Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Gobiernos culpables

Por: Domingo Fontiveros

La crisis financiera mundial tiene al menos tres orígenes primarios:

China, EE.UU. y la OPEP. Por años, los chinos subvaluaron al yuán, los americanos emitieron demasiados dólares, y los petroleros contribuyeron al alza excesiva en los precios del crudo. Sin estos elementos, hoy no habría crisis, sino prosperidad.

Estos factores originarios de la crisis fueron la creación de Estados soberanos, no de individuos o compañías privadas. Los gobiernos cometieron errores graves que enviaron señales equivocadas a los mercados libres de todo el mundo. El desenlace se vive hoy a nivel global, apareciendo la crisis hipotecaria como causa inmediata.

Las notorias Fannie Mae y Freddie Mac americanas subsidiaron los créditos hipotecarios con apoyo del Congreso americano y, menos directamente, del Federal Reserve. Así se propició una expansión en cascada de créditos y títulos con respaldo dudoso, mezclados con casos de fraude descarado. La OPEP participó con ventaja en la distribución mundial de estos excesos monetarios, cobrando más caro, y practicando políticas de restricción de oferta petrolera a corto plazo, y de bajas inversiones, lo que hizo extender la perspectiva de escasez relativa de crudo hacia el largo plazo. El banco de China acumuló 2 billones de dólares en reservas, gracias al subsidio cambiario inmenso concedido a sus exportaciones.

Estos desarrollos no fueron un accidente. Gobiernos con diferentes clases de legitimidad y banderas ideológicas distintas actuaron como si estuvieran conspirando contra los mercados mundiales, manipulando intereses, tipos de cambio, flujos comerciales, y corrientes crediticias. Todo ello condujo a una prosperidad ficticia fabricada desde los Estados, no desde las realidades productivas. El valor de las inmuebles y de las compañías se infló en casi todo el planeta, muy por encima del crecimiento real del ingreso. Los salarios quedaron rezagados en medio del enriquecimiento de papel que parecía infinito.

El autoritarismo de petroestados, y de países como China y Rusia, entre otros, así como el cesarismo americano, fueron apabullando al funcionamiento legítimo de los mercados y debilitando la eficacia del cálculo económico objetivo. La “burbuja”, como ahora la llaman todos, fue advertida, notablemente por Allan Greenspan, sin efectos preventivos prácticos. Algunos bancos emblemáticos, menos atraídos por ganancias evaporables, se mantuvieron al margen o participaron transitoriamente con prudencia. Supieron protegerse a sí mismos y a quienes del público tenían confianza en ellos.

Ahora que estallan los efectos de una crisis cocinada a fuego lento, se oyen consignas vacías contra el mercado, el capitalismo y la libertad, reclamando el regreso del intervencionismo, de las regulaciones y hasta del socialismo de Estado.

Lo cierto es que el Estado americano emitió demasiados dólares. El Estado chino reprimió el aumento del salario real de sus trabajadores. Y los petroestados se enriquecieron a expensas de los consumidores de todo el mundo. Los gobiernos ahora se asustan del resultado de sus acciones y reaccionan con más estatismo. Esa no es la salida perdurable. Aunque abre el paréntesis necesario para correcciones de fondo.