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Fisgón de bibliotecas: La biblioteca de Emeterio Gómez

“Pero hay libros de los que no se desprende Eme. En el estudio donde está la biblioteca especializada en filosofía (…) se encuentran títulos de aquellos tiempos, que como una sección de la memoria, a veces se abre para mostrar quiénes fuimos y cómo llegamos a ser quienes somos ahora”

Giambattista Bodoni es un librero anticuario milanés que tras sufrir un accidente cardiovascular cae en estado de coma, una vez que despierta se da cuenta de que ha perdido la memoria. Pero no la memoria que le permite recordar cualquier cita de los libros que ha leído, ni coordinar ideas, ni reflexionar sobre algún personaje histórico como Napoleón o San Agustín, sino la memoria vinculada a las emociones, la memoria vinculada a su yo. Giambattista Bodoni no sabe cuál es su nombre. Su adorable esposa Paola, le sugiere que se retiren a la casa de campo en Solara para que entre libros, revistas, periódicos, películas, tebeos, que guarda en esa casa, logre reconstruir la memoria que ha quedado suspendida “como una niebla gris” en su recuerdo. La historia de Yambo (como le dicen los más cercanos al librero Bodoni) es la que narra Umberto Eco en la novela La misteriosa llama de la reina Loana, en la que el protagonista constantemente cita las lecturas que ha realizado a lo largo de su vida mientras intenta reconstruir su memoria, y Eco intenta narrar la historia del siglo XX como correlato. Esta historia es la que me asalta el recuerdo de inmediato cuando termino la visita que hice a la casa (y a la biblioteca) de un viejo amigo y admirado profesor: Emeterio Gómez. Hace unos meses, el filósofo sufrió una caída debido a un accidente cardiovascular, golpeándose el cráneo dramáticamente. Como Giambattista Bodoni y la niebla gris, Emeterio, intenta –en un impresionante ejercicio de memoria– reconstruir esas instancias que han quedado nebulosamente escondidas. Fanny, quien me hizo recordar de inmediato a Paola, la esposa de Yambo, es quien hace posible este encuentro postergado. Pero es también quien hace posible que la recuperación de Eme sea un proceso fascinante. En ese proceso, parecido al de Yambo, los libros y las lecturas son fundamentales para que la mente brillante de Eme reconstruya lo que la memoria ha dejado engavetado.

La biblioteca de novelas

Si Emeterio no hubiese ido dejando atrás muchos libros, no cabríamos en este apartamento, comenta Fanny, mientras Eme y yo nos sentamos al frente de la biblioteca por la que los años y la vida lo han decantado. Y es que los libros, las letras, han sido inseparables en la vida de quien ha sido un activista político e intelectual de vida pública en la historia del país. Recuerdo que siempre fui, cuando chamo, lector de novelas, llegué a escribirle una carta a Rómulo Gallegos para que me enviara un ejemplar de Doña Bárbara, porque no tenía dinero para comprarla, comenta Eme sorprendido aún de que el escritor y ex presidente de la República, no solo le respondiese la misiva sino que le enviara toda la obra dedicada, ¡cómo iba a esperar aquello, un joven de un pueblo olvidado de Margarita, que el propio Gallegos me iba a responder! Me devoré Gallegos completo, coño creía que era el mejor escritor del mundo, me comenta entre risas.

Así que desde muy temprana edad Eme manoseaba libros. Leyó el boom latinoamericano con fruición, primero a Vargas Llosa, luego a García Márquez, algo de Carpentier, y a Onetti, Donoso, Rulfo, pero a quien leyó mucho, antes del boom y antes del Nobel, fue a Miguel Ángel Asturias, Hombres de maíz, Señor Presidente, Leyendas de Guatemala, las recuerda con afecto y admiración. En aquella provincia las letras me llegaban a través de los amigos de mi padre, también de nombre Emeterio, y a cuya modesta biblioteca, dedicada por entero al costumbrismo y criollismo, yo tenía acceso; mi padre fue decimista. Me dice esto como esperando que le comente algo, pero es que yo no sé que es ser decimista le digo de inmediato, lejanamente pienso en las décimas pero no lo sé Eme. El RAE en la séptima acepción señala: Combinación métrica de diez versos octosílabos, de los cuales, por regla general, rima el primero con el cuarto y el quinto; el segundo, con el tercero; el sexto, con el séptimo y el último, y el octavo, con el noveno. Admite punto final o dos puntos después del cuarto verso, y no los admite después del quinto. Y de pronto, Eme recita “Nadie porque se vea en alto / debe ostentación hacer / en lo alto nace una palma y baja al suelo a barrer.” Algo de estos versos advierte Emeterio en la forma en que lee a los autores que la tradición, la academia, u otra instancia han consolidado, y que tantas polémicas ha causado.

La biblioteca económica

Cuando estaba en El tigre, porque a mi padre lo contratan las petroleras, tuve que decidir terminar el bachillerato en Mérida, me dice Eme cuando le pregunto por sus lecturas económicas, y la biblioteca de economía que me dice Fanny pasó por las manos de Emeterio hace ya mucho años. Y es que estando en Mérida termina el quinto año de bachillerato por una razón exclusivamente de recursos, allá no era costoso. Serán las corrientes izquierdistas las que lo llevarán a la UCV, a la escuela de Economía y a las revueltas de la guerrilla, de la que estuvo muy cerca. En ese tiempo, la idea de una biblioteca personal no existía, porque los libros, las lecturas pasaban de mano en mano, de discusión en discusión, el ambiente de revueltas era la biblioteca, me comenta Emeterio ante mi insistencia por preguntarle de dónde le llegaban los libros que caían en sus manos. Viví en las llamadas residencias “ñángaras” cuando era estudiante, cuenta Eme con simpatía, y por ahí pasaban los guerrilleros, no fui a la guerrilla por cobarde, afortunadamente, por poco me voy al monte, comenta entre risas. Esa franca relación consigo mismo y con la realidad ha hecho que Eme se enfrente a los libros de una manera pugilística, le gusta hincarle el hueso a los libros, con la pasión de la lucidez que aún lo acompaña.

 Los libros de aquel entonces tenían sangre soviética. Así se templó el acero, de Alexandr Nikoláievich Ostrovski, el dramaturgo y novelista ruso del siglo XIX, fue importante para Eme; pero los manuales de la  Unión Soviética eran los que pasaban por nuestras manos, me comenta al descubrir que están ahí, en el recuerdo, el manual del materialismo histórico, el manual del materialismo dialéctico, manual de marxismo-leninismo, todos provenían de la Academia de las Ciencias de la URSS; hasta que llegué a El Capital de Marx, que me leí de “de pe a pa”, dice Eme, emocionado, porque le pregunto por ese momento en el que él rompe radicalmente con las ideas marxistas. Aprovecho la mención de El Capital para hacerlo porque creo que puedo animarlo a seguir recordando esas bibliotecas que se fueron quedando en el camino, entre mudanzas, purgas y limpiezas, giros violentos a medida que se desencantaba maravillado al descubrir flaquezas, engaños, fragilidades en las tesis de los pensadores, donaciones y algunas cajas que todavía están guardadas, como asemejando los vericuetos de la memoria, a los que poco a poco, como el librero anticuario Yambo, de la novela de Eco, surgen del insondable e inescrutable misterio de la mente.

¡Coño, yo llegué a dar justo con la mentira que es la tesis marxista! Dice Eme, entrecerrando los ojos y apretando los puños como quien todavía ve muy claramente el engaño de toda revolución. Cuando leí El Capital, al que dediqué años de mi vida, descubrí que el propio Marx no había sido engañado por el marxismo, estaba consciente de la propia estafa. Fanny me comenta que conoce muy pocas personas que se hayan leído El Capital completamente, Eme interrumpe para decir que sabe muy bien que Carlos Blanco lo hizo, fue mi alumno, a Marx lo leí hasta el hueso, y una vez que fui profesor en la Escuela de Economía de la UCV y que en parte impulsé el estudio de El Capital, lo enfrenté con otra lectura clave para mí, lo enfrenté a John Maynard Keynes. Y le pregunto, ¿quién ganó Eme?, y me contesta, Keynes, por unanimidad, entre risas. Otros autores de aquellos tiempos, que llenaron esa biblioteca de la que fui saliendo, al mejor estilo de las purgas estalinistas, fueron Gramsci, Coletti, luego vendrían Ricardo, y mucho más adelante Hayek, y otros, cuando fundé junto a colegas Cedice.

La biblioteca filosófica

Pero hay libros de los que no se desprende Eme. En el estudio donde está la biblioteca especializada en filosofía, guardados en un clóset que es también una biblioteca, se encuentran títulos de aquellos tiempos, que como una sección de la memoria, a veces se abre para mostrar quiénes fuimos y cómo llegamos a ser quienes somos ahora. Fanny abre las dos puertas y deja ver La tercera vía, de Anthony Giddens, Socialismo, de Ludwig von Mises, Más allá del Capital, de Iván Mészáros, La riqueza de las naciones, de Adam Smith, Libertad o capitalismo, de Ulrich Beck, La miseria del historicismo, Conocimiento objetivo, ambos títulos de Karl Popper, y entre otros, los tres tomos de El Capital, de Karl Marx.

Hemos tenido que ir recordando las otras bibliotecas para poder tener una idea de cómo esta biblioteca dedicada a la filosofía es la que Eme sigue ordenando y visitando todos los días, desde madrugada hasta altas horas de la noche, porque Eme sigue leyendo de esa manera voraz, luchadora, con la lucidez para enfrentar las ideas ajenas y proponer las propias. Una biblioteca que se encuentra en una habitación cuya ventana deja ver al Ávila imponente, y en donde los libros están alrededor, del piso hasta el techo. La biblioteca, el mueble, es danés, y en realidad son tres pequeñas bibliotecas unidas y que conforman una suerte tablero de crucigrama, porque los entrepaños son cuadrados, que cubre una de las paredes de largo a largo, y Eme ha evitado la doble fila, ¡coño sí, muchas veces prefería comprar de nuevo el libro que buscarlo! me comenta como aliviado de que eso ya no le pase, y entre risas me dice Fanny, ya eso no puede hacerse, ¿dónde conseguir de nuevo los libros que atesora Eme hoy en día? Lamentablemente, le digo a Eme, que cualquier biblioteca personal, que ha sido cuidada y cultivada con gusto y sensatez, es mucho más atractiva que cualquier librería del país.

El orden que Eme va redescubriendo y ordenando en su biblioteca, a la par de como va redescubriendo y reordenando lo que aquella “niebla gris” cubre sobre la memoria, de la manera que hace Eco con Yambo y la historia de Europa, es un orden de obsesiones intelectuales, que agrupa por autores que lo apasionan y a su vez lo enfurecen, desde las obras completas de Platón y Aristóteles, toda la obra de Zubiri, Russell, Cassirer, Hegel, Ricoeur, Laclau, Zizek, Vattimo, Gadamer, Nussbaum, Attali, Steiner, Zambrano, Elster, Jaeger, Husserl, Jasper, Camus, Sartre, Todorov, Echeverría, Paniker, Kant, Gilson, Berlin, Löwith, Buber, Lévinas, Marcel, Sloterdijk, y también Hawking, Capra, Wilber, Krishnamurti, y Homero, Cervantes, Paz y Borges, en las principales editoriales de habla hispana, Gedisa, Anagrama, Alianza, FCE, Siruela, Trotta, Sígueme, Tecnos, Destino, Salamandra, Taurus, Crítica, Ariel, Paidós, Herder, Katz, y tantas otras que solo entre viajes al exterior y una vida dedicada al pensamiento y la reflexión pueden reunir.

En lugar aparte, en varios tramos en la pared enfrentada a la biblioteca principal, sobre el sillón en que lee Eme, se encuentra todo Heidegger y Nietzsche. Dos de los autores que con más fruición lee una y otra vez, a los que se enfrenta, admira, discute, porque el filósofo que pasó ocho horas y media defendiendo en francés su tesis doctoral ante un jurado e incluso tutor, enfrentados a su ponencia en la Sorbona, no le teme a descubrir verdades hondas que sacuden el alma. Los libros de esta biblioteca que abro al azar están colmados de anotaciones, subrayados, tiene vírgulas, exclamaciones en casi todas sus páginas, yo no tengo una relación fetichista con los libros, pero sí les tengo afecto, perder algunos libros me ha dolido mucho, pero puedo regalarlos también, de hecho si no fuese así no cabríamos en este apartamento, pero al pasar los años, es esta la biblioteca por la que me he decantado, me dice Eme ya un poco cansado de este breve viaje por sus libros, los leídos, no los publicados, que ya suman más de una decena por cierto, y que tanto revuelo causa cuando arremete contra las ideas prefabricadas, acomodaticias, que en buena medida tienen a Occidente en crisis.

Un libro rayado

Veo un libro repetido de su querido Isaiah Berlin en la sección que le corresponde al autor, La raíces del romanticismo, en Taurus, editado por Henry Hardy, albacea literario del letonio. Tomo uno de ellos y está completamente rayado, anotaciones por doquier, subrayado con distintos colores, y entre muchas, en la página final Eme ha resaltado “los románticos fueron las personas que enfatizaron más rotundamente el carácter impredecible de toda acción humana”, y se puede ver el día y año en que terminó de leer este libro que asegura le cambió la vida “terminado de leer el 2 de agosto de 2002″. Hace doce años y esa línea podría advertir la noción con la que Emeterio ha maravillado y expuesto, a quienes han tenido la oportunidad de leerlo y escucharlo, el abismo de Occidente: “esa aterradora frontera en la que confluyen el arte, el lenguaje, el poder, la filosofía, la religión y la mística; esa ‘realidad’ que todavía no ha sido –o que no puede ser– constituida por la razón y que, por ello, se ubica más allá de todo lo que los humanos podemos entender.”

El otro ejemplar no tiene ninguna anotación. Lo toma, le escribe una dedicatoria y me lo regala con mucho cariño para Harrys. El mismo cariño con el que he fisgado en su biblioteca, que es como su memoria dispuesta en entrepaños, esperando para disipar, como Giambattista Bodoni, la niebla gris que sobre todos nosotros se ha interpuesto desde hace ya mucho tiempo, quizás desde que Eme terminó por leer el libro de Isaiah Berlin.

HARRYS SALSWACH | EL NACIONAL