Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Haroldo Dilla, el marxismo y otros errores. C. Montaner

El profesor Haroldo Dilla se ha tomado la molestia de volver a responderme. Creo que debo agradecérselo. Su texto se titula Las tres tristes trampas de Carlos Alberto Montaner. Leo el artículo, como el anterior, en 7días.com.do y encuentro que tiene razón en un par de aspectos.

Acuerdos y discrepancias

Es verdad que él y yo habíamos disentido antes sobre las razones del desastre económico y social de Haití. Lo había olvidado. Al fin y al cabo eran opiniones escasamente demostrables sobre un tema muy subjetivo. La discusión, al menos para mí, tenía unos ribetes bizantinos que la hacían poco memorable.

Es muy difícil precisar por qué Barbados, con una composición étnica similar a Haití, pero con una historia y una cultura totalmente diferentes, es una de las más exitosas expresiones del Caribe, mientras sus vecinos haitianos han corrido una suerte diametralmente opuesta.

El señor Dilla resume bien las posiciones que entonces sostuvimos en torno a ese tema. Él, que piensa como marxista, suscribe la dudosa Teoría de la Dependencia y cree que:

la pobreza haitiana estaba ligada a la desfavorable ubicación de ese país en la división regional del trabajo en función de la acumulación capitalista, mientas CAM prefirió explicarlo como resultado de la Revolución Haitiana y de los malos liderazgos generados desde ella”.

Dilla tiene su hipótesis y yo la mía. El toma en serio los escritos de Paul Baran,  André Gunder Frank y otros economistas que postulan la descaminada Teoría de la Dependencia. A mí, en cambio, me parece que ésa es una forma absurda (y cómoda) de explicar el subdesarrollo.

Creo que nunca nos pondremos de acuerdo sobre el tema, pero no me importaría cambiar de opinión si alguien aportara algún argumento persuasivo. Todavía no ha sucedido.

También, es cierto que confundí la profesión del profesor Dilla. Lo hice sin intención. Pensé que era economista. Creo que no tiene importancia. Quienes lo conocen –yo no he tenido esa grata oportunidad– me escribieron dándome muchos datos de su vida y diciéndome que era geógrafo y sociólogo, es decir una persona con una buena formación en otro campo de las Ciencias Sociales. Enhorabuena.

No voy a volver sobre mis puntos de vista a propósito de la gratuidad de la enseñanza universitaria que piden a gritos los estudiantes chilenos y sobre sus exigencias de que se prohíban las instituciones lucrativas de nivel superior. Sería inútilmente reiterativo.

Un resumen de mis opiniones en este terreno ya aparecen publicadas en otros artículos recientes que pueden consultarse en www.elblogdemontaner.comLa educación y el cinismo, La buena educaciónLa arrogancia y el error.

Si algún lector, incluso, desea conocer más a fondo mis opiniones sobre la educación universitaria, lo invito a que revise varios ensayos en mi libro La libertad y sus enemigos. Es un tema que siempre me ha interesado. Me parece fundamental.

El problema es el marxismo

Voy a centrar mi respuesta en la parte medular del escrito del profesor Dilla. Cito su texto:

A nadie oculto –no hay motivo para ello—que tengo una formación teórica fuertemente alimentada por el marxismo crítico, diría que soy fundamentalmente marxista, pero no sectariamente marxista. Tampoco oculto mi inclinación política socialista. Sólo que ni el marxismo ni el socialismo que reclamo son los muñecos de paja que CAM construye para poder luchar ventajosamente con ellos. CAM nunca contiende con el marxismo o el socialismo, que ni conoce ni entiende, sino con bagatelas que él mismo diseña para ofertar en los tianguis políticos que merodea”.

Lo siento por el señor Dilla. Es él quien no ha entendido nada de la historia del siglo XX. Marx creía y propuso ciertas cosas que el tiempo ha demostrado eran erróneas y, sobre todo, terriblemente contraproducentes.

De la misma manera que, desde hace varias décadas, ante el horror de la experiencia comunista, se abrió paso la expresión “socialismo real” para separarlo de la cháchara teórica, es vital referirse al “marxismo real”.

El marxismo real es un disparate que ha tenido muy serias consecuencias. Es el causante del socialismo real. No se trata sólo de una abstracta teoría de la historia, como uno puede encontrar en Spengler o en Ortega, sino que esas proposiciones han servido de base para la violenta remodelación de la sociedad de acuerdo con unos postulados desacertados.

Es como construir edificios con un plano equivocado. Siempre acaban desplomándose. Es verdad que Marx, muerto en 1883, nunca vio el triunfo de sus ideas, pero a partir de la revolución bolchevique en Rusia, en 1917, esa ideología se convirtió en formas concretas de gobierno que fueron, y son, tremendamente destructivas.

En las propuestas de Marx están las semillas de todo lo que luego sucedió en el mundo dominado por sus partidarios comunistas, comenzando por la reivindicación de la violencia para la toma del poder. Lo dice claramente el Manifiesto Comunista de 1848:

Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”.

¿Por qué sorprenderse, entonces, de que Lenin opinara que “la muerte de un enemigo de clase es el más alto acto de humanidad posible en una sociedad dividida en clases” o  que el Che Guevara asegurara que “un revolucionario debe ser una fría y perfecta máquina de matar”?

¿No se deduce de las palabras de Marx esa justificación a la conducta homicida que propone la lucha de clases como el modo de cambiar la realidad? Se lo explicó el propio Marx a Joseph Weydemeyer el 5 de marzo de 1852:

“Lo que yo he aportado de nuevo [a la noción de la lucha de clases] ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”.

Los discípulos de Marx (léase el discurso de Engels ante la tumba de Marx pronunciado a los tres días de la muerte de su amigo), estaban convencidos de que el alemán había descubierto las leyes por las que se rige la historia y había dado con la clave de las injusticias económicas: la existencia de laplusvalía.

Los marxistas, a las alturas de hoy, especialmente tras el hundimiento del comunismo europeo, deberían entender que las crueles e ineficientes dictaduras comunistas surgen de tratar de implementar esas dos supersticiones, ya desmontadas en su época por pensadores mucho más solventes del campo de la Escuela Austriaca.

Las dictaduras comunistas surgieron de estos y de otros notables errores conceptuales, como la teoría marxista del valor, que inevitablemente conduce al establecimiento de una burocracia estatal dirigista dedicada a controlar los precios.

O la más grave: la convicción marxista de que a la humanidad le llegaría la felicidad definitiva cuando los medios de producción se colectivizaran y dejaran de pertenecer a unos pocos privilegiados.

Cuando ello ocurriera, suponía Marx, cuando cambiaran definitivamente las relaciones de propiedad, la Humanidad llegaría a forjar una sociedad comunista tan perfeccionada, que ni siquiera serían necesarios los jueces y las leyes porque las personas estarían gobernadas por impulsos altruistas.

¿Qué ocurrió cuando los revolucionarios intentaron poner en práctica esa delirante utopía? En todas partes, Cuba incluida, sucedieron, al menos, cuatro catástrofes sin parangón en la historia conocida:

  • Asesinaron a millones de personas y llenaron de presos los calabozos políticos. Cien millones de muertos se contabilizan en El libro negro del comunismo, sin contar los horrores del Gulag.
  • Para crear la “dictadura del (o para) el proletariado”, construyeron un partido único, vanguardia de los trabajadores, generalmente gobernado por un caudillo implacable, que liquidó las libertades tachándolas de “formales” y convirtió a los ciudadanos en súbditos de una nueva tiranía.
  • Empobrecieron sustancialmente a las personas hasta provocar hambrunas, destruyendo el aparato productivo surgido del orden espontáneo, sustituyéndolo por el raquítico tejido empresarial generado por la planificación centralizada. Ahí está Corea del Norte para demostrar a dónde puede llegar la utopía marxista. Ahí está Corea del Sur para probar las ventajas de las sociedades en la que los medios de producción permanecen en manos privadas. En el lado miserable, improductivo y abusador imperan las ideas marxistas.
  • Persiguieron, hasta liquidarlas o silenciarlas, a las personas emprendedoras, al extremo de que a los más creativos y rebeldes sólo les quedaba la opción de escapar. Por eso rodearon los perímetros de las dictaduras marxistas-leninistas con alambradas, muros, soldados armados, perros de presa y lanchas asesinas. Como tantas veces se ha dicho, las dictaduras marxistas-leninistas son las únicas en la historia que han creado fronteras para evitar que la gente se vaya, no que entre.

Tal vez el profesor Dilla y el resto de los marxistas, críticos o no tan críticos, no han reparado en el hecho muy significativo de que las ideas de Marx han fracasado en todas las latitudes y en todas las culturas donde las han tratado de implementar. En todas han terminado generando burocracias ineficientes y crueles.

Han fracasado en pueblos germánicos, eslavos, asiáticos, árabes, turcomanos, latinos.

Han fracasado en sociedades de origen católico, cristiano ortodoxo, islámico, confuciano, budista, taoísta.

Han fracasado bajo todo tipo de líderes: Lenin y Stalin, Mao, Ceaucescu, Honecker, Pol Pot, Kim Il-sung y su descendencia, Fidel y Raúl Castro, Hoxha, Rákosi y Kádár, Gomulka y Jaruzelski, Húsak. Todos.

¿Por qué ese fallo permanente de la ejecución de las ideas marxistas? Primero, porque eran disparatadas. Segundo, por algo muy sencillo que me respondió Alexander Yakolev cuando le hice esa pregunta a propósito del hundimiento de la Perestroika: “porque el comunismo no se adapta a la naturaleza humana”.

Supongo que el profesor Dilla querrá decir que el marxismo y el comunismo son dos cosas distintas, pero eso es como suponer que el Credo no tiene que ver con el catolicismo. El marxismo es el presupuesto teórico de esos manicomios y así les va. No hay más vueltas que darle.

Liberalismo y neoliberalismo

El profesor Dilla no sólo supone que yo no sé lo que es el marxismo, sino, además, me explica lo que es el liberalismo y se sorprende de que yo niegue que el neoliberalismo exista.

Me imagino que debo agradecerle las lecciones. A veces, mira por dónde, la educación gratuita es conveniente.

Simultáneamente, Dilla tampoco entiende mi admiración liberal por el economista hindú  Amartya Sen, alguien que ha explicado brillantemente la relación entre el desarrollo y la libertad, demostrando cómo las hambrunas se producen, precisamente, donde existe la planificación centralizada y en donde la prensa y las instituciones no son libres.

No sé cuáles libros y ensayos de Amartya Sen ha leído el señor Dilla, pero alguien que cree, como este notable Premio Nobel, en las virtudes del comercio internacional y ataca a los antiglobalizadores porque, en el fondo, defienden privilegios locales, está diciendo algo que sostenemos vehementemente los liberales, aunque en otros aspectos Sen se acerque al keynesianismo de la mano, también brillante, de Kenneth Arrow.

En todo caso, como al profesor Dilla, y tal vez a ciertos lectores, les interese el tema, dado que en estas páginas no hay espacio suficiente, lo remito a un viejo ensayo mío, del año 2000, que pueden hallar fácilmente en la red en Liberalismo.org: Liberalismo y neoliberalismo en una lección. De ahí entresaco este epígrafe:

El neoliberalismo una invención de los neopopulistas



“El liberalismo, qué duda cabe, está bajo ataque frecuente de las fuerzas políticas y sociales más dispares. Basta ver los documentos del socialistoide Foro de Sao Paulo o ciertas declaraciones de las Conferencias Episcopales y de los provinciales de la Compañía de Jesús, pero para los fines de tratar de desacreditarlo lo denominan neoliberalismo.

Vale la pena examinar esta deliberada confusión.

En primer término, tal vez sea conveniente no asustarse con la palabra. En el terreno económico el liberalismo, en efecto, ha sido una escuela de pensamiento en constante evolución, de manera que hasta podría hablarse de un permanente “neoliberalismo”.

Lo que se llama el “liberalismo clásico” de los padres fundadores -Smith, Malthus, Ricardo, Stuart Mill, todos ellos con matices diferenciadores que enriquecían las ideas básicas-, fue seguido por la tradición “neoclásica”, segmentada en diferentes “escuelas”: la de Lausana (Walras y Pareto); la Inglesa (Jevons y Marshall); y -especialmente- la Austriaca (Menger, Böhm-Bawerk, Von Mises o, posteriormente, Hayek).

Asimismo, también sería razonable pensar en el “monetarismo” de Milton Friedman, en la visión sociológica o culturalista de Gary Becker, en el enfoque institucionalista de Douglass North o en el análisis de la fiscalidad de James Buchanan.

Si hay, pues, un cuerpo intelectual vivo y pensante, es el de las ideas liberales en el campo económico, como pueden atestiguar una decena de premios Nobel en el último cuarto de siglo, siendo uno de los últimos Amartya Sen, un hindú que desmonta mejor que nadie la falacia de que el desarrollo económico requiere mano fuerte y actitudes autoritarias.



Sin embargo, en el sentido actual de la palabra, el “neoliberalismo”, en realidad, no existe. Se trata de una etiqueta negativa muy hábil, aunque falazmente construida. Es, en la acepción que hoy tiene la palabreja en América Latina, un término de batalla creado por los neopopulistas para descalificar sumariamente a sus enemigos políticos.

¿Quiénes son los neopopulistas? Son la izquierda y la derecha estatistas y adversarias del mercado. El neoliberalismo, pues, es una demagógica invención de los enemigos de la libertad económica -y a veces de la política-, representantes del trasnochado pensamiento estatista, con frecuencia llamado “revolucionario”, acuñada para poder desacreditar cómodamente a sus adversarios atribuyéndoles comportamientos canallescos, actitudes avariciosas y una total indiferencia ante la pobreza y el dolor ajenos.

Tan ofensiva ha llegado a ser la palabra, y tan rentable en el terreno de las querellas políticas, que en la campaña electoral que en 1999 se llevó a cabo en Venezuela, el entonces candidato Chávez, hoy flamante presidente [recuérdese que esto fue escrito a los pocos meses de su primera victoria electoral], acusó a sus contrincantes de “neoliberales”, y éstos, en lugar de llamarle “fascista” o “gorila” al militar golpista, epítetos que se ganara a pulso con su sangrienta intentona cuartelera de 1992, respondieron diciéndole que el neoliberal era él”.



¿Qué clase de socialista es el señor Dilla?

El profesor Dilla, además de declarar que es marxista, se proclama socialista.

En realidad, ésa es una palabra que no dice mucho. ¿Socialista como Fidel Castro, como Bettino Craxi, o como Carlos Andrés Pérez, cuyo partido, Acción Democrática, pertenecía a la Internacional Socialista junto al PRD dominicano de Peña Gómez e Hipólito Mejía?

¿Socialista como son los partidos de esa cuerda en Alemania, Holanda o Escandinavia, donde, con frecuencia, gobiernan junto a los liberales o se oponen a ellos?

Mi impresión es que el profesor Dilla vive en un mundo esquemático de ensoñaciones ideológicas y eslóganes que nada tiene que ver con la realidad, o, por lo menos, con la realidad que yo pude observar durante los 20 años que fui vicepresidente de la Internacional Liberal, donde se dan cita 80 formaciones políticas de esa cuerda, y los anteriores 15 en que me integré a los grupos liberales españoles y dejé, felizmente, de ser socialdemócrata, cuando entendí cómo se crea la riqueza, cómo se malgasta, cómo se conserva y cómo se lucha mejor contra la pobreza.

Aunque a Dilla le sorprenda, quizás porque se pasó su juventud militando en el Partido Comunista de Cuba escuchando, supongo que molesto, consignas vacías e insultos al adversario, y presenciando indignos actos de repudio, el liberalismo no es una ideología en el sentido marxista (realmente hegeliano) del término, y tampoco existe la ideología “neoliberal”, palabreja carente de sentido.

Lo que existen son algunos principios –en mi previa respuesta le señalé ocho—deducidos de la experiencia, a los cuales, con el tiempo, se ha agregado la postulación de ciertas medidas de gobierno propuestas por pensadores notables, entre los que comparecen los doce Premios Nobel que le mencioné anteriormente, número que fácilmente pudiera extender hasta el centenar de buenas y respetables cabezas.

Esas medidas de gobierno –o “políticas públicas”, como dicen en mal español—, no constituyen un dogma inflexible, como sucede con las supercherías marxistas, creadoras de regímenes irracionales en los que se va a la cárcel o al paredón bajo la absurda acusación de “revisionismo”, sino son propuestas abiertas y permanentemente revisadas, incluso dentro del liberalismo.

A los “austriacos”, por ejemplo, les parece erróneo el monetarismo de Milton Friedman, y no existe nada parecido a un acuerdo general sobre el nivel idóneo del gasto público con relación al PIB, o en torno al debate sobre la mejor forma de encarar los gastos de salud. Los liberales suizos creen y defienden la existencia de un seguro de salud universal y obligatorio, mientras los libertarios, en otras latitudes, horrorizados por cualquier clase de imposición, proponen soluciones diferentes.

No hay dogmas dentro del liberalismo. Nadie dentro de esta corriente cree que tiene la verdad en un puño y, por lo tanto, nadie se atreve a asegurar que conoce el destino de la humanidad y pretende guiar a la sociedad en esa dirección por medios coercitivos. Esas son peligrosas tonterías marxistas que, como advertía Popper, culminan en mataderos.

Los liberales somos, fundamentalmente, constructores de instituciones para que los individuos, libremente, forjen y modifiquen constantemente el destino que mejor les parezca de un modo pacífico. Afortunadamente, ni siquiera existe un credo común que nos unifique, porque sabemos que la sociedad cambia a cada momento, sujeta como está a sacudidas técnicas, demográficas y de otras mil índoles.

Si el señor Dilla acudiera a las reuniones de la Mont Pelerin o a los Congresos de la Internacional Liberal, comprobaría las saludables diferencias de criterio que existen entre los distintos partidos y pensadores que se denominan liberales.

Todos creemos, eso sí, en la libertad individual como el valor supremo del grupo, en la existencia de derechos humanos imprescriptibles, en la tolerancia como la virtud cardinal que debe presidir las relaciones entre las personas, en que el mercado es mucho más eficiente y moralmente justo en la creación y asignación de riquezas que la actuación de los comisarios guiados por los lineamientos del partido de gobierno, y en que la autoridad debe ser limitada y transparente y estar bajo el control de la sociedad.

A partir de esos puntos, comienza la discusión.

CARLOS ALBERTO MONTANER