Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Escalofrío de terror. Victor Maldonado

La noche del martes transcurrió entre insultos y anacronismos. El lugar no fue otro que la Asamblea Nacional y los protagonistas de la tragedia fueron los representantes del pueblo. La gramática del agravio y la prevaricación se transformaron en la moneda de uso corriente y el país expectante vio desgranar acusaciones y referencias personalísimas como si ellas fueran parte de las soluciones a los graves problemas del país. Al final un sabor amargo fue el único saldo, eso y la reacción de muchos que vieron en el episodio una versión más de la descomposición social y política que poco a poco nos ha ido pasando factura.

De lo que estamos hablando son de las tensas relaciones entre la ética y la política. Y de cómo hemos ido permitiendo que eso vaya ocurriendo sin encontrarle una solución que no nos derrumbe definitivamente, sin poder hallarle razones a la indiferencia y al conformismo social que ha permitido que la barbarie se enseñoree entre nosotros, nos gobierne sobre la base de la mentira y nos imponga a todos la humillación de la vulgaridad apuntalada hacia lo público, impuesta con violencia como la primera y única relación entre nosotros, reduciéndonos al odio y al resentimiento y haciéndonos pensar que somos dos países y que tarde o temprano la confrontación será brutal. Estamos refiriéndonos a la responsabilidad personal sobre lo que está ocurriendo como colectividad y también al cómo se puede enfrentar en la práctica esta arremetida de las montoneras de la brutalidad.

El régimen persigue al menos tres cosas: La desmoralización social y su envilecimiento, la desinstitucionalización de la alternativa democrática, y el evitar que se hable de lo realmente importante, escamoteando de la manera más escalofriante que el debate se de sobre la realidad económica y social, que no se pregunte por lo sustancial: Que el socialismo del siglo XXI no da para seis meses de este tipo de administración.

El esfuerzo de evitar referirse a la realidad que sí nos importa apela al peor camino, a la igualación escatológica, a la negación de una alternativa moralmente superior, al presentarnos como que si todos fuéramos igualmente culpables, cómplices y partícipes de un fracaso que solo ellos han provocado, pero cuyas consecuencias nos atacan a todos.

No hay nada peor que la estupidez, eso que Bolívar llamaba “la patria boba”, que concede, acepta y cede sus espacios de decencia y de realismo. Lo ocurrido en la Asamblea es simplemente intolerable. No se puede aceptar ni convalidar con el silencio. Y la primera trinchera es la familia, ese fuero interno que no puede renunciar a la pedagogía de la decencia y que debe encontrar la oportunidad para reflexionar si ese es el país que queremos. La segunda trinchera es el lugar de trabajo, donde debemos cuestionar si la política va a ser ese referente que usa el poder para dañar no solamente las condiciones materiales del país sino también su esencia espiritual. Estoy seguro que nadie está conforme con transformar el debate público en un intercambio fecal no solo en la forma como se discute sino también en el fondo de lo que se discute. Pero hay que plantearlo con la persistencia de un apóstol, sin miedos y buscando imaginar cuál es el monto de lo inaceptable y cuáles son las salidas a eso que nos parece inadmisible. La tercera trinchera es la opinión pública, las redes sociales, la participación ciudadana, las iglesias. Esa es la calle que muchos piden y que deben ser los resonadores de nuestra indignación. Que el régimen sepa que repudiamos esa forma de enchiquerarnos a todos mientras encubre su propia responsabilidad en la debacle de la realidad.

Es la calle la que debe acompañar el asco moral y la que debe rechazar el que el insulto sea privilegiado en los medios de comunicación. ¿Cómo se puede entender que el insultador termine al día siguiente en los canales abundando en las razones de las ofensas? ¿Cómo se puede entender que los que asumieron el riesgo de denunciarlo hayan sido silenciados?

En ética y en política es tan importante lo que se discute como lo que se calla. Lo que se hace como lo que se deja de hacer. Lo que se permite y lo que se impide. Por eso lo ocurrido esta semana, el restregarnos en la cara la vileza de un debate a la vez brutal y también fútil no puede dejarse pasar como anécdota. Debe tener una respuesta social que nos deslinde de la complicidad y el conformismo, que nos permita narrarnos con un vigoroso “yo no fui” que nos salve ante la historia que van a relatar nuestros hijos. Lo ocurrido estremece por primitivo, pero también por haberlo permitido.