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¡Heil Hitler!

6/04/10

El principal error de los alemanes que defendían la democracia, fue no unirse frente al nazismo

Por: José Toro Hardy

La historia tiene una terca tendencia a repetirse y aunque las circunstancias suelen ser diferentes, conviene repasar las lecciones que nos deja para comprender las similitudes que existen entre algunos líderes de tendencia totalitaria. A la vez, esas lecciones históricas también son de extrema utilidad para entender que la unión de quienes defienden la democracia es la única forma de frenar la instauración de algunas dictaduras.

En realidad, el signo de una dictadura no es lo que importa, lo que importa es la dictadura misma. Un Stalin comunista, un Mussolini fascista o un Hitler nacionalsocialista, tienen al final del día el mismo significado devastador para la dignidad de los pueblos.

Hoy me voy a referir a algunos eventos que ocurrieron en la Alemania de Hitler. El principal error de los alemanes que defendían la democracia, fue no unirse frente al nazismo. En la cima de su fuerza popular, en julio de 1932, el nacionalsocialismo había obtenido sólo el 36,8% de los votos. Pero el 63% del pueblo alemán, que se oponía firmemente a Hitler, no fue capaz de unirse para derrotarlo. Otros temores e intereses prevalecieron.

En las elecciones de 1930, los nacionalsocialistas logran elegir 107 diputados en el Reichstag. El 30 de enero de 1933, Hitler es designado canciller simplemente porque era la mayor de las minorías. El Führer había alcanzado el poder por vías democráticas, pero distaba mucho de ser un demócrata. Su carrera política se había iniciado con un fracasado golpe de Estado en Munich en 1923.

Una vez controladas las instituciones, Hitler se da a la tarea de destruirlas. Como hacen muchos dictadores, uniformó a sus seguidores más violentos para utilizarlos como milicias populares organizadas por su partido, a fin de intimidar a sus adversarios. El color de ese uniforme tiene poca importancia. El significado del uniforme es lo que resulta preocupante. En el caso de Hitler fueron inicialmente identificados por sus camisas pardas, pero después se transformaron en un ejército paralelo, las SS, que operaron como un ejército paralelo dentro de la Wehrmacht.

Hitler era un orador extraordinario. Como ningún otro político alemán, sabía comunicarse con el pueblo mediante discursos llenos de imaginería, mentiras, populismo y demagogia. Sabía tensar las fibras más íntimas del pueblo alemán, apelando a sus más recónditos temores y sus más exuberantes esperanzas. Exaltaba los odios, engañaba, sembraba divisiones, inventaba enemigos, apelaba a cualquier cosa y, en fin, embriagaba a todos, sobre todo a los más ignorantes y a los más ingenuos, con interminables discursos en los cuales las masas se rendían como hipnotizadas, ante aquel líder que los colmaba con toda suerte de ilusiones, expresadas en un lenguaje populachero que penetraba directamente en el corazón de los más humildes.

Para que su mensaje pudiera llegar a todos, recurrió a un férreo control de los medios de comunicación de su época. La libertad de expresión desapareció. Después de 1933 la radio alemana transmitía por horas los discursos de Hitler que llegaban a los hogares, las fábricas e incluso en las calles por altavoces. Los nazis comprendían el poder de los medios de comunicación para la difusión masiva de sus mensajes ideológicos.

A la vez, como en cualquier Estado totalitario, no existía en la práctica una verdadera división de los poderes.

Controlar la justicia era una prioridad. Bajo el nacionalsocialismo, Alemania dejó de ser una sociedad basada en la Ley. “Hitler es la ley”, proclamaban orgullosamente sus partidarios. Goering, el segundo de a bordo, lo recalcaba así el 12 de julio de 1934 ante un grupo de fiscales prusianos: “la ley y la voluntad del Führer son una misma cosa”.

Veamos las palabras dirigidas en 1936 a los jueces por el Dr. Hans Frank, jefe jurídico del Reich: “En cada decisión que adopten, díganse a sí mismos: ¿Cómo decidiría el Führer en mi lugar? En cada decisión, pregúntense: ¿Es compatible esta decisión con la conciencia nacionalsocialista del pueblo?”.

El funcionamiento de la justicia quedó totalmente supeditado a los designios del líder. Para cubrir aquella aberración con un manto de legalidad, se aprueba el 7 de abril de 1933 la Ley del Servicio Civil, la cual se utilizó para expulsar a todos aquellos jueces cuyo apego al nazismo resultase dudoso, o como estipulaba textualmente la ley: “a los que confesaban que no estaban preparados para abogar en todo tiempo y en todas las ocasiones a favor del Estado Nacional Socialista”.

pepetoroh@gmail.com

El Universal