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Gomorra y Nápoles

EL NACIONAL – Domingo 28 de Septiembre de 2008

Siete Días

Opiniones

Por: MARIO VARGAS LLOSA

Los grandes cabecillas de la camorra napolitana, y sus pistoleros y amanuenses, abandonan sus viejas costumbres y jergas para adoptar las que las películas de Hollywood les atribuyen. Por ejemplo, en Casal di Principe, el jefe de “familia” Walter Schiavone hizo que los arquitectos le construyeran una suntuosa vivienda imitada milimétricamente de la que habita, en Scarface, Tony Montana (Al Pacino). Hasta la aparición de la película de Coppola, El Padrino, los camorristas jamás habían llamado de este modo a los capofamiglia, pero desde entonces aquel apelativo se ha generalizado, y no sólo en Campania, también en Calabria, Sicilia y otras regiones de Italia. Las esposas de los camorristas, desde hace algunos años, se visten como Uma Thurman en Kill Bill, con rubias pelucas y de amarillo fosforescente. Y un veterano policía explicó, ante un tribunal, que, desde que vieron las películas de Tarantino, los killers de las distintas “familias” napolitanas asesinan como esos personajes de celuloide: disparando al bajo vientre, a la ingle, a las piernas, hiriendo gravemente para que la muerte tarde, y rematando a las víctimas por fin con un tiro en la nuca.

Son las páginas más divertidas, las únicas que pueden calificarse de este modo, del libro de Roberto Saviano, Gomorra, publicado en Italia hace un par de años, un extraordinario reportaje sobre las mafias que operan en Nápoles y en toda la Campania, que se lee con tanta fascinación como espanto e incredulidad. Saviano es un periodista muy joven (nació en el año 1979), pero, sobre todo, es napolitano, de origen humilde, que ha vivido en los pueblos y barrios donde la camorra representa el verdadero poder y es la fuente, por un lado, de trabajo y oportunidades de supervivencia para los pobres, y, de otro, de violencias terribles, que, en las páginas de su libro, están documentadas con nombres, fechas y precisiones. No es de extrañar que desde entonces ande oculto y protegido por guardaespaldas.

Mientras yo leía su libro, entre la mugre pestilente y los palacios soberbios de Nápoles, los diarios italianos anunciaban una aparición fugaz de Saviano en el Festival Literario de Mantua, rodeada de infinitas precauciones. Si las cosas que cuenta en Gomorra son todas ciertas, es seguro que nunca más estará a salvo y que tendrá que pasar el resto de su vida a salto de mata y cambiando de disfraces.

La camorra no es una organización única, sino un nombre genérico para un sinnúmero de “familias” que, a veces, trabajan unidas en alianzas para negocios específicos, o que dominan territorios o actividades concretas y diferenciadas –inmigración clandestina, prostitución, falsificación de productos de lujo, drogas, casinos, escorias tóxicas, etcétera– y que, de tanto en tanto, entran en conflicto y se aniquilan en guerras de una ferocidad indescriptible. Se trata de un sistema, en cuya base hay pistoleros, vendedores callejeros de cocaína, heroína y toda clase de narcóticos, y en cuyo vértice operan financistas, inversionistas e industriales de enorme poderío y talento empresarial. Nadie ha utilizado mejor que la camorra los horizontes que abre a la economía la globalización ni ha aprovechado mejor las nuevas tecnologías.

Un solo ejemplo, para ilustrar la eficacia con que la camorra ha tendido redes que abrazan el mundo entero. El libro de Saviano se abre con una descripción de los galpones del puerto de Nápoles donde la mafia instala a los chinos que clandestinamente trae a Italia para que trabajen en distintas actividades que realiza en sociedad con el gigante asiático.

Un buen número de aquellos inmigrantes vienen a Nápoles a aprender, de maestros nativos, las técnicas de la perfecta falsificación de calzados, vestidos, sombreros y demás indumentos de la moda italiana, técnicas que luego irán a poner en práctica en los talleres de corte y confección en China, donde se fabrican los productos de Gucci, Armani y otras grandes casas de modistos de Italia, que, luego, la organización venderá por todo el mundo. Las clases se dan en locales de la mafia, con traductores simultáneos.

En un episodio inolvidable de Gomorra vemos a un jefe mafioso emocionarse hasta las lágrimas viendo en la televisión, la noche de los Oscar, a Angelina Jolie embutida en el precioso vestido blanco de marca que él hizo falsificar.

Las empresas de la camorra no operan todas en la ilegalidad; buen número de ellas ocupan un plano intermedio, con ramas y operaciones legales y otras informales. Lo mismo puede decirse de buen número de compañías legales, a las que la presión del ambiente, la codicia o el chantaje han ido contaminando de ilegalidad y que, manteniendo una fachada irreprochable, tienen una trastienda que se sirve de o sirve al sistema. El libro de Saviano da la impresión de que aquél, en vez de encogerse debido a la persecución policial y legal, avanza de manera sistemática, contagiando a todo su entorno. Solamente leyendo las empresas de turismo y entretenimiento que la camorra desarrolló en la Costa del Sol –España fue durante muchos años una tierra de promisión para los jefes camorristas, donde tenían sus villas de recreo, donde escondían a sus hombres más buscados y donde celebraban sus reuniones de directorio– se tiene la abrumadora premonición de que, si esto sigue así, en no mucho tiempo será la economía que opera dentro de la ley la minoritaria, y la de la Camorra, la Cosa Nostra, la `Ndrangheta calabresa y congéneres quienes dominarán el mundo.

¿A qué se debe la capacidad de proliferación de la mafia napolitana? No a que no sea perseguida, desde luego. Ese es un mito que Roberto Saviano pulveriza en su libro. Aunque la camorra tenga complicidades entre políticos, policías y jueces, el Estado la golpea sin cesar, encarcelando a sus dirigentes, secuestrando sus bienes, enviando por largos años de prisión a sus contables y pistoleros. La función de los “arrepentidos” es capital, pues gracias a sus confesiones se ha podido detectar la profundidad de sus operaciones, decomisar astronómicas cantidades de drogas e intervenir sus fábricas de mercancías falsificadas y los circuitos que utiliza para el lavado de dinero. Pero, aun así, el sistema ha alcanzado ya unos niveles de poderío económico, de adaptación a nuevas circunstancias y una aptitud para renovar sus cuadros, que los golpes que recibe no llegan a poner en peligro su existencia. Por paradójico que parezca, muchas veces cuenta en barrios y aldeas con un vasto sector social, el más pobre y marginado, que, como la camorra es su único medio de vida, la defiende, ocultando a sus perseguidos, desviando a la justicia, e, incluso, linchando y marginando a quienes se atreven a denunciarla. Una de las historias conmovedoras que cuenta Saviano es el vía crucis de una modesta maestra de escuela de Mondragone, que, por haberse atrevido a denunciar a un sicario de un asesinato del que ella fue testigo, se convirtió en una apestada, a la que todo el mundo quitó la palabra, fue degradada en su trabajo y mudada a una aldea miserable donde debió preguntarse muchas veces si actuar de una manera decente no era, en el mundo en que vivimos, sólo cosa de mártires y necios.

Otro mito que se eclipsa leyendo Gomorra es el de que, por delictuosa que sea, la camorra, nacida del pueblo, guarda unos lazos de solidaridad visceral con su terruño.

El atroz capítulo final de este libro pone los pelos de punta, pues relata con minucia una de las operaciones más rentables de la mafia y de más nocivas consecuencias para los humildes napolitanos: la industria clandestina de traer del norte de Italia a la Campania las escorias y residuos tóxicos de la industria para enterrarlos en el campo. Es una actividad que reditúa enormes ingresos a la camorra y que causa perjuicios inconmensurables a los campesinos y aldeanos de esas tierras envenenadas por los ácidos que trasmiten enfermedades a los seres humanos y a las bestias y a los productos agrícolas que allí se cultivan. Y, por supuesto, a los inmigrantes clandestinos africanos, asiáticos y albaneses que manipulan esas materias por unos salarios miserables.

Tengo una discrepancia con el excelente libro de Roberto Saviano: no creo, como él, que el fenómeno de la camorra sea manifestación congénita del sistema capitalista, sino su excrecencia o deformación. Algo que todos los grandes pensadores de la economía libre, de Adam Smith a Friedrich Hayek, señalaron que ocurría cuando la empresa privada funcionaba en un mundo sin leyes o con leyes que no se cumplían y carente de una cultura y una moral que discriminara claramente entre lo justo y lo injusto, o, en vocabulario religioso, el bien y el mal. No es el capitalismo sino Italia la que anda podrida.

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