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Estado de delito

Mientras logra la “hegemonía” convierte la violación de las leyes en un modelo de imitación social

La barbarie atentó contra la vida de nueve candidatos de la Unidad. Van más de ciento cincuenta mil muertos por la violencia hamponil en trece años, víctimas de una guerra civil de baja intensidad. Esa información helaría a cualquier ciudadano de un país civilizado, incluidos vecinos de Colombia, Ecuador y Perú. ¿Por qué no actúa el gobierno contra el hampa?

Si la mayoría de los afectados fueran las clases medias o los ricos “de antes” -los nuevos magnates son revolucionarios-, podría captarse alguna sórdida racionalidad en el asunto. Pero es en los barrios populares donde los fogonazos se llevan vidas a montones y los pobres son los que más muerden el asfalto en esta terrible carnicería

Algo se intuye si un mandatario llama a los criminales “buenandros”. Dicen que el ministro del ramo tiene formación académica al respecto, pero luce de los más afectados por el daño cerebral severo que producen las ideologías revolucionarias y escupe veneno de serpiente contra la ciudadanía y no contra el hampa, a la que trata con sorprendentes consideraciones.

Una revolución no es más que la estrategia de acumular fuerza dentro o fuera de las instituciones para derrocar el Estado de Derecho por un Estado de Delito e imponer su ideología. Para eso cuenta con la sacralización de la “teoría revolucionaria”, lo que logra que, contra toda evidencia, se considere diferentes a Chapita Trujillo y Fidel Castro. El régimen se autoriza a sí mismo para robar, secuestrar y asesinar a sus enemigos -“expropiaciones”, “juicios revolucionarios” y “ajusticiamientos”- como hicieron Stalin, Hitler o Mao.

La vía del autoritarismo plebiscitario del Siglo XXI es más complicada y mientras logra la “hegemonía” convierte la violación de las leyes en un modelo de imitación social. Se crea la idea colectiva de que los ricos son perversos por antonomasia, los “blancos” son enemigos, los políticos, sinvergüenzas (un aporte de la babosada antipolítica) los profesionales “elitescos” y los que arriendan un cuarto “es- peculan” a los que viven en él.

El padre Sosa pensaba que la democracia estaba podrida por la “anomia”. Lamentablemente en su actual silencio no analiza las consecuencias de la “moral revolucionaria”, la amoralidad máxima, porque en ella las acciones humanas se juzgan buenas o malas no en sí mismas sino en referencia a “los intereses de la revolución”, es decir, la voluntad del caudillo, demiurgo del encono social entre los ciudadanos.

Miles de horas de porquerías ideológicas, vaciedades y resentimientos por televisión, “la hora del odio” orwelliana, no podían dejar otra cosa que la guerra civil de baja intensidad. Cada discurso tóxico se lee colectivamente como una autorización para destruir “el enemigo”. Entre los derrelictos teóricos marxistoides, el criminal no es responsable de lo que hace sino “víctima de la sociedad”, incluso héroe como el pirómano, perdedor, de la UCV.

Según Marcuse y Fanon un marginado, un delincuente, incluso un demente, eran mucho más revolucionarios que un pequeño burgués, al estar colocados “objetivamente contra la sociedad capitalista”. Los antisiquiatras pensaban que no había ninguna razón para readaptar un sicópata al mundo que había que destruir. Fanon cuestionaba la noción de delito porque el oprimido, para liberarse síquicamente, para “hacerse humano” debía asesinar un opresor.

Los terroristas árabes, los irlandeses y los serbios han usado con frecuencia los servicios del hampa para volar cafeterías en la tradición. El primer comunista alemán, el sastre Wilhelm Weitling se autoproponía para organizar el ejército de “valientes e inteligentes” criminales y decía que la revolución “debía soltar a los delincuentes y las furias del infierno en la tierra” para hacer lo que quisieran con “la burguesía”.

Otro revolucionario alemán, Karl Heinzen decía que el asesinato estaba permitido en la política. Bakunin que repudiaba a los moderados tanto como los actuales antipolíticos, creía que los únicos revolucionarios sinceros, sin fraseología, sin inducción, sin vanidad, era los delincuentes, enemigos par exellence del Estado.

Lenin habló de una alianza “campesinos obreros y soldados” y Bakunin de “obreros campesinos y delincuentes”. Los Panteras Negras y el Ejército Simbionés -más recordado por la película de Paul Schrader sobre el secuestro de Patty Hearst- contrataban asesinos y drogadictos. No hay nada que extrañar. Betancourt con sabiduría hablaba de “hampa política y hampa común”. La revolución bolivariana, la anomia máxima, ¿como integra su alianza?

@carlosraulher

El Universal

Sábado 26 de noviembre de 2011