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Isabel Pereira: “La gente está harta de vivir de los subsidios y reclama trabajo”

Pereira reconoce que los sectores empresariales deben hacer un gran esfuerzo para lograr un nivel de responsabilidad social superior al que tienen en la actualidad. “Sindicatos chavistas y de oposición se se están uniendo para defender la propiedad privada”

Roberto Giusti / Eduardo Fuentes

Desde hace cuatro años Isabel Pereira, socióloga de Cedice, recorre el país en una tarea que, a los ojos del Gobierno, constituye un sacrilegio, un imposible y una tarea subversiva: la conciliación de trabajadores y empresarios en el objetivo de crear una democracia donde se consolide la propiedad privada y el libre mercado.

¿Resulta aceptable ese lamento por la pérdida progresiva del derecho a la propiedad privada que manifiestan, sobre todo, los sectores políticos y empresariales del país?

Desde hace tiempo vengo manejando una hipótesis sobre el choque de valores que se está dando entre las masas adictas al proceso bolivariano. Y es que la gente no acepta la posibilidad de que la propiedad privada sea erradicada o sustituida por la propiedad colectiva. Los chavistas, en su mayoría, sostienen que se trata de un derecho que el Gobierno no puede liquidar. De manera que mientras más se avanza en esa dirección, más clara está la gente de lo errático de ese camino, aun cuando siga apoyando al proceso. Y eso se puede constatar a lo largo y ancho del país.

¿De qué manera?

No se trata únicamente de una experiencia personal, es el trabajo que venimos haciendo alrededor de cinco mil personas por todas las regiones y estados. La gente no quiere que su casa se convierta en un bien colectivo o que le afecten su posibilidad de crear patrimonio. Además, el tema de la propiedad privada supera a la polarización porque 95% de la población piensa lo mismo.

Una cosa es lo que piensa la inmensa mayoría de los venezolanos y otra es que pueda evitar que el Gobierno continúe con su política de estatizaciones?

Es cierto, pero también lo es que el Gobierno ha debido atenuar y hasta paralizar esa política en ciertos momentos. Los trabajadores se oponen a las estatizaciones de las empresas y se están organizando en su defensa, algo que antes resultaba impensable. Y lo hacen porque saben que están defendiendo su derecho al trabajo. Así que el rechazo a esa política ha crecido mucho más que el proceso de estatizaciones. En este momento se están dando fenómenos como la alianza de sindicatos de oposición y afectos al Gobierno para evitar que se le siga poniendo la mano al sector privado.

¡Dónde está ocurriendo eso?

En una de las empresas más grandes del estado Táchira. Allí, luego de haber fomentado la estatización y al observar la suerte que han corrido las empresas expropiadas, el sindicato oficialista le propuso al de oposición unificar esfuerzos en defensa de la empresa. En Yaracuy hay siete fundos zamoranos expropiados hace cinco años y que se encuentran en estado de abandono total. Ante esa situación la gente de los consejos comunales le está exigiendo explicaciones al INTI y advierte que no va a entregar sus tierras para que ocurra exactamente lo mismo. Hay un nivel de conciencia creciente que se resiste a la demagogia y al fracaso demostrado de una política en la que nadie cree.

Eso puede ser verdad pero el proceso de estatizaciones continúa

Pero debemos despojarnos de tanto pesimismo y de actitudes que induzcan al desaliento Lo importante es profundizar ese nivel de conciencia porque ya sabemos que, además del fracaso garantizado, las confiscaciones de propiedad sólo sirven para crear privilegios y enriquecer a grupos de poder, mientras que no se le ha entregado un solo título de propiedad a ninguno de los trabajadores adscritos a las empresas estatizadas. En este caso la única finalidad es el crecimiento del patrimonio del Estado.

¿Hay conciencia de esa situación entre la dirigencia de oposición?

Yo no entiendo por qué los partidos políticos no asumen esa defensa al lado del pueblo. Está claro que el Gobierno tiene todo el poder pero, aun así, no ha logrado transferirle sus tesis ideológicas al grueso de la población y de allí la fortaleza rocosa de un rechazo creciente. Por eso es que debemos transmitir optimismo y no actitudes derrotistas.

El problema es que el Gobierno, antes que retroceder, radicaliza su posición. Ahí está el caso de los galpones de la Polar en Barquisimeto, ordenada pese a la oposición de un gobernador cuya popularidad es indiscutible.

Pero se está actuando contra los trabajadores, contra la opinión de la población, que observa cómo los proyectos de viviendas para el estado Lara han sido totalmente abandonados. Además, no se trata de simples galpones, sino de centros de procesamiento y distribución de productos en los que trabajan miles de personas. Ellos podrán actuar con la fuerza, pero han ido perdiendo el apoyo y la credibilidad de las grandes mayorías, buena parte de las cuales están siendo afectadas. Por eso no han podido imponer dogmas marxistas como que la lucha de clases es el gran motor que mueve a la historia. Allí hay una dinámica en progreso y eso es lo importante. Una sociedad en movimiento.

¿Por qué un pobre sin casa ni automóvil ni trabajo, habría de defender una propiedad de la cual carece?

Este no es un país donde hay gente que no tenga nada. Incluso, es posible que así sea, pero la mueve la inmensa esperanza de que va a tener. Venezuela es la tierra de las oportunidades y la apertura hacia la superación es mayor que en otras sociedades. Todos aspiramos a ser propietarios, soñamos con la posibilidad de construir algo, de crear un patrimonio que podamos legarle a nuestros hijos. Nosotros no defendemos la propiedad de quienes tienen, de los ricos, sino el derecho a poseer. Y esas son las bases de una sociedad libre. Si estudio y trabajo puedo superarme.

¡De verdad crees que un venezolano que recibe una beca de las misiones y tiene asegurada su alimentación gracias a Mercal, va a cambiar eso por la obligación de levantarse todos los días a la cinco de la mañana para marchar a una fábrica?

Ese es un punto clave. La gente está harta de vivir de subsidios, que me lo dan o me lo quitan si voy o no a una manifestación, si me pongo la franela roja o no me la pongo. “Yo quiero un trabajo decente, ganarme mi vida, no quiero que me regalen nada”.

¿De dónde sacas eso?

Eso es lo que dice la gente en la calle, luego de haber salido del letargo provocado por la hemorragia de subsidios porque hasta la comida se le daba en las casas de alimentación. Se les decía, también, “no salgas a a trabajar, aquí tienes la beca. Un cosa bárbara. Ahora dicen: “me siento humillado cuando voy a cobrar el subsidio porque me ven como alguien que va a mendigar. Yo lo que quiero es un trabajo” Y eso no son inventos míos, sino testimonios que recojo en los consejos comunales, que se han convertido en verdaderos semilleros del cambio y en estandartes de posiciones opuestas al credo oficial. Allí no hay masas pasivas que acatan órdenes, sino seres humanos que realizaron los diagnósticos de sus comunidades, reconocieron sus necesidades, establecieron sus prioridades y ahora exigen soluciones a problemas concretos, no dádivas.

Sin embargo, en el venezolano existe la noción de que los empresarios son unos explotadores.

Ese es un mito que se ha manejado de mala manera. Las estadísticas y datos recabados en nuestros encuentros con los trabajadores dicen que éstos consideran su futuro ligado al de la empresa. Hay críticas a algunos patronos, pero los trabajadores señalan que quieren la existencia de muchas empresas, al tiempo que rechazan al Estado como el único patrón porque eso los ata a sus designios y pierden libertad de elección. La gente esgrime las mismas razones que destruyeron al mundo socialista. De manera que no es una crítica fundamental a la empresa sino a determinados empresarios que deben cambiar su conducta y esa necesidad de toma de conciencia forma parte de nuestro trabajo. Así que aquí no hay bases para un lucha de clases.

Publicada en El Universal el 21/03/10