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14/02/2010

La angustia y la expectativa popular aumentan con los días a la par que las protestas

Por: Domingo Fontiveros

El Gobierno ha metido al país en una crisis pluridimensional. Este es el más protuberante logro al cabo de 11 años de estrategias, planes, lineamientos y discursos oficiales que prometían un paraíso. Previos gobiernos fueron muy incompetentes en armonizar con las expectativas sociales un camino económico viable. Pero al menos garantizaron, en medida lejos de absoluta aunque elevada, la provisión de servicios básicos para grandes mayorías. La gente se desencantó de los viejos partidos por otros motivos, gruesos e importantes. No porque hubiera fallado una provisión funcional de servicios, electricidad y agua entre ellos, o de niveles tolerables de seguridad ciudadana y de derechos humanos, desde el voto hasta la propiedad y la expresión del pensamiento.

No es posible sino atribuir al régimen toda la responsabilidad por estas crisis. Porque el país ha sido forzado a desenvolverse dentro de parámetros impuestos por las autoridades y es hoy producto de sus directrices. El país que tenemos no es el que queremos. En una inmensa proporción es totalmente lo contrario. El Gobierno, no obstante, persiste en su empeño arbitrario de llevarnos hacia donde sólo él quiere ir con una pequeña minoría.

La capacidad de consumo de la gente y de producción de las empresas se ha hundido, el capital humano se ha desmoronado, y la inclinación al trabajo y a la inversión productiva se encuentran exánimes. La angustia y la expectativa popular aumentan con los días, a la par que protestas, congestionamientos, críticas y problemas. Por años, las autoridades fueron advertidas de los desenlaces futuros que implicaba el rumbo central de sus políticas. Estas advertencias fueron olímpicamente desechadas. En varios momentos álgidos, el Gobierno llegó a responder, con ínfulas teológicas, que las críticas demostraban que ¡ellos estaban en el camino correcto!

En el trance de encarar las crisis, el Gobierno pareciera querer aprovechar las situaciones para reforzar su control jerárquico y poner a prueba la capacidad de resistencia del pueblo, de un lado, y la capacidad de represión de las fuerzas regulares e irregulares a su servicio, por el otro. Sus métodos se parecen cada vez más a los fundamentalismos castrista e iraní, como cuando mezcla en la forma más cínica con la religión cristiana el dogma comunista, respaldado con el acero armado, y ordena a contingentes humanos rezar y suplicar perdón por pecados no cometidos, siendo de otros la culpa, y aceptar mansamente como castigo la represión de funcionarios a sueldo que han olvidado sus juramentos constitucionales, únicos válidos.

Frente al obscuro panorama en asuntos cruciales de la nación, la gente y el Gobierno tienen que reaccionar. El pueblo no tiene más opción que adaptarse a las calamidades, protestar con energía, manifestarse electoralmente con fuerza, y mantener inquebrantable su voluntad de cambio. El Gobierno tendría que rectificar el rumbo, pero no lo hará a pesar del desplome en respaldo popular y las evidencias múltiples de pérdida ciudadana. Insisten en que la solución vendrá cuando se destruya al capitalismo. Y al son de esta consigna proseguirá, sin pausa, la destrucción nacional. A menos que el pueblo, este año sí, ordene con el voto lo contrario.

dfontiveros@cantv.net

El Universal