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La abolición

El Universal 06/04/08

Por: Manuel Caballero

La abolición de la Historia comienza por borrar de ella a los civiles

Cuando, en nuestro discurso de incorporación a la Academia de la Historia, advertimos sobre la intención de abolir la historia que caracteriza a los regímenes fascistas y militaristas, nos imaginábamos que ese sería un proceso relativamente largo, o cuando menos, lento. Pero al creerlo, estábamos olvidando o acaso reduciendo la importancia de un ingrediente inseparable de aquellos: el personalismo. Si el fascismo alemán llegó a sorprender por su dinamismo, por su blitzkrieg (“guerrarrelámpago”) también en tiempos de paz, era porque Hitler no concebía que nada pudiese hacerse sino en vida suya. La cual, por su ritmo endiablado, no podía ser muy larga, como en efecto: al suicidarse en 1945, si la matemática no es una opinión, quien había nacido en 1889 tenía apenas 56 años.

Sigue siendo locatario

Por la misma razón, este teniente coronel a quien (por ahora, y desde el dos de diciembre del 2007) la voluntad popular ha devuelto a su condición de locatario de Miraflores, ha resuelto “anillar”(como dicen los mecánicos) al menos uno de sus motores para echarlo a andar de nuevo y a ritmo acelerado: la eliminación de la conciencia nacional para sustituirla por la dependencia de un hombre, donde la supuesta pertenencia a Bolívar no es otra cosa que una mampara para ocultar la pertenencia al aspirante a presidente vitalicio. La conciencia nacional es ante todo conciencia histórica: se debe comenzar entonces por abolirla.

Es lo que ha llamado la atención a todos los que han podido acceder -casi siempre por los “caminos verdes”- al conocimiento del nuevo currículum que el susodicho locatario ordenó a su hermanísimo imponer desde el Ministerio de Educación, y que la omnignorancia presidencial pretende que sea el primero que se conozca en Venezuela, cuando hasta el más lego en esas cuestiones sabe que es el noveno.

El derrocamiento de Gallegos

Allí es patente esa voluntad de abolir la historia. No hay la menor alusión al derrocamiento del Gobierno constitucional de Rómulo Gallegos por la fuerza armada en 1948, ni tampoco a los diez años de la dictadura militar que contienen los cinco de la dictadura personal de Marcos Pérez Jiménez. Todo eso no tiene más que un fin: esconder, borrar, en una palabra abolir de la historia venezolana una de sus fechas más gloriosas y memorables: el 23 de enero de 1958.

Con eso, el hermano-ministro vuelve a la fuente original: cuando tenía menos de un año en el poder y se acercaba enero, el Héroe del Museo Militar declaró que nada tenía el país que celebrar el 23 de enero. Al año siguiente, y por sugerencia de algunos de sus operadores políticos, y ante la perspectiva de que la oposición tomase como sólo suya la conmemoración de tan peligrosa fecha, decidió apropiársela de la peor manera posible; el -¡ese sí!- escuálido acto oficialista fue sólo eso: no una celebración del pueblo por el pueblo, sino la aclamación del líder por el populacho, para adoptar la clarísima distinción propuesta por Hannah Arendt.

¿Y el 18 de octubre?

¿Por qué ese odio al 23 de enero de 1958? ¿Por qué no se tiene igual actitud frente al 18 de octubre de 1945 por gente que, en principio, tiene a Acción Democrática como su principal enemigo? La razón, oculta o desembozada, es que el derrocamiento de Medina Angarita puede ser atribuido no sin razón a la voluntad militar de “ejecutar” (tal como rezaba el acta constitutiva de la Junta Revolucionaria) ese movimiento. En cambio, por mucho que la intervención final de las Fuerzas Armadas haya sido decisiva, el 23 de enero es por encima de todo producto de una insurrección popular, de una insurrección civil. Y, la abominación de la desolación para mentalidades militares, el acta de nacimiento de la República Civil, por la que clamaban los venezolanos desde la constitución de la república venezolana en 1830.

Dicho en otros términos, que lo que se busca es remachar en las mentalidades juveniles lo que pretendía el más brillante de los positivistas que rodearon al general Gómez, Laureano Vallenilla Lanz : que “Venezuela es un legado de glorias militares”.

Un silogismo clásico

Si Venezuela es un legado de glorias militares, se impone casi como un silogismo clásico que los primeros herederos deban ser los militares a quienes todo se les debe. Es decir, que así como los Padres de la Patria cobraron en poder y en dinero contante y sonante los sacrificios que hicieron para el alumbramiento de la Patria, a sus herederos legítimos, los militares de nuestra época, se debe continuar pagando el mismo tributo. En poder, eso lo sabemos. En dinero, pregúntenle a la tribu barinesa…

Sin embargo, vivimos, mal que le pese a algunos, en la era de la democracia. Hay que proporcionarle a la mayoría, por lo menos la ilusión de que pueden poseer los mismos privilegios, de que pueden, también ellos, acceder a la condición de Padres de la Patria. Pero primero deben abandonar la aborrecida condición de civiles. Deben hacerse militares. Aunque sólo sea para lucir rutilantes uniformes, aunque sólo sea para hacer el ridículo de los batallones enviados a la frontera colombiana y que ni siquiera allá pudieron llegar.

Sin embargo, hay un problema de cupo: no todo el mundo puede entrar a las escuelas militares, ni siquiera a esos batallones de reserva donde hasta ahora sólo han ingresado ancianos valetudinarios y vagos perdidos.

Hay una solución a este problema de aritmética simple: que todos seamos militares. Es decir, militarizar la sociedad. Recordando por encima de todas las cosas que el primer deber de un soldado es la obediencia. Ella debe privar sobre la reflexión, ese inmundo vicio antipatriótico de los civiles.

hemeze@cantv.net