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La barricada: El doble discurso rojo. Trino Márquez

Ninguna protesta desestabiliza tanto al Gobierno de los herederos como la barricada (llamada despectivamente por ellos, “guarimba”). Los rojos se sienten inseguros, desconcertados, rabiosos. Entran en estado de pánico cuando un grupo de jóvenes trancan una avenida o una calle con el fin de manifestar su descontento por el caos en que se convirtió el país tras quince años de políticas que han arruinado la economía y acabado progresivamente con las libertades y la democracia.

Su reacción ha sido demoledora. Desataron la espiral represiva más atroz que se recuerde en la historia contemporánea. Pedro Estrada y sus esbirros de la Seguridad Nacional se ven como unos imberbes al comparárseles con los gorilas de la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional y las bandas paramilitares, que han salido en batallones a sofocar las protestas y clausurar las trincheras improvisadas levantadas en Caracas, San Cristóbal y otras ciudades del interior.

Esta actitud de los rojos frente a las barricadas representa un signo más de sus contradicciones. Ellos son los mismos que exaltan hasta la glorificación los sucesos del “Caracazo”, cuando se cometieron los saqueos y actos vandálicos más gigantescos de los que se tenga memoria en la historia nacional. Se olvidaron de cuando Elías Jaua, ex militante de Bandera Roja, y sus encapuchados tomaban todos los jueves la plaza Las Tres Gracias para quemar camiones de humildes trabajadores. Disfrutaron hasta el paroxismo con el movimiento de los “indignados” en España y otros países europeos. Les pareció extraordinario que los inmigrantes ilegales africanos y europeos del Este destrozaran vehículos, incendiaran comercios y acabaran con propiedades privadas en Londres y París. A esas expresiones desbordadas de ira de los jóvenes las ven como un claro indicador de la “decadencia del capitalismo”. Aplauden a rabiar las expresiones violentas -con barricadas incluidas, en las cuales se han incendiado locales de McDonald’s- del movimiento antiglobalizador promovido por el Foro de Sao Paulo, que han tenido lugar en distintas naciones desarrolladas, desde Canadá hasta Australia.

Los comunistas criollos se deslumbran por la agresividad desatada contra el “orden burgués”. Ahora bien, la barricada autóctona, por pequeña e insignificante que sea, inmediatamente es condenada y descalificada como “fascista”. Aparece su fariseísmo, su doble moral. Miden con un rasero lo que ellos hacen o respaldan, y con otro las prácticas similares de los demás.

A partir de estas contradicciones hay que evaluar el papel de las barricadas a lo largo de este ciclo de luchas. Las barricadas no llegan ni a pecado venial al lado de los desmanes colosales cometidos por los jerarcas del régimen contra las instituciones de la República y el saqueo continuo del Tesoro Nacional. De no haber sido por esa expresión de protesta tan antigua, que recuerda las luchas de los obreros y desempleados franceses durante el siglo XIX, el Gobierno de Nicolás Maduro no habría reaccionado, ni la comunidad internacional habría volcado sus ojos hacia Venezuela. La interrupción de la cotidianidad en la que vivíamos los venezolanos, mientras el Plan Patria y el comunismo avanzaban sin obstáculos, ha demostrado que los jóvenes venezolanos tienen una buena cantidad de testosterona, combinada con un grueso volumen de masa cerebral, y que no aceptarán en silencio que, desde Cuba, se acabe con la democracia y la libertad.

En Venezuela se han repetido una y otra vez concentraciones y marchas gigantescas, sin que estas movilizaciones multitudinarias y pacíficas hayan logrado modificar la conducta tozuda del régimen y su plan de avanzar hacia el modelo cubano. Las violaciones a la Constitución cubren folios completos sin que las instituciones del Estado, concebidas para cumplir y hacer cumplir la Carta Magna, se den por enteradas, o los foros internacionales exijan el respeto a los protocolos democráticos suscritos por los países de la región. Las barricadas cambiaron este panorama. El régimen se quitó el antifaz: Estamos en presencia de una dictadura neocomunista que solo se impondrá mediante la violencia y desconocimiento de los derechos humanos.

Ahora los jóvenes deben evitar la rutinización de la protesta para impedir que la barricada pierda eficacia. Hay que inventar nuevas e innovadoras formas de luchas pacíficas, que desconcierten el anquilosado razonamiento de los comunistas, siempre apegado a la tradición y a la monotonía.

TRINO MÁRQUEZ ― NOTITARDE