Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La cleptocracia. Agustín Laje

La raíz del término “cleptocracia” proviene del griego, donde kleptes significa “ladrón” y cratos puede entenderse como “poder” o “gobierno”. La cleptocracia sería, pues, el gobierno de los ladrones, un tipo de régimen político que vale la pena analizar en los tiempos que corren.

En rigor, la idea de corrupción ha estado presente en el hombre, por lo menos, desde la filosofía antigua hasta nuestros días. Aristóteles, por caso, concebía dos grandes categorías de gobiernos: los puros y los impuros. Mientras los primeros tenían como característica principal su orientación hacia toda la ciudadanía, los segundos se caracterizaban por perseguir el interés exclusivo de quienes gobernaban, corrompiendo con ello la naturaleza misma del gobierno. De ahí que cuando los ladrones se enquistan en el poder político y se valen de sus funciones públicas para canalizar sus intereses privados, los llamemos corruptos, puesto que corrompen el fin que debería tener el manejo de la cosa pública.

Podría argumentarse, con cierta razón, que la corrupción es un mal que podemos hallarlo en cualquier régimen político. Pero la cleptocracia tiene lugar cuando los actos de corrupción se han vuelto tan sistemáticos que pasan a formar parte de la cultura política dominante. En efecto, hay que distinguir la corrupción como excepción de la corrupción como regla. Toda realidad política se ve, en algún momento, embestida por casos de corrupción. El problema surge cuando éstos dejan de configurar anomalías a extirpar del sistema político, para convertirse en cotidianidades que se terminan por instalar como “normales”, sin provocar erosiones en la legitimidad del gobierno. Ése es el caso en el que nos encontramos frente a una verdadera cleptocracia.

Como todo sistema político que logra establecerse con cierta firmeza, la cleptocracia precisa de una moralidad pública específica. Va de suyo que tal moralidad no supone estrictamente que se encuentre un sentido ético en la corrupción, sino que, frente a ésta, la gente no vea dañado su sistema de valores en un grado suficiente como para deslegitimar al gobierno. El poco feliz “roban pero hacen” es un ejemplo ilustrativo de la inmoralidad cleptocrática de los argentinos.

La dialéctica entre política y moralidad sumerge a la gente en una fatídica espiral que conduce, simultáneamente, a la exacerbación tanto de la cleptocracia cuanto de la mentalidad cleptocrática que la posibilita. En efecto, el gobierno de los corruptos instala la percepción de que su corrupción es inevitable y que dicha conducta jamás paga ante la Justicia, generando en la gente una resignación frente a este flagelo que, a su vez, realimenta nuevamente a la cleptocracia y así sucesivamente.

La cleptocracia encuentra suelo fértil principalmente en regímenes populistas, donde el poder no reside en las instituciones sino en los líderes mesiánicos que pretenden gobernar sin intermediaciones ni controles institucionales. El poder del que gozan los funcionarios populistas es de tal magnitud, que las puertas para el mal manejo de los recursos públicos siempre están abiertas. Asimismo, la moralidad prebendaria que el populismo va edificando en la gente sirve de antesala para la moralidad cleptocrática a la que nos referíamos con anterioridad. ¿Cómo molestarse, a pesar de que roben, con quienes con tanta amabilidad y deferencia nos ofrecen “pan y circo”?

Allí donde la conciencia individual y la iniciativa privada son reducidas por la amplitud del Estado populista se da una paradoja propia de los países subdesarrollados que fue mencionada por el premio Nobel de Economía Gunnar Myrdal: el sector privado termina operando bajo la lógica estatista, pues pide y vive de subsidios y prebendas, al tiempo que el sector público opera bajo una lógica privatista, puesto que sus funcionarios manejan los recursos públicos como si fuesen privados.

Las consecuencias de una cleptocracia son, en resumidas cuentas, el empobrecimiento del pueblo a costa de los ladrones afincados en el Estado; un retraimiento ético generalizado, donde la inmoralidad se hace costumbre y conduce a un estado de anomia permanente; y la consolidación de elites políticas que realimentan constantemente su poder, desarticulando los mecanismos de control y destruyendo el sistema republicano.

Hace algunas semanas se conoció el “Índice de Percepción de la Corrupción 2013″ de la prestigiosa organización “Transparencia Internacional”. Sobre 177 países escrutados, la Argentina se ubicó en el lastimoso puesto 106, seguida por Etiopía, Kosovo, Tanzania y Egipto, y muy por debajo de Chile, Uruguay, Perú y Colombia, por citar países de la región cuyos resultados fueron auspiciosos.

¿Será que los argentinos estamos en las puertas de la cleptocracia?

AGUSTÍN LAJE
Director del Centro de Estudios Libertad y Responsabilidad. Coautor del libro “Cuando el relato es una farsa”