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Homenaje a Gary Becker: Una teoría económica del suicidio. Carlos Goedder

Al profesor Manuel Jacobo Cartea, gran difusor de Becker en la academia venezolana, in memoriam

El nobel de economía 1992, Gary Becker (nacido el 2 de diciembre de 1930), ha fallecido el 4 de mayo de 2014, tras una prolongada enfermedad. Se trata de un pensador clave en teoría económica, incluyendo entre sus logros el uso de herramientas conceptuales propias de la teoría económica para analizar diversos problemas sociales: educación, familia y discriminación racial, por mencionar los ejemplos más notables. Lejos de reducir estas dimensiones sociales a un análisis frío y calculador, como se le suele atribuir a los economistas, Becker mostró que en estos ámbitos también las personas estimamos costes y beneficios, no sólo materiales, sino emocionales y sociales.

Siguiendo lo afirmado por otro gran nobel, también fallecido hace poco, el economista James M. Buchanan (1919-2013), mucha gente se equivoca al pretender que los seres humanos funcionamos de un modo al ir a ganarnos la vida al trabajo y comerciar al mercado, y luego actuamos bajo otras premisas al participar en la vida política o en nuestras relaciones personales. Ciertamente, elementos de cálculo financiero y material deberían operar en mucha menor escala en nuestras vidas familiares y con nuestras amistades, pero es plausible afirmar que incluso en ese ámbito pensamos en nuestro beneficio esperado, tenemos en cuenta los costes, calculamos precios relativos y ponderamos riesgos. Siendo importante afirmar que no se trata sólo de dinero, sino que costos, precios y beneficio incluyen valoraciones morales, emocionales y  del tiempo, incorporando nuestro afán cotidiano por rehuir el dolor y buscar el placer. De manera consciente o inconsciente, calculamos para tomar decisiones y por ello cada vez es más fructífero el campo de trabajo que vincula economía y psicología.

Por dar apenas de las posibilidades del enfoque, una columna de Gary Becker que se tradujo al castellano en el diario venezolano El Nacional el 1 de febrero de 1998, se tituló “Contrato Matrimonial”. En él, el economista meditaba una solución a la creciente ocurrencia de divorcios y las objeciones que este fenómeno generaba entre los conservadores y quienes se preocupan por el bienestar infantil. Becker proponía entonces:

“Una propuesta que podría satisfacer a ambas objeciones sería reemplazar las actuales leyes de divorcio con un contrato obligatorio de matrimonio. Tal contrato requeriría que tanto los hombres como las mujeres asuman la responsabilidad de cumplir durante el matrimonio y en caso de divorcio con lo acordado. Permitiría también adaptar los términos a las necesidades particulares de la pareja. Estipularía cuando la esposa o el esposo puede buscar el divorcio, las reglas de la custodia y el mantenimiento de los hijos, la división de las propiedades y de los ingresos obtenidos y acumulados en el matrimonio, como también las ganancias futuras.

Estos contratos no serían simples adiciones a las leyes matrimoniales sino esencialmente su remplazo, dejando a los tribunales como árbitros de última instancia para resolver aquellas disputas que no puedan ser resueltas con la ayuda de los abogados, los amigos y familiares de la pareja. No hay razón para que los jueces retengan su actual injerencia en los matrimonios y divorcios. Así se reduciría drásticamente el papel del gobierno, siendo la pareja la que dispone los términos de las decisiones importantes.

Como las actitudes y circunstancias suelen cambiar durante el matrimonio, la pareja debe acordar cuándo los términos pueden ser modificados y definir las penalidades por incumplimiento. Esto suena complicado, pero la experiencia nos llevará a establecer varias normas en los contratos que cubran los cambios más frecuentes en la situación financiera y demás condiciones cambiantes. Cada cual, claro está, hará énfasis en sus propias circunstancias especiales.

Los contratos matrimoniales no logran evitar que se termine el amor entre parejas y quizás ni siquiera logren reducir el número de divorcios. Sin embargo, le permitirían a las parejas encarar las consecuencias de un divorcio antes de que éste se lleve a cabo y no durante la ejecución del proceso. Nada más se puede pedir de un arreglo legal respecto a la parte más íntima de nuestras vidas.”

Este material seguramente fue tomado de la columna periódica que Becker escribió por años en la revista Business Week. Recuerdo que en una de esas entregas el nobel proponía como solución al problema de la escasez de donantes de órganos que sólo ciudadanos que hubieran consentido en donar sus órganos al fallecer fuesen elegibles para recibir órganos de donantes – una medida así, de reciprocidad fundamental, ayudaría a ampliar el número de donantes-.

Soluciones como esta y la del contrato matrimonial muestran rasgos comunes del pensamiento de Gary Becker: pragmatismo, imbuido de sensatez, interés por problemas humanos fundamentales y confianza en los mercados, como esfera de actuación en que los individuos interactúan libremente y pueden elevar su calidad de vida. La desconfianza hacia instituciones gubernamentales punitivas forma parte de este pensamiento ágil y lleno de confianza en el ser humano.

Más que un obituario de Gary Becker, la propuesta de esta entrega es mostrar el alcance del pensamiento económico para grandes problemas humanos. En tal sentido rescato un trabajo que publiqué en 2011, sobre el problema del suicidio. Gary Becker tenía un trabajo inconcluso sobre el tema en esa época. Obtuve de él, mediante un gentil y escueto correo electrónico, el permiso para citarlo en una publicación castellana. A continuación reproduzco ese trabajo y ojalá los economistas jóvenes puedan encontrar en Becker la inspiración para seguir acercando la economía a nuestros problemas más urgentes y trascendentales, más allá de los mercados financieros y de bienes materiales a los que se suele reducir la actuación de los profesionales en economía.

APUNTES SOBRE UNA TEORÍA ECONÓMICA DEL SUICIDIO

 

“Sólo hay un problema filosófico auténticamente serio y ese es el suicidio. Juzgar cuándo la vida merece o no vivirse significa responder la pregunta fundamental de la filosofía”.  Albert Camus (1913-1960; Nobel en 1957)

Al grupo argentino Serú Girán por “Viernes 3 A.M.”, la mejor canción sobre el suicidio

El tema del suicidio sigue siendo evitado y conversar sobre él es, como mínimo, ominoso. Advierto que al abordar este delicado asunto sostengo dos puntos: primero, las preocupantes estadísticas sobre suicidio, cuyo crecimiento ha sido importante en los últimos 50 años – las enumero con mucho detalle y sugiero al lector que las lea en diagonal-; segundo, más relevante, que la teoría económica puede arrojar respuestas sobre tan dramática decisión. Destaco que para nada hay deleite en contemplar este terrible tema y ofrezco disculpas si ofendo alguna sensibilidad.

Las abrumadoras estadísticas suicidas

Primero las cifras. La Organización Mundial de la Salud apunta con preocupación que desde 1960 las tasas de suicidio se han incrementado en 60% mundialmente. La media actual es de 16 suicidios por cada 100.000 personas, o, dicho de otra, forma, en los próximos 40 segundos alguien va a suicidarse en el planeta. Esta decisión se llevó a casi 1 millón de personas en 2000 y de ellos, 100.000 fueron adolescentes. Entre hombres el incremento ha sido el más resaltante: de 1950 a 2000 la tasa media pasa de casi 17 por 100.000 a 27 por 100.000. Son las mujeres las que se han mantenido con una proporción estable, en torno a 5 por 100.000. Por si esto ya no fuera alarmante, se estima que hay 20 intentos de suicidio fallidos por cada suicidio que se consuma[1].

En el caso español, se aprecia un claro repunte en la tasa suicida desde 1980. En las cifras que ofrece la OMS, se observa que la tasa suicida en 1950 alcanzaba un máximo de 5,4 por 100.000. Esa tasa desciende hasta 4,4 por 100.000 en 1980. En 1985 se inicia el repunte hasta 6,5 por 100.000 y se alcanza un máximo de 8,4 por 100.000 en el año 2000. En el año 2008, la tasa es 7,6 por 100.000, observándose en todos los períodos una mayor tendencia suicida entre hombres: 11,9 por 100.000 en comparación a 3,4 por 100.000 entre mujeres. Este suele ser un patrón observado en casi todas las naciones. Por demás España es una de las sociedades en el estudio hecho por OMS que tiene más base de datos histórica con este indicador.

El comportamiento etáreo en España, en 2008, muestra una creciente tasa suicida conforme aumenta la edad. El nivel más alarmante es a partir de los 75 años, cuando la tasa suicida entre ancianos hombres es 32,6 por 100.000; entre las ancianas, se alcanza otra peligrosa tasa: 6,6 por 100.000, si bien se observa la profunda brecha entre géneros nuevamente. En la franja de 65 a 74 años, los hombres tienen tasa de 19,4 por 100.000 y entre mujeres es 5,8 por 100.000.  Entre adolescentes de 15 y 24 años, un grupo con riesgo suicida creciente mundialmente, el índice es de 5,3 por 100.000 entre varones y 1,2 por 100.000 entre muchachas. Entre hombres el comportamiento suicida tiene niveles inquietantes, de dos dígitos, a partir de los 35 años, moviéndose en torno al 15 por 100.000 hasta que hay el repunte en la llamada tercera edad.

Este estudio español es hecho justamente en el albor de la crisis económica que viene asolando a la bella nación ibérica desde hace 4 años. Es presumible que el indicador haya empeorado. Siguiendo a Paul Krugman en un artículo traducido por el diario español El País el 22 de abril de 2012: “The New York Times informaba de un fenómeno que parece extenderse cada vez más en Europa: los suicidios ‘por la crisis económica’ de gente que se quita la vida desesperada por el desempleo y las quiebras de empresas (…) Piensen en la situación de España que actualmente es el epicentro de la crisis. Ya no se puede hablar de recesión; España se encuentra en una recesión en toda regla, con una tasa de desempleo total de 23,6%, comparable a la de EEUU en el peor momento de la Gran Depresión y con una tasa de paro juvenil de más del 50%”.

En el mundo hispanoamericano, en las naciones consideradas habitualmente como estables y democráticas –al menos desde 1990- hay alta incidencia suicida. La OMS compila para Chile cifras de 2007, indicando que en media, para toda la nación, la media suicida es de 18,2 por 100.000 entre caballeros y 4,2 por 100.000 entre las damas. En Uruguay el dato más reciente disponible en 2011 corresponde al año 2004: tiene 26 por 100.000 de suicidios entre varones y 6,3 por 100.000 entre mujeres. Por contraste la sufrida Venezuela chavista, tiene un índice, estimado en 2007, de 5,3 por 100.000 entre hombres y 1,2 por 100.000 entre mujeres. Argentina, una nación también con problemas gubernamentales, tiene un índice de 12,6 por 100.000 en el sexo masculino y de 3 por 100.000 en el género femenino, un valor importante para una nación con importante tradición en terapia psicoanalítica entre sus ciudadanos. Naciones asociadas a violencia por narcotráfico dan evidencia de tasas suicidas más moderadas: en México, según cifras de 2008, la tasa es 7 por 100.000 entre hombres y 1,5 por 100.000 entre mujeres; en Colombia el índice es 7,9 por 100.000 en el género masculino y 2,0 por 100.000 en el género femenino. Un caso aparte es Cuba, asociada a la dictadura más flagrante en el mundo hispanoamericano: la tasa suicida entre hombres alcanza un elevado 19,0 por 100.000 y 5,5 por 100.000 entre mujeres, con los datos oficiales para 2.008. Naciones hispanoamericanas con baja propensión suicida son Perú (1,9 por 100.000 entre varones y 1,0 por 100.000 entre mujeres, estimados en 2007) y República Dominicana (3,9 por 100.000 entre hombres y 0,7 por 100.000 entre mujeres).

Si se abre la visión a las cifras globales, hay indicadores espeluznantes. En Rusia, por ejemplo, la tasa suicida entre hombres es ¡53,9 por 100.000! y entre mujeres de 9,5 por 100.000 (cifras de 2006). Japón tiene una propensión alta y destaca el caso femenino: 36,2 por 100.000 entre varones y 13,2 por 100.000 entre mujeres. Los países nórdicos europeos tienen propensión suicida alta en el caso finlandés: 29 por 100.000 entre hombres y 10 por 100.000 entre damas. Otra nación que atrae la atención es Suiza, una nación vista como estable y feliz: 24,8 por 100.000 de suicidios entre varones y 11,4 por 100.000 entre mujeres.

En China se observa que en áreas rurales y urbanas seleccionadas el valor es 13 por 100.000 entre hombres y –algo muy disonante con respecto a la media mundial- en mujeres es mayor: 14,8 por 100.000 En la antigua Hong Kong se observa la brecha habitual hombre-mujer: 19 por 100.000 vs 10,7 por 100.000.

En EEUU el índice es 17,7 por 100.000 entre hombres y  4,5 por 100.000 entre mujeres, a  2005. Alemania presenta 17,9 por 100.000 entre varones y 6,0 por 100.000 entre damas. Reino Unido tiene 10,9 por 100.000 entre hombres y 3,0 por 100.000 entre mujeres, bastante más tolerable que en otras naciones desarrolladas.

Estas cifras las he comentado temiendo aburrir, mas consciente que son elocuentes sobre el drama suicida. He hecho énfasis en la diferencia  transversal entre géneros y naciones. Se aprecia que los hombres cometen más suicidios y si bien podrían hacerse correlaciones entre regímenes autoritarios y elevado suicidio –Cuba, las mujeres chinas y en menor grado Rusia – está claro que la prosperidad económica y estabilidad democrática institucional tampoco parecen disuadir del suicidio claramente – considérese Japón, Finlandia, Suiza-. Puede debatirse sobre la calidad estadística referente al suicidio, cuya homogeneidad internacional ha de ser cuestionable. Guiados por ella, Haití sería un país que a 2003 tendría tasa suicida nula.

Ahora bien, la base de datos de la OMS permite hacer seguimiento por grupo etáreo y cronológicamente. Entre los ancianos se haya la recurrencia suicida de manera casi generalizada. El porqué la incidencia suicidia varía históricamente es más curioso. Por mencionar el ejemplo de mi nativa Venezuela, hay datos sorprendentes.

El objetivo de hacer seguimiento a la historia del índice suicida en un país ayudaría a entender si aspectos como el ciclo económico o el cambio político inciden en que la gente tome la fatal decisión. Venezuela llegó a tal esplendor económico que en 1968 el FMI aceptaba el bolívar venezolano como moneda para reservas internacionales. No obstante, la tasa de suicidios en 1970 era el doble que en 2007: 6,8 por 100.000 vs 3,2 por 100.000. El efecto del estado macroeconómico podría ser una variable capaz de arrojar alguna luz sobre los grandes números suicidas. Por ejemplo, en la comparativa prosperidad económica entre 1975 y 1985 la tasa suicida se ubica como máximo en 5 por 100.000 y en 1985 es 4,3 por 100.000. En 1990, un año tras un brutal máximo inflacionario en Venezuela y discontinuidad en varios subsidios, la tasa suicida se eleva a 5,0 por 100.000. En el año 2000, recién iniciado el régimen chavista, la tasa alcanza un máximo para los últimos 20 años: 5,2 por 100.000. Luego cae a mínimos históricos a partir de 2005, colocándose por debajo de 4 por 100.000.

Insisto que hay estadísticas como para hacer un estudio más serio con los datos de la OMS. Está claro, insisto, que correlación dista de significar causalidad. Y que en el asunto suicida es insuficiente hablar de grandes números: es la tragedia individual suicida la que más demanda atención.

El análisis de los economistas

Así que ahora viene lo verdaderamente interesante: la economía puede arrojar respuestas sobre la elección suicida. Y acá se entiende a la economía como el estudio de la decisión humana, confrontando nuestras ilimitadas necesidades y anhelos contra una realidad con recursos escasos – dinero, tiempo, espacio, salud – e incertidumbre. En tal sentido, el nobel de economía Gary Becker me ha autorizado el 6 de julio de 2011 a comentar un estudio aún inédito sobre suicidio hecho en colaboración con el magistrado Richard Posner[2].

El suicidio se puede ver como una decisión racional. Cuando la gente tiene una perspectiva de que su vida en el futuro transcurrirá en la infelicidad – se valora en el presente que la felicidad vital futura será nula o negativa -, optaría por suicidarse, si bien podría postergarlo hasta después que ocurra un futuro evento con transitoria felicidad. Un enfermo terminal podría postergar la fatal decisión por unos meses, hasta después que nazca su nieto. Así que lo primero: no son enfermos mentales quienes se suicidan únicamente. El suicidio depende de cómo la gente valore el futuro y ese funcionamiento mental es clave en economía. Explica el porqué ahorramos, invertimos, estudiamos, tenemos hijos y… El porqué nos suicidamos. En efecto, bajo esta óptica se entiende el porqué un anciano tiende a ser más suicida: el futuro es más corto y vale menos.

En términos técnicos, muy asociados a terminología financiera, el valor presente de la vida futura, si es negativo, puede hacer que una persona opte por suicidarse. En esto influye qué bienestar estime que hay en el futuro y cómo valore en la actualidad ese futuro (aquí entra lo que llaman la tasa de descuento; si tiende a ser muy alta, la gente sólo valora lo inmediato y le cuesta postergar la felicidad). Yendo más allá, aunque el valor presente del futuro sea negativo, si hay un período futuro en que la felicidad es positiva, se postergará el suicidio. Siguiendo con terminología financiera, esto significa que hay una opción – un derecho a suicidarse el cual puede ejercerse o no – y el cual depende en su valoración en elementos como por ejemplo, la volatilidad respecto a la felicidad (en teoría de opciones esta sensibilidad de la opción a la volatilidad se llama vega). Mientras más fluctúe la felicidad a lo largo de la vida, la opción suicida puede tomar valor, estar, como dicen los financieros “in-the-money” y ejercerse.

La gente que se siente mal y se suicida suele ser poco conservadora; están dispuestos a tomar riesgos. Entonces viene una conclusión del estudio que es inquietante. Estos suicidas potenciales pueden optar por entregarse a conductas autodestructivas y arriesgadas como sustituto al suicidio. Pueden entregarse al alcohol, tabaco, las drogas ilegales, pandillas criminales, apuestas compulsivas, conducción temeraria,  servicio militar… Quizás esto explique que en naciones latinoamericanas haya menor propensión suicida, mas sí que exista mayor índice de violencia armada, por ejemplo por afiliación a grupos criminales como los centroamericanos “maras”.

Las mujeres y adolescentes se suicidan menos. Ello puede explicarse por menos acceso a armas de fuego, por ejemplo. Ahora bien, suelen intentar suicidarse más, porque quizás intentan atraer compasión. En tal sentido, hay intentos suicidas que deliberadamente distan de ser letales porque lo que se busca es desesperadamente atraer la atención. Entre mujeres son más frecuentes intentos de suicidio con pastillas, por ejemplo. En el caso adolescente, está claro que en esa edad está menos construida la valoración sobre el futuro. Allí privaría el factor de suicidio “impulsivo”, entendiendo por esto una conducta miope, donde se es incapaz de construir una buena imagen mental sobre el futuro. Es preocupante y en eso coincide la OMS, que entre adolescentes el suicidio ha crecido en los últimos 50 años y en ello se atribuye a familias más disfuncionales por Becker y Posner, si bien creo que el asunto merece un estudio más riguroso. Desde los años 60, los adolescentes ya no pretenden ser copia en pequeño de los adultos; el concepto de “brecha generacional” nació en esa época. El adolescente tiene menos responsabilidad laboral y comunitaria que hace 50 años, al menos en las sociedades más desarrolladas y se le reconoce como un individuo el cual precisa, incluso, una filosofía específica para su grupo etáreo.

El efecto sobre los otros del suicidio también salta al tapete. En economía se considera como “externalidades” a los efectos involuntarios de nuestra actividad sobre los otros. El suicida no toma su decisión para hacer sufrir intencionalmente a los otros –optaría por matarles, mejor-. Es más, quizás sea esa presencia y sensibilidad hacia “otros” lo que disuada del suicidio. Entre solteros el suicidio aparece más, como evidencia. Entre ancianos solitarios también.

A diferencia de la teoría económica convencional que considera la conducta orientada sólo hacia el futuro, el suicidio presenta una particularidad: también mira hacia el pasado. Cuando la gente tiene una caída en su nivel de vida inmediata o bien disminuye súbitamente su status social, considerará más la opción suicida. Eso sí, el acto suele ocurrir cuando la pérdida es reciente. Una vez pasado un tiempo, la gente se acostumbra a su situación. Un caso límite son los presidiarios: el riesgo de suicidio es mayor en los 3 primeros meses de encarcelamiento -89% de los suicidios carcelarios ocurren en ese plazo-. Se me ocurre que esto explica también que recién llegado Chávez en Venezuela se suicidaba más proporción de gente que tras 8 años de su mandato. Lo mismo aplica para rupturas de relaciones amorosas prolongadas o pérdidas de seres queridos. Los primeros meses tras la desgracia son los que trastornan más cómo enfocamos la felicidad futura, porque la creemos infinitamente menor que la histórica.

Otra vertiente del estudio: los que se inmolan voluntariamente. Tampoco son irracionales. El estudio sugiere que ellos miden su felicidad y según lo infelices que estén ahora optarán por cierto tipo de misión suicida. Quienes son profundamente infelices aceptarán una misión con baja probabilidad de éxito e impacto. Quienes están en mejor situación sólo aceptarán una misión suicida en la cual haya gran probabilidad de éxito y significativo efecto sobre el enemigo. En una biografía de Pablo Escobar leí cómo se reclutaba a enfermos de SIDA para los crímenes donde casi seguramente se capturaría o ejecutaría al sicario; entre estos suicidas también cuentan los demás: solicitaban dinero adelantado para legarlo a sus familias[3].

Como buen análisis económico, se contrasta costos y beneficios para el suicida. Si hay tecnologías que abaratan el suicidio, pueden motivar a que una persona lo emprenda. Se me ocurre que en este ámbito el estudio pasa por alto tecnologías que “encarecen” el suicidio. Son por ejemplo las redes sociales como Facebook –sus usuarios parecen suicidarse menos- y los servicios de asistencia telefónica para personas desesperadas. Quizás hoy día esta mayor facilidad para comunicarse ayude a mitigar el suicidio. Un ejemplo respecto a Facebook es esta noticia la cual he leído en el servicio informativo argentino Urgente 24: “La herramienta incorporada por el portal de Mark Zuckerberg permite informar sobre comentarios suicidas, cuyos autores recibirían inmediatamente mails para invitarlos a llamar a centros de ayuda especializada o a hacer clic en un enlace en donde podrán iniciar por chat, una sesión con un profesional que los ayudará[4]”.

Como tema inquietante de las religiones, está cómo ven la muerte. Al mostrar una perspectiva de vida tras la muerte, paradójicamente, se puede incentivar al suicidio y así ocurre por ejemplo entre quienes se adhieren a la yihad. En el mundo cristiano se opta por decir que sobreviene el infierno al suicidio o que se renuncia con él a la vida eterna. Es inolvidable el final de Werther, en el cual al suicida protagonista ningún cura le oficia en su sepelio. Es también el pesar que a todos nos causa el suicida (nuevamente la externalidad) lo que propicia que se le penalice legalmente. En el pasado, la Ley era severa con el que fallaba en el suicidio – cuando el sobrino de Beethoven pasó por ese trance en la Viena de 1820, tuvo que incorporarse al ejército para evita la prisión. Hoy el tema es más laxo, se opta por socorrer al suicida fallido. No obstante, hay sociedades donde se admite la eutanasia –eso rebaja el costo del suicidio, por ejemplo-.

Estos son apenas “luces” que arroja el análisis. Creo que no se ha publicado porque los autores son exigentes consigo mismos –por algo tienen tanto nivel-. Yo les añadiría algunas cosas, con mucho atrevimiento por mi parte. Primero, matizaría que quien elige actividades de riesgo en vez de suicidarse puede optar por novedades que no le sean autodestructivas –quizás muchos religiosos se hubieran suicidado y alguno elija emigrar o bien rompa tabúes sociales y opte por ir al terapeuta. Segundo, hay que estudiar las diferencias entre países sobre el suicidio –sobre la cual recojo la agotadora reseña al inicio- y creo que si bien se captan cosas como la mayor tendencia homicida que suicida en sociedades latinoamericanas con el análisis de Becker-Posner, hay que añadir la variable cultura en la medición de felicidad -la OMS por ejemplo detecta que la impulsividad es más presente en Asia, mientras en EEUU (eje del análisis Becker-Posner) lo son la depresión y el alcoholismo-. En esa línea están las modas (influyen en cómo la sociedad valora la externalidad suicida): el suicidio tuvo auge en el Romanticismo y también en Viena al iniciarse el Siglo XX. Tercero, creo que hay que analizar el papel de las innovaciones tecnológicas en relación al suicidio –no se me ocurre que, salvo por el marco legal más clemente, hoy sea más fácil suicidarse que en 1950 y creo que las telecomunicaciones más baratas, junto a la aceptación de la psicoterapia lo mitigarían. Otra cosa, más técnica, es que deberíamos añadir cierto carácter dinámico a la medición de felicidad, en el sentido de que nuestra forma de “descontar felicidad futura” cambia según nuestra edad y salud –nuestra curva de utilidad individual puede cambiar de forma, no es estática-. Y por último, si bien los autores citan a filósofos claves sobre el tema como Hume y Schopenhauer, falta Camus, a quien cité al inicio. Por demás el gran Camus en su reflexión sobre suicidio de El Mito de Sísifo considera el suicidio como respuesta al absurdo y este tipo de lectura filosófica puede inducir a alguno a tomar una decisión radical; quizás el propio caso de Camus se pueda entender con la teoría de Becker-Posner: tal autor, tan sensible al absurdo, terminó su vida en un accidente automovilístico. Quizás le valga la aseveración de Becker:

 “Algunos psicoanalistas aseveran que todas las muertes accidentales tienen elementos de suicidio. Esto es verdadero en el sentido trivial que acciones voluntarias pueden ser evitadas, de tal manera que la gente que racionalmente elige una actividad amenazadora para la vida está eligiendo morir con cierta probabilidad. Una afirmación más interesante es que la muerte accidental es el equivalente al suicidio si la persona hubiera cometido el suicidio si el accidente no la hubiera matado”[5].

 

Nota Final (año 2014): el psiquiatra colombiano Mauro Torres ha establecido una interesante teoría de las compulsiones, como trastornos genéticos que someten al cálculo racional y la voluntad, persiguiendo el placer inmediato. Entre ellas, cerca de 40 trastornos, está la compulsión suicida, que habría padecido incluso Freud, el padre del psicoanálisis. Esto daría un origen orgánico a los “cálculos mentales alterados” de algunos suicidas.  La buena noticia es que se puede tratar terapéuticamente.