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Entre perdones y remordimientos

29/08/10

La primera frase es una premonición. “Ustedes mismos, sin ayuda de nosotros, se degollarán a dentelladas”.

Por: Víctor Maldonado

A Federico Vegas

Hay dos frases de Federico Vegas que se cuelan entre los recovecos de su último libro. “Sumario (2010)” es una búsqueda atormentada de verdades y explicaciones sobre una forma de ser del venezolano que lo condena a estar sistemáticamente volcado contra sí mismo. Como si su destino se manejara al alimón de las pasiones que luego quieren explicarse como conductas racionales, dejando por supuesto ese mal sabor a lo defectuoso que se entrompa de manera tan violenta con la imagen heroica que tenemos de nosotros mismos.

La primera frase es una premonición. “Ustedes mismos, sin ayuda de nosotros, se degollarán a dentelladas”. Dicha así, y pronunciada por un espectro paternal que se revela simplemente para ratificar las razones de una amargura existencial, no deja de provocar la misma epifanía. Tan difícil y tan escurridiza esa disposición a estar del mismo lado, luchando contra los mismos males. Tan vigente esa pretensión individual de que se manejan los arcanos de la verdad, que de la misma forma se les niegan a otros. Tan sorprendentemente común esa predisposición para la conjura, perfectamente complementada con esa indisposición para la cooperación, que por lo general mantiene el que se pretende líder desde una inexplicable arrogancia. Los resultados no pueden ser otros que la sensación de haber podido hacerlo mejor, sin haberlo logrado por ese algo inexplicable de no haber hecho lo debido en el momento adecuado.

La segunda frase es una sentencia que nos condena a no contar siquiera con la resignación y el olvido. “Dios nos perdonará, pero nosotros no podemos perdonarnos. Tenemos que seguir viviendo así, entre el perdón celestial y los remordimientos de nuestras conciencias”. La práctica de la degollina social y la mala conciencia hacen del venezolano un gentilicio apuñalado por la tristeza, la rabia y el desconcierto. Esto vale para los que se van a realizar sus vidas en otros países, y para los que se quedan en el país, ubicándose en las tribunas de la inacción, la falta de compromiso y la crítica fácil. También para los que contribuyen al saqueo de las esperanzas del país y a la negación de su futuro. Es la misma carnicería en cualquiera de las fatales conjugaciones que pueda tener el verbo masacrar. La misma enfermedad social que nos hace presas fáciles del odio convertido en gobierno, que sin encontrar resistencia alguna expolia al país sin que de este lado pueda construirse el bloque compacto que pueda enfrentársele. Y son esos resultados los que ni entendemos, ni nos perdonamos.

Estamos en la etapa final de una campaña electoral crucial. Ganar o perder significa para cualquiera de los bandos un punto de inflexión. Si el gobierno gana va a entender que tiene un mandato reforzado para imponer el comunismo castrista, sin propiedad ni libertades y garantías. Si por el contrario gana la sociedad democrática, deberá intentar una cohabitación inteligente para recuperar progresivamente el control social sobre el gobierno, evitar el despotismo y tratar de recuperar la salud económica del país. En su caso significa transformar la caída brutal de la popularidad y la confianza del gobierno en votos. Pero la transformación de insatisfacción en participación política tiene dos requisitos indispensables: la unidad y la disciplina de la solidaridad, que son dos constructos que debemos volver a entender luego de años de dentelladas y degollinas.

La gente no va a votar sólo porque quiere invertir los roles entre los que dan palo y aquellos que los reciben. La venganza como discurso político requiere de la presencia de un tipo de liderazgo que afortunadamente no se encuentra en las filas de la alternativa democrática. Ya es suficiente con los destrozos producidos por el actual presidente bajo el supuesto que lo que aspiraba el pueblo era la rotación circense de sus élites. El odio radical, esa forma abyecta de las dentelladas, tiene que superarse con una revisión del país que nos sustraiga de ese círculo infernal del maltrato y el arrepentimiento que nos ha dejado tan solos y nos hace sentir tan abandonados por la buena fortuna. Esto no significa abandonar la denuncia social, sino adoptar una posición más pedagógica, buscando responsables y no culpables, intentando explicaciones y no cacerías de brujas. Pero sobre todo exige que nos entendamos como víctimas de un mismo sino. Un viejo albur que nos ha traído hasta aquí a trompicones, pero que entre todos podemos conjurar.

victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

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