trastorno bipolar sufrido por Schumann conducía, hasta 1970, al suicidio de 25% de quienes lo padecían (Schumann intentó el suicidio en 1833 y 1854). Ella traza una cronología de la vida de Schumann y las obras que crea. El diagrama es terrible: las hipomanías (estados de exaltación del bipolar) se corresponden con sus picos de producción compositiva: 1840 y 1849. La depresión en 1844 impide cualquier obra y la producción de 1841 a 1843 cae en picado respecto a 1840. El intento de suicidio en 1854 conduce a la reclusión, al cese de cualquier composición nueva y a la muerte en 1856 por negarse a consumir alimento o bebida. Al reflexionar sobre los bipolares y sus cambios de “mood”, la autora señala: “En cierto sentido, la depresión es una visión del mundo a través de un cristal oscuro, mientras la manía es lo mismo visto desde un caleidoscopio –frecuentemente brillante, pero fracturado.” (p. 25). Algo de esto tienen las obras de Schumann y muchos ven su concierto de piano influenciado terriblemente por este estado de salud.

Los estudio referidos por la Dra. Kay Redfield en su trabajo encuentran que entre artistas plásticos y escritores célebres (especialmente poetas) la tasa de suicidio es 18 veces mayor que entre la población general, la depresión ocurre con una frecuencia entre 8 y 10 veces mayor y se presenta la bipolaridad (depresión maníaca) con incidencia entre 10 y 20 veces superior a lo habitual (p. 23-24). Hay algo claro: no todos los que tienen estos padecimientos se convierten en genios artísticos. Ahora bien, la autora considera que los tratamientos de estos problemas muchas veces interfieren la productividad del artista, incluso considerando como mitigante que “nadie es creativo cuando está severamente deprimido, psicótico o muerto.” (p. 26). La esperanza de la investigadora es hallar los genes causantes de estas dolencias y propensiones, apostando por el Proyecto del Genoma Humano (con presupuesto estimado en 1995 de USD 3.000 MM).

El padecimiento neurológico de Mozart es también revisado académicamente por Aidin Ashoori y Joseph Jankovic en el Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry, en su volumen 78 de 2007 (2007; 78:1171-1175. Ver www.jnnp.com) El título del artículo se puede traducir como: “Los movimientos de Mozart y su conducta: ¿Un caso de síndrome de Tourette?” ( “Mozart’s movements and behaviour: a case of Tourette’s Syndrome?”). La coprolalia es un rasgo señalado de esta dolencia. Los autores refieren una exhaustiva investigación de B. Simkin, quien revisando la correspondencia de Mozart encuentra que en 39 de sus 371 cartas identificadas (10,5% del total) hay comentarios escatológicos y se puede elevar el porcentaje hasta 12,9% incorporando sus referencias anales. Temas de defecación y pedos aparecen en estas cartas. El investigador citado intentó ver si era un tema de humor familiar, encontrando que la incidencia más cercana de estos comentarios en recurrencia es de la hermana de Mozart, Maria Anna “Nannerl”, con 6,7% de aparición en su correspondencia de estas obscenidades. Curiosamente otra dama tiene la participación más alta de correspondencia escatológica, la madre del compositor (2,5%). El tema de esta incidencia parece venir por línea materna, ya que el padre de Mozart, el compositor Leopold, sólo presenta 0,3% de su correspondencia con estas vulgaridades. Dejando de lado si tenemos todo el volumen de cartas relevante para un juicio, Mozart  gana en cartas escatológicas.

Se suma a este rasgo la presencia en Mozart de muchos tics nerviosos y movimientos en sus extremidades, comentados por sus contemporáneos. Mozart habría sido hiperactivo y no es del todo descabellado el perfil ofrecido en la película “Amadeus” de Milos Forman, donde Mozart efectivamente componía mientras jugaba en su mesa de billar. Citando una escena de esta espléndida cinta, se refiere una frase que se coloca en boca del Emperador austríaco José II señalando que había demasiadas notas en El Rapto en el Serrallo y ciertamente parece ser que las composiciones de Mozart incorporan muchas repeticiones y excesos de frases musicales que parecen corresponderse con un estilo verbal. Más contundente que este argumento, hay documentación de los cambios de humor de Mozart, la obsesión sobre las salidas de su esposa de casa, sobre la higiene y la dificultad para socializar, lo cual apuntaría en conjunto a confirmar un trastorno obsesivo en convivencia con el Síndrome de Tourette, lo cual es una regularidad clínica. No obstante, los autores matizan esta visión al recordarnos que no todo es padecimiento biológico: Mozart nunca asistió a una escuela, embarcado en giras como niño prodigio bajo el férreo mando de Leopold. Esto impidió desarrollar habilidades sociales y una maduración emocional. Una frase devastadora de Mozart es citada en el trabajo: “He llegado al final antes de disfrutar mi talento” (p. 1174). Los autores concluyen: “Si Mozart tuvo Síndrome de Tourette, fue claramente capaz de compensarlo bien, en contraste con la pequeña minoría de pacientes cuyos tics o morbilidades conexas pueden inhabilitarles o amenazarles la vida,” (p. 1174).

De Chopin se ocupa J.A. Kuzemko en un artículo académico publicado por el Journal of the Royal Society of Medicine bajo el nombre “Las Enfermedades de Chopin” –“Chopin’s illnesses” (Vol. 87, Diciembre 1984, pp. 764-772). Chopin llegó a medir 1,70 metros de altura en su edad adulta; no obstante, a los 28 años – murió a los 39-, pesaba 45 kilos, según reseña el artículo (p. 769). Ya se ha listado en este trabajo el horrible cuadro clínico. Chopin, una inteligencia superior, había pedido autopsia de su cuerpo para que se pudiese entender qué enfermedad tenía, tras haber visto por lo menos 19 médicos listados exhaustivamente en el artículo y seguir sin un diagnóstico preciso. El cuadro se podría resumir como “enfermedad pulmonar crónica y hemorragias intestinales” (p. 770). Una hermana de Chopin, Emilia, murió de hemorragia gastrointestinal con apenas 14 años. El estudio de árboles genealógicos es clave en estas investigaciones y se encuentra por la línea paterna del padre (francés) el historial clínico de padecimientos respiratorios, mientras la madre (polaca) no presenta el trastorno.

En línea con lo señalado en la exposición bogotana, la tuberculosis se descarta. Lo que se propone es una dolencia de origen genético, tanto para Emilia como para su genial hermano, que sería una deficiencia genética de  Alfa 1 Antitripsina, lo cual resta al cuerpo un inhibidor químico de proteasa y deriva en daño pulmonar y hepático (25% de las muertes juveniles por cirrosis provienen de esta causa) – (ver p. 771 del trabajo). El investigador concluye: “¿Habría Chopin compuesto su excitante música de piano si su salud hubiese sido perfectamente normal? Lo dudo. Bajo mi punto de vista, su Tercera Sonata de Piano en si menor, uno de sus más grandes trabajos, escrito en el verano de 1844, cuando su salud estaba declinando rápidamente, proclama en las codas finales su victoria final sobre su tragedia vital.” (p. 771).

Maurice Ravel habría tenido algo más de suerte en su tormento fisiológico: su padecimiento habría empezado a los 52 años. El autor R. A. Henson estudia el caso en su artículo “La enfermedad de Maurice Ravel: una tragedia de creatividad perdida” (“Maurice Ravel’s illness: a tragedy of lost creativity”), publicado en el British Medical Journal (Vol. 296, 4 de junio de 1988: pp.1585-1588). Ravel tenía corta estatura, 1,60 metros, un cráneo prominente y un historial de salud que se trastorna a partir de 1927 (Ravel nació en 1875), cuando se le recomienda un año de descanso. Esta prescripción surgió al acudir el compositor al médico por pérdidas de memoria durante la ejecución de su sonata para violín y piano, en la cual él acompañaba desde el teclado En 1928 Ravel se fue de gira por EEUU; ignorando el consejo médico. Entre 1928 y 1931 la creatividad sigue en alza y de allí datan el Bolero (192() y los dos conciertos de piano (incluyendo el concierto para mano izquierda encargado por el mutilado pianista Paul Wittgenstein, hermano del célebre filósofo Ludwig Wittgenstein). Sucedió a esto un accidente de taxi en 1932, cuando el compositor fue atropellado y se golpeó el cráneo, lo cual seguramente precipitó el deterioro cerebral. En 1933 el genio completó su última composición. Al cuadro de afasia, apraxia, agrafia y alexia, se le habría sumado a Ravel el peor padecimiento imaginable para un músico: amusia, un término no contemplado en la RAE (nuestro castellano no es el idioma más feliz para la ciencia), según el cual se habría atrofiado la inteligencia musical y las funciones cerebrales para todo lo musical. Algo terrible. No hubo permiso para necropsia, así que no ha quedado claro si este cuadro fue fruto de Alzheimer o de Enfermedad de Pick. (p. 1587).

En el caso del que para mí es el mayor compositor, Ludwig van Beethoven, hay un apasionante trabajo publicado en castellano, donde se traza el recorrido para encontrar un mechón de sus cabellos y examinarlo para ver las dolencias del titán. Se trata de la obra de Russel Martin titulada El Cabello de Beethoven (Traducción de Josefina Ruiz, Ediciones B, primera reimpresión de 2001). En ella ya se anticipaba la enfermedad de saturnismo, señalada en la exposición bogotana, la cual es una intoxicación de plomo en la sangre. Este mal metabolismo del plomo se vería agravado por una manía de Beethoven: llevarse a la boca los lápices con los cuales escribía, hechos de plomo precisamente. Si consideramos cuánto tiempo pasó Beethoven escribiendo música, cabe imaginar el daño que le causó este hábito. Parte de la etiología del caso Beethoven puede provenir de allí, siendo por cierto enumerado este cuadro clínico atroz en la obra: “hepatitis, colitis, reumatismo, continuos catarros, abscesos, criopatía (ataques causados por el frío), la oftalmía y las enfermedades de la piel.” (p. 274).

En esta obra sobre Beethoven, aparece este maravilloso párrafo: “Beethoven siempre había pensado que la composición producía en él un efecto terapéutico. De hecho, componer era la única medicina en la que confiaba plenamente.” (p. 229). Si algo se puede sacar de provecho en este horrible repaso de dolencias, es que para cualquier ser humano la creación es una terapia insuperable, necesaria para hacer soportable cualquier padecimiento físico, psíquico o moral.

CARLOS GOEDDER
@carlosgoedder