Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Grados de realidad

“…siempre es sano que unos y otros se pregunten cuantas condiciones tiene el plan, cuáles de ellas están bajo nuestro control y cuales nunca lo van a estar…”

Recientemente tuve que hacer un viaje al exterior con escala. El avión salió relativamente puntual de Maiquetía y aterrizó también con exactitud en el aeropuerto de Houston. No hubo pues ningún retardo significativo pero si esos pequeños lapsos de tiempo que se acumulan cuando, por ejemplo, el avión tiene que esperar a que todos sus pasajeros coloquen las maletas en los compartimientos, o le den pista para alzar el vuelo. Al arribo lo mismo, esperar que fijen una puerta, que esta se abra y permitir que todos salgan. Son, como dije, pequeños retrasos que al final terminan acumulando una imposibilidad. Así ocurrió. Las dos horas teóricamente previstas para tomar el otro vuelo no fueron suficientes para descontar todos estos pequeños inconvenientes y afrontar los trámites de aduana y equipaje. Era simplemente imposible tomar la conexión, y por lo tanto debimos esperar una próxima oportunidad.

Ocurre muchas veces que los planes se trastocan por irreales. A muchos les parece retador elaborar agendas plagadas de elementos condicionales, sin pensar que con cada condición se están alejando del logro de los objetivos. Me imagino que la agente de viajes a quien le debemos los afanes que relatamos pensaba de la siguiente manera: Si el avión sale con puntualidad, Si los pasajeros son diligentes, Si la colocación e inspección de las maletas y otros equipajes no suponen demasiados retardos, y Si logran hacer rápidamente los trámites concomitantes, los pasajeros logran hacer la conexión incluso con comodidad. Pero por lo general la realidad no se comporta tan “ceteris paribus” como nosotros suponemos. Más bien acumula a lo largo del día inconvenientes y pequeñas fallas que debemos identificar, prever y descontar. Cualquier otra conducta es temeraria y coloca en aprietos al planificador y al ejecutor. Tal vez porque como “las demás cosas” no trabajan para uno hay que apreciarlas de manera diferente. Hay por supuesto variables que uno controla, y que cuando eso no ocurre, sus consecuencias son catastróficas. Hay otras que están fuera de nuestro control y son simplemente calamitosas. Creer que unas y otras (las catástrofes y las calamidades) están todas ellas bajo el arbitrio de nuestra voluntad siempre nos coloca en el plano y/o al borde de la imposibilidad.

Tal y como lo demostró la agente de viajes que con tanta ligereza propuso ese itinerario, resulta muy poco plausible planificar sin experiencia y sin compromisos con la realización de las cosas que se proponen. Los analistas de escritorio, que no conocen “el estado del sistema” pueden cometer errores garrafales, sin que necesariamente medie maldad alguna. Lo mismo ocurre con los implementadores, al aceptar y proponerse apuestas demasiado riesgosas. Por eso es que siempre es sano que unos y otros se pregunten cuantas condiciones tiene el plan, cuáles de ellas están bajo nuestro control y cuales nunca lo van a estar. Unas y otras responden a planos diferentes. Las primeras responden a nuestro grado de responsabilidad y compromiso. Las segundas a las condiciones del entorno y al grado de conocimiento y experiencia que tengamos en el tema. La primera tiene que ver con la virtud y la segunda con la fortuna. Y así como la suerte no acompaña a quien no tiene criterio y talante, tampoco el talante puede afrontar exitosamente lo que únicamente resuelve la suerte. Apostar a la suerte, la mente positiva, la auto-sanación, y alguna que otra oración no tuerce el curso del destino. Mikel de Viana solía decir que Dios no se mete en eso, y es más que probable que haya tenido razón. Lo que no obvia la buena voluntad del que reza mientras pone lo suyo en juego para que las cosas salgan, siempre y cuando ellas sean posibles. El resto forma parte de un mundo fatalmente fantástico.

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