Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Esto no es una democracia. Victor Maldonado

En algo hemos fallado. Llevamos más de quince años preguntándonos qué es esto sin ponernos de acuerdo en una definición consensual. Llegó Chávez y comenzó a contaminar la discusión con un conjunto de adjetivos que pervirtieron aún más la situación al arrimar la brasa para sus propias sardinas. Eso de “participativo y protagónico” no es otra cosa que un par de eufemismos que se inventaron desde la lógica que ellos tenían absolutamente clara y que nosotros nunca quisimos reconocer como tal. 

Por eso, el primer principio que debemos tener presente es que la calidad de una democracia depende de la calidad de sus ciudadanos y de los valores que compartan. Y allí está el primer problema. Tenemos una población muy poco comprometida con los retos de la libertad y de la democracia, pero además acostumbrada a la corrupción, a disfrutar de prebendas, y si el caso es que la situación no le conviene demasiado, pues comienza a enunciar su propia gramática del destierro.

El segundo principio que debemos relevar es que la democracia es algo más que un título, incluso algo más que una norma constitucional. Es una práctica constante de respeto y sujeción a un conjunto de instituciones, donde tal vez las elecciones y cómo se organizan, sean el punto más significativo. Pero elecciones es algo más que organizar un día para ir a votar. Supone reglas del juego claras, transparencia, arbitraje ecuánime, equidad entre los participantes, y reconocimiento del otro, gane o pierda. Un principio básico de toda democracia es el principio mayoritario. Gobiernan los que logran construir una mayoría. Pero en ningún caso esa posición justifica ser el dueño de la verdad. Mucho menos derogar la alternabilidad. La mayoría es un ejercicio temporal, que nunca concede el derecho a la realización definitiva de las propias metas e ideas políticas con los recursos del poder público. En ninguna caso una mayoría puede ser usada para asolar al contrincante. Si estas condiciones no se cumplen a cabalidad, entonces, por más elecciones que se celebren, no estamos dentro de los cabales de una democracia verdadera.

El tercer principio esencial para saber si vivimos o no en un régimen democrático tiene que ver con el Estado de Derecho. En las democracias los gobiernos se someten a las leyes. No son impunes ni son libres de manosear el ordenamiento jurídico para lograr sus propios fines. Una democracia no funciona sin separación de poderes, independencia de tribunales, legalidad de la administración, y por lo tanto, atribuciones y competencias plenamente definidas, protección legal contra los actos del poder público, respeto por los derechos de propiedad, y un sistema de indemnización jurídico público. Pero exige algo más, porque aún así podríamos estar frente a un cuadro de leyes ajenas al espíritu y propósito democrático: Que todas las leyes, reglamentos, resoluciones y prácticas sean congruentes y consistentes con las normas constitucionales, que entre ellas no medie interpretación alguna que expolie al ciudadano, y que reconozca todos y cada uno de los derechos fundamentales de los individuos y sus objetivos de libertad y plena realización.

El cuarto principio esencial es el de la ciudadanía. El uso del concepto “pueblo” es engañoso y falaz. Alude a la masa que sigue y que no objeta. Representa la obsesión del hombre fuerte en lograr montoneras inconscientes. El ciudadano es interactivo y reclamante. El pueblo es una abstracción cómoda en tanto que los individuos, con sus defectos, intereses y sesgos, son una realidad.

Finalmente, no hay democracia que funcione sin recursos morales expresados en el capital social de un país, tales como la confianza, las normas y redes que pueden mejorar la eficiencia de la sociedad mediante la facilitación de las acciones coordinadas. Es lo que llamamos instituciones, que sirven para resolver problemas, hacer transacciones pacíficas, convivir en paz e incluso pensar en la trascendencia. Libre expresión, prensa libre, pluralismo, tolerancia, familia, religión y sistema de mercado son parte de este acervo de recursos morales que se tienen o no se tienen, pero que hay que hacer un esfuerzo educativo y pedagógico para construirlo y mantenerlo. El tirano no convive bien con esas instituciones, pero la democracia no tiene sentido sin ellas.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE