Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Hacia una red de jóvenes liberales de América Latina. José Guillermo Godoy

“Estos tiempos no son para acostarse con pañuelos a la cabeza, sino con las armas de almohadas, como los varones de Juan Castellano: las armas del juicio que vencen a las otras. Trincheras de ideas, valen más que trincheras de piedra”
José Marti.
En los albores de la última década del siglo XX, en plena eclosión de la URSS, el socialismo se convertía en ciencia mortuoria y los socialistas en un medico de la morgue que pinchaba indiferente una tarjeta de identificación sobre carne muerta. Sin embargo, era fácil comprobar que las grandes vedettes de la izquierda –artistas, escritores, periodistas, profesores, científicos- así como sus ideas, disecadas químicamente, seguían gozando de buena salud. No eran meras apariencias evaporadas ante el foco potente del derrumbe de un Sistema. Tenían tanta realidad, tanto peso, tanta eficacia como las estructuras que los sustentaban. Estaban ahí, había que mirarlos a la cara como se mira a los vivos y no a los muertos, había que decidirse a hablar con ellos y a responderles, había que saber entrar en la discusión, afrontar la lucha ideológica con los medios adecuados, con las armas de la teoría. Nada de eso se hizo, y la consecuencia es una primera década del siglo XXI que mirada a la distancia nos revela una atmosfera estancada y muerta.
En la actualidad, en el caótico paisaje político social que nos desvela, parecen ganar terreno la inconformidad y la desesperanza ante un destino social que se percibe como inevitable. La tradición liberal ha sido, desde sus lejanos inicios, una fuerte toma de partido, un impulso crítico y una profunda interrogación respecto de las condiciones de su propia época. Retomar esta tradición pérdida, revalorizar y reasumir nuestra función histórica, implica, entre otras cosas, mirar, analizar y pensar los territorios juveniles, sus formas organizativas, aquellos espacios en donde los jóvenes -muchos y diversos- despliegan estrategias, producen diversos experimentos, sufren la exclusión y generan opciones.
Esta exigencia proviene de la profunda necesidad de renovar los interlocutores de nuestras ideas para contrarrestar un discurso oficial banal, paupérrimo, casi del orden de lo vacío y sin sentido, pero altamente efectivo, y que ha conducido a Latinoamérica a esta situación espectral.
Una política de encuentro con América latina con intencionalidad efectiva es necesaria entre los liberales. Para ello debemos sentir que América latina no es simplemente un destino literario ni una tragedia sureña, sino una experiencia de construcción política, cultural y económica, que es al fin lo que Hans Freyer denominaba “ámbito de destino”. Sentir que nos abordan problemas y dilemas en común. Parafraseando a Jorge Basadre, el gran historiador peruano, debemos mirar a América Latina como problema, pero también como oportunidad.
Una política de encuentro implica a su vez una actitud de compromiso, de acción. Los jóvenes no somos el futuro sino el presente actuante, su potencia de cambio. El deber moral de un joven político liberal es trabajar para que la sociedad cuente con mayores espacios de libertad. Cumplir ese imperativo implica necesariamente la acción política. No hay pues posiciones contemplativas ni pasivas, el hombre es responsable hasta de lo que no hace; todo silencio es una voz, toda prescindencia es también elección. Manuel González Prada en su discurso del Politeama en 1888 proclamaba: “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”
Los jóvenes liberales debemos entender que mantener nuestros principios no implica caer en el idealismo moral estéril. Reclamos de rigurosidad y depuración ideológica no han dejado de aparecer en nuestros ámbitos, como si a través de esos gestos se estuvieran jugando posiciones fuertes, mundos teóricos capaces de erigirse en portadores de hegemonía política y académica. Lo cierto es que casi nunca, por decirlo con suavidad, la tradición liberal ocupó un lugar destacado y reconocido dentro de los claustros universitarios y del mundo político contemporáneo, como para darse el lujo de que portadores del “liberalometro” sigan poniendo aduanas disciplinarias.
Jean- Paul Sartre afirmaba: “La pureza es una idea de fakir y de monje. A ustedes, los intelectuales, los anarquistas burgueses, le sirve de pretexto para no hacer nada. No hacer nada, permanecer inmóviles, apretar los codos contra el cuerpo, usar guantes”. Las acusaciones de muchos liberales a las reformas de los años noventa pueden ser ciertas pero en su mayoría son abstractas. No tienen en cuenta la situación histórica desde la cual fueron concebidas. Sus perspectivas son las de un intelectual aislado que reconstruye la historia de acuerdo con un esquema establecido a priori por su voluntad personal, que excluye además las dificultades que implica la acción: siempre ha sido más fácil escribir la historia que hacerla.
A los puros, “a los limpios” debemos contestarles con los argumentos que Sarmiento utilizó en la interpelación a que fuera sometido por sus opositores en el parlamento siendo ministro de Bartolomé Mitre: “esos señores son tan puros como el agua que contiene este cristal, pero por la sencilla razón de que ellos no han servido para nada. A los hombres que han vivido al sol de la Revolución y en la polvareda de los hechos políticos, de la lucha y del destierro ¿Qué es lo que se viene a decir: nosotros estamos puros? Un poco de polvo en los vestidos y alguna vez la manos un poco sucias: he aquí lo que pueden echarnos en cara, pero las lava uno para volver a principiar de nuevo”
Una política fuera de la lucha, una política en el destierro, no existe sino negativamente. Los proscriptos permanentes no cuentan, están fuera de la historia, solo se definen como fracasos, como esperanza inútil, como sueños desengañados.
En este sentido Chávez es más historia que nosotros.
Nuestra lucha es contra seres concretos y no contra entes abstractos e inasibles como los personajes de Kafka. La acción encierra una antinomia: nada es posible hacer por los hombres sin hacerlo al mismo tiempo contra algunos hombres. Para poder imponer una idea es necesario sacrificar los obstáculos que se oponen a los propios designios, incluso sacrificarse a si mismo. La historia no se hace con palabras elevadas, libros hermosamente escritos, ideas nobles, gestos divinos. Se hace con suciedad, sangre y lágrimas. Al decir de José Piñera “el secreto de la felicidad es la libertad, y el secreto de la libertad es un corazón valiente para luchar por ella”.
José Guillermo Godoy. Presidente y co-fundador de Avance Liberal Red Liberal de jóvenes de América Latina www.avanceliberal.org www.joseguillermogodoy.