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Entre el Nobel y la decapitación. Aníbal Romero

La trayectoria presidencial de Barack Obama puede ser definida hasta ahora mediante dos episodios de gran poder simbólico. De un lado el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz, que le hizo en 2009 el comité noruego encargado de la tarea (los premios en otras categorías son concedidos por la Academia Sueca). De otro lado la reciente decapitación (¿salvaje, grotesca, abominable: cómo calificarla?) del periodista estadounidense James Foley, por parte de islamistas radicales en Siria. El primer episodio simboliza la esencia ilusoria y ficticia que desde su inicio ha caracterizado la presidencia de Obama. El segundo episodio simboliza las consecuencias trágicas a que conduce una concepción errada sobre lo que significa y exige el mando de un gran poder.

Pregunto al lector: si a la puerta de su casa se presenta un grupo de distinguidos personajes, ataviados con traje oscuro, camisa blanca y corbata, identificándose genuinamente como el comité que designa al ganador del Premio Nobel de la Paz, y le dicen que usted es el escogido para recibirlo este año y además le entregan un cheque de millón y medio de dólares, una medalla y un diploma, y todo esto sin haber hecho nada tangible para ser objeto de tal reconocimiento, ¿qué reacción tendría?

Si es honesto, en medio de su razonable estupor, probablemente les dirá a los señores: escuchen, están equivocados, alguien les engañó, yo no he hecho nada para merecer ese premio aparte de tener –a veces– buenas intenciones. Pero los académicos noruegos insisten y enfatizan que sí, en efecto, es usted el seleccionado, todo está bajo control, no existe margen de error y por favor vaya oportunamente al banco a cobrar el cheque.

¿Entonces? Bueno, en mi caso, creo que terminaría accediendo frente a tanta persistencia, y hasta pronunciaría un par de discursos ante la familia (breves, para no atormentarles) si los académicos noruegos me lo pidiesen como única condición para hacer entrega final de los apetecibles trofeos.

Imagino que algo así, con las peculiaridades a tomar en cuenta, le ocurrió a Obama, pues para el momento en que le concedieron el Nobel de la Paz lo único que realmente había hecho era dar unos cuantos discursos llenos de buenas intenciones. Si mal no recuerdo uno de ellos trató sobre la no-proliferación de armas nucleares. Otro, muy discutido, fue el quimérico discurso dirigido al mundo islámico, pieza oratoria que con la perspectiva del tiempo pareciera haber sido pronunciada por Obama en la luna, ya que en la tierra no es concebible que haya sido dicha. Tanta ingenuidad, tanta inocencia, tanta insensata incomprensión de las realidades del mundo musulmán en general y del Medio Oriente en particular no son terrícolas, son lunáticas.

Obama se embolsilló el cheque (o quizás lo donó a alguna obra caritativa, no logré precisarlo) y siguió su camino. No le culpo por ello. Yo hubiese hecho lo mismo en las circunstancias. Los verdaderos culpables de la impostura, de la confusión, del sentimentalismo idiotizante que contamina hasta la médula al Occidente actual, no fue en ese momento Obama; fueron los ilusos que creen que la paz en el plano internacional es un asunto de intenciones y no de resultados, de peroratas en la ONU y sonrisas en reuniones elegantes, y no el producto de la seguridad sustentada a su vez en valores que deben siempre ser defendidos con firmeza.

El Premio Nobel de la Paz otorgado a Obama simbolizó toda una desatinada y finalmente trágica perspectiva, que ha llevado a Estados Unidos y Europa a doblegarse frente a la gaseosa “corrección política”, a claudicar en su deber de responder con contundencia y eficacia ante el creciente desafío del radicalismo islámico, y a permitir el surgimiento de una amenaza mucho más grave en el Medio Oriente, que extiende sus tentáculos hacia Occidente como un todo.

Cabe recordar las promesas absurdas y fantasiosas que por buen tiempo hizo Obama: cerrar la prisión de Guantánamo (ahora supongo que más bien tendrán que ampliarla); dejar de lado los protocolos antiterroristas de la era de Bush (siguen vigentes en su casi totalidad); reducir los ataques con aviones no-tripulados (han crecido exponencialmente bajo el mandato de Obama)…y paremos de contar. Y es que el mundo real no es el que llevan en sus cabezas los despistados miembros del Comité Nobel. El mundo real de la política internacional es duro, exigente, complejo, impermeable a los buenos deseos que no estén respaldados de la fuerza necesaria para hacerse respetar.

Todas las utopías sobre el “poder blando”, la “guerra asimétrica” y demás inventos de la imperante corrección política se derrumban cuando son enfrentados por una decisión inequívoca. El más reciente ejemplo de ello es lo ocurrido en Gaza. Hamas se jactaba de su guerra asimétrica contra Israel, pero la contraofensiva del Estado judío ha demostrado claramente a la población de Gaza que Hamas no es capaz de protejerla. Y repito lo que otras veces he comentado: lamento como todo ser humano con algún criterio moral las muertes inocentes en Gaza y otros lugares. Mas ese no es mi punto ahora. El punto es destacar que la debilidad mostrada por Washington bajo Obama y sus nefastas consecuencias, contrastan de manera patente con lo quede mandan sus responsabilidades a la cabeza de un gran poder.

Obama quiso ser el anti-Bush; se encargó por ello de avisar a los enconados e implacables enemigos de Estados Unidos y Occidente que él llevaría a cabo una retirada estratégica de Washington alrededor del mundo. Los enemigos de Occidente lo escucharon, celebraron sus palabras y sacaron sus conclusiones.

La horrible pesadilla que escenificaron los verdugos de James Foley es el elocuente símbolo del fin de la ilusión llamada Obama. Ciertamente, antes habían ocurrido horror es semejantes, pero el cruel asesinato de Foley tuvo la singularidad de su amplia y atroz promoción por parte de quienes vilmente le asesinaron, así como la de haber sido ejecutado por representantes de un todavía más feroz radicalismo organizado, nutrido básicamente durante estos años de retirada estratégica estadounidense.

La decapitación de James Foley ha sido el espectáculo más dramático y revelador de una etapa en que Estados Unidos ha andado a la deriva, dando tumbos y padeciendo humillaciones a través de sucesos tan terribles, tan patéticos, tan expresivos de una Casa Blanca cuya brújula se quedó en Oslo y Estocolmo, como el asesinato del Embajador estadounidense en Libia, evento que tuvo lugar cuando Hillary Clinton todavía se desempeñaba como secretaria de Estado, y cuyas verdaderas causas y curso de desarrollo el gobierno de Obama, y Clinton sobretodo, se han esforzado por ocultar.

Hillary Clinton, otra figura emblemática de la época de Obama, reverenciada también por esa izquierdaglobalizada que cambió el marxismo por la gelatinosa corrección política y el llamado “buenismo”, se ocupa estos días de promover un nuevo libro, que aparentemente recuenta su errático y desangelado desempeño en la conducción de la diplomacia estadounidense. Desde luego que no invertiré ni un céntimo ni un segundo en semejante obra, generada por la pluma de algún escribidor a sueldo. Entiendo que el libro ha sido un fracaso de ventas, lo cual a decir verdad no me sorprende.

Presumo que ahora Hillary Clinton quiere emular a su esposo y alcanzar la Presidencia. Esta vez, posiblemente, un electorado tan confundido y sentimentaloide como sus dirigentes votará por la “primera mujer presidente”, así como lo hizo dos veces por “el primer afroamericano presidente”. Después le tocará el turno al “primer latino presidente” y luego al “primer asiático presidente”.Y aclaro: nada tengo en contra de que un afroamericano, una mujer, un asiático o un latino, por citar estos casos, lleguen a la Presidencia de Estados Unidos; lo que cuestiono es que se vote por ellos por esa razón y no porque su trayectoria y cualidades les hagan merecedores de la confianza de la gente. Millones de estadounidenses ya no juzgan a las personas por su carácter, formación y aptitudes sino exclusivamente por el color de su piel y su género. No es una buena idea.

Todo lo antes referido me recuerda una frase estupenda que alguna vez leí (no tengo memoria exacta de su posible autor), según la cual los seres humanos solo aprendemos de la historia lo necesario para cometer los mismos errores otra vez.

ANÍBAL ROMERO | EL NACIONAL