Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Nuestra Columna Semanal: Hipótesis y realidades. Victor Maldonado

¿Cuál es el albur que nos va a salvar de décadas de austeridad por la rebatiña del presente?

Las autocracias temen a la verdad y tienden a revisar la historia para intentar ajustarla a sus propias necesidades. Como cualquier régimen comunista, el nuestro comenzó dando indicios tempranos de que tenía un plan al respecto. Ni parques nacionales, autopistas y museos pudieron salvarse de esa obsesión revisionista, que tuvo como punto culminante esa manía que de un día para otro planteó, incluso, el asesinato del Libertador, como una hipótesis que debía ser comprobada por las más altas autoridades de los poderes públicos. Nada podía quedar sin la debida revisión, porque si hay algún rasgo que hermana a todas las tiranías es precisamente que lo que no puede destruir, lo condena a la confiscación de su memoria. En eso consiste la propaganda y la pretensión de lograr esa hegemonía que, supuestamente, les permitirá borrar todo aquello que los contradiga en su afán por reconstruir la realidad.

Sin embargo, más allá de todo el esfuerzo asociado a lo que ellos llaman la refundación de la patria, que no es ninguna otra cosa que un inmenso monumento a la mentira, subsisten ciertas hipótesis y unas cuantas realidades que compiten gallardamente con el discurso oficial.

Igualdad

La primera conjetura que debe ser revisada es la promoción política de la igualdad versus una práctica sistemática de las diferencias, cuyo mejor exponente es un presidente que no tiene el pudor de compartir con su pueblo las mismas condiciones para acceder a los servicios de salud. La segunda presunción que puede ser refutada es la probidad pública fundada en la conciencia revolucionaria. Sobre todo después de los recientes destapes y de las dudas más que razonables que gravitan sobre los ciudadanos en torno al alcance de la penetración del narcotráfico en las instituciones del chavismo. Nadie, después de Pudreval, puede apostar a que la suerte del colectivo está resguardada en esa conciencia que hace recordar las duras palabras de Cristo cuando aludía a los sepulcros blanqueados. La tercera creencia del Gobierno es la felicidad de los venezolanos. Como contraste, valga decir que en los últimos catorce años hemos acumulado 169 mil muertes violentas y 463 años de duelo intenso, que familiares y amigos hemos depositado en forma de dolor y llanto. ¿Qué país puede ser feliz con tanto dolor? La cuarta especulación tiene que ver con la utilidad social de la economía en tránsito hacia el comunismo. La pregunta es si a última hora podrán hacer el milagro de transformar toda la dependencia e ineficiencia que ahora demuestran en la prosperidad que prometen. ¿Cuándo podremos verle la utilidad al endeudamiento acelerado que están decidiendo? O mejor dicho, cuál es el albur que nos va a salvar de décadas de austeridad por la rebatiña del presente? ¿Cuándo va a haber menos inflación? ¿Cuando vamos a tener más emprendimiento estable y más empleo de calidad? Y, finalmente, la hipótesis de la responsabilidad revolucionaria, que naufraga constantemente en el secretismo oficial, que igual sirve para resguardar delincuentes como para encerrar inocentes, y que no nos ha permitido saber si el Presidente miente o no sobre la enfermedad que lo aqueja.

Razón de Estado

Las otras hipótesis están asociadas a la sustitución de la razón de Estado por la conveniencia de negocios ilícitos y alianzas secretas con el terrorismo; la permisividad con la que se maneja la impunidad y se favorece la delincuencia; la ligereza con la que se maneja el presupuesto y la formación de inmensas fortunas que nadie se explica; la inminente quiebra de la empresa petrolera del Estado, y el régimen de complicidades sobre el cual está montado este disimulo que no puede llamarse República sin cometer algunos excesos semánticos.

La realidad es otra. Venezuela está carcomida desde las estructuras de Gobierno. La inseguridad es un dato que debe contar con alguna explicación plausible. El alto costo de la vida es una vivencia que debe corresponder a decisiones políticas erradas. La corrupción es otro dato que debe afrontarse como un mal que alguien debe haber promovido. En suma, allí está la vivencia colectiva como ruedo en el que deben debatirse las responsabilidades. Ella, esa condición que sufrimos cotidianamente, y no la propaganda, es la que debe conducirnos al juicio y la decisión correctos. Convoquemos, entonces, al Gobierno al plano de la realidad, y no lo dejemos ir sin que nos dé las explicaciones que merecemos.

cedice@cedice.org.ve

@cedice

EL UNIVERSAL

lunes 21 de mayo de 2012 12:00 AM