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Inflación superlativa. Domingo Fontiveros

El ritmo de aumento de precios trepará hacia picos registrados en 1989 y 1996 (85% y 100%)

Al gobierno venezolano se lo está comiendo la inflación. Tan acorralado se siente por su propio engendro, que últimamente se censura a sí mismo para no publicar en forma oportuna y veraz los índices correspondientes. De esta forma, estaría tirando la toalla en su combate imaginario contra fuerzas obscuras que lo persiguen. Porque el discurso económico lo tiene agotado y el supuesto compromiso con “lo social” se le ha desvanecido en arengas sin fundamento ni eficacia. Con el juego chiquito, no obstante, los extremistas del propio palo pueden estar viendo más claro un chance para el zarpazo socialista radical. A Maduro le está llegando el momento de decisiones grandes.Este año, el ritmo de aumento de precios trepará hacia los picos registrados antes en 1989 y 1996 (85% y 100%). Pero a diferencia de lo ocurrido entonces, en esta ocasión este registro no sería resultado de un programa de ajuste económico general, sino de la falta del mismo. Lo cual hace de esta inflación algo cualitativamente diferente y de alto riesgo alcista hacia el futuro. Es el efecto de desajustes agudos en lo fiscal y monetario que no han sido encarados por las autoridades, las cuales han reemplazado el restablecimiento de los equilibrios básicos con medidas de control microeconómico, represión financiera y racionamiento de divisas que no abordan la raíz del problema, sino que lo perpetúan con tendencia a agravarse.

Algunos oficialistas sostienen que la inflación no importa mientras continúe el crecimiento económico. Abogan por expandir la producción en todos los rubros y proteger el empleo, dejando el tema de los precios en un lugar residual. Ignoran que desatender el tema de la inflación, o degradar su prelación respecto a otros problemas, cercena las metas alcanzables en todos los terrenos y es un condicionante extremadamente negativo para el potencial de crecimiento. La inflación premia la especulación y castiga la inversión reproductiva. Destruye los ahorros y corroe los salarios de las clases medias y trabajadoras.

Carcome también el ingreso familiar de las clases más humildes. Todo lo cual acentúa la vulnerabilidad social. Y lo hace de tal manera que las expectativas de estabilización y recuperación van desapareciendo del escenario.

Décadas atrás se discutía en muchos foros si la inflación era o no compatible con el crecimiento sostenido. Hoy nadie pierde tiempo debatiendo lo mismo: la inflación es dañina. Otra cosa, sin embargo, es plantearse a la inflación como una herramienta poderosa para la destrucción del capitalismo y la “democracia burguesa”, como anotaba Lenin hace un siglo. No sería descabellado pensar que entre los socialistas “duros” que hoy controlan parte del gobierno en Venezuela podría estarse jugando con esta variante de la política económica.

Si el gobierno mantiene su postura de no hacer lo necesario para detener la inflación, y conserva a la economía maniatada y a los actores económicos, empresarios y consumidores, como rehenes de su sistema de controles, puede que como consecuencia posterior del agravamiento de las condiciones económicas y sociales, la expropiación masiva se caiga de madura y sea justificada de forma espuria como último recurso y único remedio. Remedio, por cierto, mucho peor que la enfermedad.

DOMINGO FONTIVEROS | EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net