Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La trampa. Victor Mldonado

Las conclusiones del análisis de la alocución presidencial son francamente desoladoras. En su afán de imitar a su predecesor, Nicolás cometió un error de forma que tuvo que ver con su duración. No solo que fueron cerca de cinco horas de larga perorata, sino que esa extensión insoportable no se tradujo en una rendición efectiva y tampoco en el relanzamiento del Gobierno. Todo lo contrario, se diluyó en una infeliz contumacia con lo mismo de siempre, que nos ha traído hasta aquí y que promete llevarnos a un más allá lleno de más dificultades. La pregunta pertinente es ¿por qué? Y la respuesta no es fácil porque nos coloca en situación de tener que juzgar la insensatez y un ejercicio deliberado de destrucción. La estupidez es muy buena compañera de la perversidad, y en Venezuela ese vínculo tiene una cadencia casi marcial.

Hay varias razones. El Gobierno está entrampado con el legado de Hugo Chávez. El extinto presidente ha sido invocado como el nuevo oráculo de los nuevos tiempos. Sus frases, descontextualizadas y dotadas de una autoridad que nunca tuvieron, son el corsé del que no puede salir el régimen a menos que quiera pagar un alto costo de deslegitimación con sus propios grupos de radicales. Esta dimensión de la trampa se torna más difícil porque el origen es contradictorio, emocional, desquiciado y poco efectivo. Hacer un Gobierno como si se tratara de ejecutar un testamento provoca, entre otras cosas, una inflexibilidad muy inconveniente para afrontar el futuro.

Pero no solo es la dimensión ideológica la que los enmaraña. El régimen autoritario es una intrincada red de compromisos personales y desbalances de poder. Eso hace del gabinete una ocupación perpetua que a lo sumo es susceptible de ser rotada, pero en muy pocos casos sustituida. Diosdado ha convertido el parlamento en su propia trinchera y de allí no lo saca nadie. Y cada ministro es la expresión de una lealtad, una deuda, un nepotismo en proceso de desarrollo o un secreto que a algunos los ha transformado en roles críticos. Nadie se mueve muy a pesar de que lucen agotados, petrificados en ideas fracasadas, exhibiendo con sordidez un “sprit de corps” que retroalimenta los errores y que les hace castigar cualquier disidencia con altísimas penas.

La tercera dimensión es el tutelaje cada vez más explícito de las FFAA. Éste es un régimen de militares, que piensa en términos de objetivos militares y que está siendo administrado por una institución intoxicada de pensamientos radicales. Los militares están cometiendo el error de exhibir su poderío.

Desaparecido el líder y comandante, no se han conformado con mantener privilegios y capacidad de conducción, sino que algunos han caído en la tentación de hacerse evidentes. Ahora son los militares los que están a cargo de la instrumentación de la guerra económica y de asegurar el rumbo al socialismo. Pagarán el costo de los desaciertos, pero nos lo harán pagar a nosotros con mayor represión y más arbitrariedad. La economía no es un objetivo militar que se pueda alcanzar sin importar consecuencias y colaterales. Así no funciona, pero ellos por incapacidad entrenada son incapaces de verlo así. Nicolás está entrampado en una guerra que nunca debió invocar porque lo condena a perder prestigio, poder y eficiencia.

La cuarta dimensión de la trampa es la imposibilidad de desasirse de los compromisos establecidos con los grupos violentos y de cómo los grupos violentos entienden el mandato y el permiso para operar con impunidad. No hay pacificación sin contención, desarme, medidas policiales, inteligencia, represión, justicia, castigo y alguna intención de reinserción controlada a la sociedad. Nada de esto se está considerando y el régimen, una y otra vez, cae en la trampa de confiar la calle al miedo y a la inseguridad como mecanismos de control de la disidencia. Por eso antes que ofrecer firmeza pide paz, una condición que solo será el resultado de un largo proceso de reinstitucionalización republicana y apego irrestricto a la ley. El régimen está enredado en los beneficios populistas de tolerar el delito y de no declararle la guerra al hampa. Ellos malentendieron que es más vendible encabezar la batalla contra la especulación y apresar a comerciantes pacíficos y desarmados.

Todas estas dimensiones configuran una condición de mucho peligro para la estabilidad política, que sin embargo dependerá de cuál sea la interpretación que la alternativa democrática pueda darle. El régimen tiene sus debilidades, hay que descubrirlas y explotarlas antes de que sea demasiado tarde.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE

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