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Es comunismo, no socialismo democrático

Por: Trino Márquez

Jueves, 18 de enero de 2007

El giro totalitario con el cual Hugo Chávez entró a 2007, ha tratado de maquillarlo con los coloretes del socialismo democrático o socialdemocracia. Esos polvos no sirven para taparle las verrugas al comunismo que trata de implantar.

La socialdemocracia es una corriente teórica que nace con el mismísimo Federico Engels a finales del siglo XIX, cuando el ya viejo amigo y mecenas de Carlos Marx defiende la idea de alcanzar el socialismo a través de elecciones parlamentarias y comicios para elegir los jefes de Gobierno y de Estado. A esta tesis se suman con entusiasmo Karl Kautsky y Eduard Bernstein, dos de los más importantes representantes de la II Internacional. El socialismo democrático se erige como alternativa frente al radicalismo de los comunistas y anarquistas, que plantean la inevitabilidad de apelar a la violencia y al terrorismo para subvertir y acabar con el orden burgués. Contra el “revisionismo” de la II Internacional insurge Lenin, quien habla del “cretinismo parlamentario” para descalificar a esos socialistas democráticos que pretenden llegar a los parlamentos europeos para, desde allí, promover reformas legislativas que impulsen el tránsito del capitalismo al socialismo por la vía pacífica y democrática. Lenin se refiere al “renegado Kautsky”, a quien dedica un largo libelo publicado. El líder bolchevique, una vez afianzado como líder de la Revolución Rusa, crea la III Internacional inspirada por la principal consigna del comunismo soviético: la dictadura del proletariado (en realidad dictadura de Lenin y de algunos miembros de la dirección del Partido Bolchevique, pues quienes toman el Palacio de Invierno no son los obreros rusos, sino la vanguardia armada dirigida por Trotsky).

De la II internacional y de la corriente liderada por Kautsky y Bernstein, entre otros importantes teóricos y políticos, surgen los grandes partidos socialdemócratas del viejo continente. Entre ellos, el Partido Socialdemócrata Alemán, que tanta importancia e influencia ha tenido en su país. La concepción socialdemócrata del Estado, la sociedad y los cambios históricos, va nutriéndose de las transformaciones que se producen en el capitalismo y en las democracias liberales avanzadas, y progresivamente se expande hacia el resto del mundo.

El socialismo democrático defiende la coexistencia, en un ambiente armónico, del Estado y el mercado, dos entidades que ocupan lugares distintos y complementarios dentro del sistema global de relaciones que existen en una nación determinada. A partir de los años 80 del siglo pasado, cuando el capitalismo de Estado y el modelo keynesiano muestran signos de agotamiento, la socialdemocracia entiende que el Estado no puede asumir el inmenso costo que significa la propiedad y control de empresas que podían ser administradas de manera más eficiente por el sector privado. La renovación del pensamiento socialdemócrata se inspira en una implacable revisión de sus postulados acerca de la estatización y la nacionalización. Felipe González, Tony Blair y Bill Clinton, antiguo ídolo del comandante Chávez, se colocan a la cabeza de este movimiento que catapulta de nuevo a la socialdemocracia, luego de haber perdido terreno frente al avance acelerado de los liberales y conservadores. La corriente renovadora del socialismo democrático se fortalece más aún después del derrumbe del imperio soviético y sus satélites.

Como parte de su relanzamiento el socialismo democrático enfatiza el significado del Estado de Derecho y de los cambios democráticos progresivos, sin pretensiones hegemónicas, y con independencia, cooperación y equilibrio entre los poderes; reconoce la importancia de la alternabilidad en el poder y la renovación de los liderazgos dentro del Estado, los partidos y el resto de las organizaciones civiles; promueve la organización independiente de las organizaciones de la sociedad civil, especialmente de los gremios y sindicatos; manifiesta el respeto por las minorías, por los medios de comunicación privados, por la libertad de pensamiento, de información y de expresión; fomenta la educación laica y crítica frente a quienes ejercen el poder, y rechaza la idea de que el sistema educativo sea utilizado como instrumento para la fanatización, la subordinación acrítica y el culto a la personalidad del líder; guarda un rígido respeto por la libertad individual y colectiva; no considera pecaminoso ni contrarrevolucionario que la gente adopte diferentes formas de ver el mundo, disfrute de distintos placeres y formas de entretenerse.

Entre los socialdemócratas y los liberales modernos hay diferencias importantes en lo que concierne al papel de Estado como agente que distribuye la riqueza. Mientras los primeros colocan el acento en el Estado, los segundos lo ponen en la sociedad. Sin embargo, en lo que atañe a la teoría y la práctica de la democracia y la libertad, las coincidencias son mucho mayores y más importantes que las diferencias.

Entonces, ¿puede decirse que el modelo que está tratando de imponer el teniente coronel se corresponde con la ortodoxia del pensamiento socialdemócrata? Para nada. Hugo Chávez no es socialista democrático, sino comunista puro y simple, y se vale de voceros tan tenebrosos como William Izarra para que lo justifiquen y defiendan. Chávez aboga por un esquema de corte totalitario en el que todos los espacios de la vida social quedan intervenidos por la presencia del Estado. Se inclina porque la burocracia estatal se meta hasta en las sábanas de las parejas. Desde el Poder Ejecutivo hasta el Poder Judicial; desde la educación infantil hasta el reordenamiento territorial; desde las inclinaciones sexuales de los ciudadanos hasta los gustos por el deporte y los juegos, persigue que todo se encuentre sometido a los dictámenes y criterios de una casta cuyo poder no conoce límites.

El autócrata no ambiciona solamente acabar con la democracia representativa y con el concepto de República que surge luego del 23 de enero de 1958. Su proyecto va más allá. Ansía suplantar la República por un Estado controlado por una ideocracia pretendidamente mojigata y fanatizada, que se considera éticamente superior al resto de los mortales, pero que en realidad representa lo más atrasado e irracional del planeta. Hay que prender las alarmas en todos los espacios de la sociedad para que semejante delirio comunista no prospere.

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