Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Entre la devastación y la violencia

Hay una condición indispensable para el ejercicio apropiado de la autoridad. Es el respeto, porque sin él el gobernante comienza a tener dificultades crecientes para mantener la cohesión del grupo que le garantiza la permanencia en el poder. Por eso Hannah Arendt decía que el mayor enemigo de la autoridad es el desprecio, y el medio más seguro de minarla es la risa.

Me sorprendió la frase leyendo el ensayo que la invaluable filósofa germano-americana dedicó a la violencia. El trayecto es cuasi lineal: El desplome de la autoridad es la mejor oportunidad para la violencia en sus múltiples facetas. La violencia que significa demoler una tras otra todas las instituciones y valores republicanos hasta la que apunta a construir una inmenso monumento a la impunidad. Los muertos y otros delitos son los indicadores concretos de esta hazaña. Por lo visto en algunas encuestas, los venezolanos no encuentran una explicación unívoca sobre a quién atribuir la responsabilidad. Tal vez porque el concepto es demasiado denso para tramitarlo en un cuestionario, o simplemente porque cuesta imaginar la maldad moderna, cuyos demonios no se dedican a tentar la virtud sino a descomponer los consensos sociales que fundaron las bases de una paz social que se nos escurre por todos lados. Lo cierto es que tuvimos una experiencia democrática que creyó, por ejemplo, en la práctica inclusiva de la tolerancia, en las segundas oportunidades, en las ventajas de la paz, en la división de poderes y el imperio de la ley, en la intención constructiva del bienestar, en la alternabilidad y en la promoción de los derechos de los privados, y ahora tenemos todo lo contrario, implantado progresivamente en medio de un continuo de espectáculos en el cual los denominadores comunes son precisamente el desprecio insultante, y la risa. Ambos gestos del oficialismo son públicos y notorios. Hace años que aquí se perdió el pudor. A esa violencia me refiero, a la que ha conspirado contra la confianza social y nos coloca a todos bajo el signo de la sospecha mutua.

Sin confianza social no hay economía que pueda funcionar. Y así como el desprecio y la risa han sido el signo de la acción política, los controles, la violación sistemática de los derechos de propiedad y los intentos de planificación central de todo lo susceptible de ser planificado, son los emblemas de la hecatombe económica. A la gente le debería preocupar el tener que estar condenados a la inflación, el no poder contar con oferta de empleo suficiente, el desabastecimiento crónico de todos aquellos productos controlados por el gobierno, y el creciente endeudamiento del estado venezolano. A la gente debería molestarle esa forma de administrar empresas y activos públicos a través de la cual todos terminan en situación de quiebra y por lo tanto dependientes de trucos presupuestarios. Y efectivamente les preocupa, pero no estoy seguro que todavía estemos en la posición de explicarla y asignar responsabilidades. Muchos piensan en términos de una “teoría de la conspiración” y andan buscando por los rincones a los especuladores apátridas. La risa del gobierno engalana este tipo de explicaciones con insultos de todo tipo y una forma singular de correr la arruga que llega inexplicablemente a las riberas del imperio.

El gobierno se esfuerza en acusar a otros, y sin embargo lo que realmente ocurre es que el presidente y su corro ministerial son los únicos responsables. Ellos han logrado construir unos vasos comunicantes muy fluidos entre la impunidad, la violencia y el descalabro económico. Esa obsesión por decidirlo todo a espaldas de la opinión pública. Esa persistencia en el error que les hace infranqueables y refractarios a cualquier opinión disidente, y la entrega a una ideología cuyo único fin es la destrucción y el fracaso, son las evidencias de que solamente ellos pueden haber provocado esta calamidad. No hay otros culpables.

Insisto: violencia, impunidad y una economía enferma son parte del mismo paquete que se llama socialismo del siglo XXI, cuyo autor e intérprete es Hugo Chávez y el grupo que lo mantiene en el poder. Basta cerrar un momento los ojos y preguntarse quién otro tiene tanto poder de disposición como para competir con él en este esfuerzo sistemático de destrucción. No solamente la que acumula tantos muertos en tan poco tiempo sino aquella que ha disgregado familias, mantiene una nómina creciente de presos políticos y exiliados, y te confisca los bolsillos cotidianamente. No es únicamente que se ha roto la confianza o que los consensos sociales han sido abatidos, sino que la economía está siendo metódicamente demolida hasta dejarla sin bases. Cuando terminen su incesante labor de destrucción, (si los dejamos) quedarán ellos despreciando, riendo y mandando a los que no tendrán ninguna otra alternativa que la sumisión. Ese es el plan cuyo guionista es Hugo Chávez, para que nos quede claro, y paguemos las regalías correspondientes.

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