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La carreta por delante de los caballos. Gabriela Calderon

El relato usual acerca del progreso de Occidente va así: los impresionantes avances tecnológicos que se dieron en Europa Occidental derivaron en un crecimiento económico sostenido sin precedente en la historia de la humanidad. De esa versión de los hechos es fácil derivar un fetiche con la inversión y la tecnología como las claves del desarrollo. Pero este relato tiene un gran vacío que nos puede llevar a poner la carreta por delante de los caballos.

¿Por qué la Revolución Industrial sucedió allí? O, más específicamente, ¿por qué se inició principalmente en Países Bajos e Inglaterra y no en España o Francia? El libro The Rise of the Western World de Douglass C. North y Robert Paul Thomas llena este vacío, ya que narra las revoluciones políticas que se dieron en Europa Occidental durante la Edad Media, revoluciones que, sostienen los autores, establecieron las instituciones que fomentaron la actividad económica que derivaría en un impresionante progreso.

Los autores explican que “las diferencias en el desempeño de las economías de Europa Occidental entre 1500 y 1700 se debe principalmente al tipo de derechos de propiedad privada creados por los estados nacientes en respuesta a una crisis fiscal continua”. Por ejemplo, la corona española limitó los derechos de propiedad concediéndole al gremio de pastores el derecho de paso y pastoreo por cualquier territorio del reinado. Fue así que el propietario no tenía el derecho exclusivo sobre su tierra y como la corona derivaba una porción importante de sus ingresos de este sistema —conocido como la Mesta— esta no tenía el incentivo de abolirlo.

En Cambio, en Países Bajos y en Inglaterra, se desarrollaron derechos de propiedad exclusivos y claramente definidos. Cuando estos reyes querían más fondos para sus guerras y demás gastos se vieron obligados a tocarle la puerta a los propietarios de tierras, quienes gracias al incentivo de unos derechos de propiedad más seguros que los de sus pares españoles, se habían enriquecido a través de la especialización y el comercio. Estos, a su vez, solo aceptaron una tasa superior de impuestos si es que los reyes les concedían a cambio derechos de propiedad cada vez más sólidos y algún tipo de representación política. He aquí las semillas del gobierno representativo y de aquello de “no hay tributación sin representación”.

Estas diferencias en los marcos institucionales que se crearon en estas naciones, según los autores, explican por qué Países Bajos e Inglaterra escaparon de la maldición maltusiana durante el siglo dieciséis y diecisiete mientras que España y Francia sufrieron un declive y estancamiento, respectivamente. El libro concluye que no fue la Revolución Industrial con todos sus avances tecnológicos la que produjo el crecimiento económico moderno, sino que este fue el resultado de reformas políticas que fortalecieron los derechos de propiedad privada e incentivaron la actividad económica.

Acá lamentablemente domina una corriente de pensamiento que ignora la importancia de las instituciones que generaron las prosperidad sin parangón en Occidente. Estamos poniendo la carreta por delante de los caballos si creemos que invirtiendo a manos llenas, planificando centralmente y eliminando el gobierno representativo se dará el crecimiento económico a largo plazo. Hacerlo nos puede llevar a un sistema más parecido al del Antiguo Régimen en Francia que al de las naciones que gozan de los niveles más altos de libertad y prosperidad.

GABRIELA CALDERÓN BURGOS
Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 18 de octubre de 2013