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La copa roja

Trino Márquez
Miércoles, 20 de junio de 2007

Sentimientos ambiguos y encontrados los que se mezclan frente a la Copa América en quienes amamos por igual la libertad, la democracia y el deporte. El que Venezuela haya obtenido la sede de esta nueva edición de la Copa, representa un paso significativo para proyectar un juego cada vez más globalizado y popular en el planeta. Ha sido apreciable la inversión del Gobierno en infraestructura para dotar al país de estadios confortables y con grandes aforos. Hay que valorar los avances del fútbol nacional y el enorme esfuerzo desplegado por la Vino Tinto bajo la conducción de su director técnico, Richard Páez, para armar un equipo competitivo, capaz de rivalizar de tú a tú con las grandes potencias americanas del balompié: Brasil, Argentina, Uruguay, México. Jugadores como Juan Arango y Ricardo David Páez, que se dan por entero en la cancha y asumen el peso de la camiseta nacional con total entrega, se han ganado el afecto de los venezolanos.

Ahora bien, al lado de todos estos aspectos positivos, no es posible dejar de indignarse con el sectarismo, la petulancia y el desmedido culto a la personalidad con los que el Gobierno revolucionario ha rodeado la realización de la cita deportiva. Ante la enorme trascendencia de la justa, la mayoría de los funcionarios, desde los más encumbrados hasta los más subalternos, han emprendido un vuelo de gallineta rasante, como habría dicho Rómulo Betancourt. El Presidente de la República, los gobernadores y alcaldes chavistas, y los ministros no quieren asumir que el país está colocado frente a la posibilidad de que los distintos sectores enfrentados se reconcilien y unifiquen en torno a un sueño común, y que tengamos una tregua que permita que toda la nación disfrute de la esférica rodando por el césped, tal como ocurre cada cuatro años con los mundiales de fútbol, que a pesar de llevarse a cabo en otras latitudes, los compatriotas los viven como propios.

Sólo en los regímenes totalitarios más cerrados las competencias deportivas se utilizan obscenamente como arma política. Este fue el caso de la Alemania nazi cuando Hitler pretendió manipular la Olimpíada de 1936 para demostrar la supuesta superioridad de la raza aria. Con todo, de ese manejo burdo se protegen hasta las dictaduras más crueles. En 1978 cuando el mundial de fútbol se efectuó en Argentina, el gobierno de Videla se cuidó de que el certamen pareciera un esfuerzo de todos los argentinos, y no de la camarilla que lo rodeaba. Desde luego que la oposición, por aquel tiempo silenciada, sabía que los jerarcas militares utilizarían el torneo para dar internacionalmente la sensación de apertura política y prosperidad que necesitaban para lavar el rostro de esa tiranía tan despiadada. Pero el Gobierno no secuestró el evento.

Este no es el caso de Venezuela. Aquí hasta las entradas están confiscadas por el sectarismo bolivariano. Los estudiantes han tenido que incluir entre sus reclamos al Gobierno la exigencia por tickets. Estos no se consiguen ni por error. Toda la propaganda de la Copa ha estado teñida de rojo. No hay espacio publicitario en vallas, periódicos o televisión donde el rojo encendido no encandile. Hasta por la radio pareciera esparcirse ese color. Cada gobernador o alcalde utiliza la ocasión para masajearse el ego y mostrarse como favorito del gran jefe, Hugo Chávez. No existe el menor recato ni vergüenza. Todos han perdido la compostura. Los gobernadores de Táchira, Mérida, Lara, Anzoátegui, Monagas han inundado las capitales de sus estados con propaganda chavista. El alcalde Di Martino, en Maracaibo, tapizó la ciudad con propaganda donde ensalza sus propias virtudes y las de Chávez, su héroe epónimo, pero minimiza todo lo relacionado con la Copa. De este exabrupto dio cuenta Claudio Nazca en una exquisita crónica. Los abusos que se están cometiendo son de tal magnitud, que un organismo tan poderoso como la FIFA debería pronunciarse enérgicamente para que el Gobierno elimine el tono proselitista y abiertamente político partidista que le ha impreso al torneo de fútbol más importante y antiguo del continente.

La relación entre política y deporte ha sido objeto de enjundiosos estudios. Desde antaño se sabe que los gobiernos, incluidos los democráticos de vieja prosapia, se valen de los atletas para ocultar debilidades y errores, y para proyectar su pretendida grandeza. No obstante, lo que estamos presenciando en Venezuela es una deformación grotesca de un caudillo y una casta política arrogante, desconsiderada y excluyente que pretende manejar el país a su antojo. Esta claque, así como no cree en la independencia y el equilibrio entre los poderes públicos, ni les da importancia a las instituciones arbitrales, tampoco considera que puedan y deban existir espacios neutrales, como las competencias deportivas internacionales, donde la gente se reconozca en cuanto parte de una entidad mayor que es la Nación.

Si esto está ocurriendo antes de la realización del torneo y sin que la Vino Tinto haya mandado el primer balón a la red, debemos imaginarnos cómo será la manipulación en el caso de que el equipo nacional logre una participación destacada. Todo aparecerá como obra del genial estratega, del ser omnisciente que dirige los destinos del país desde Miraflores, en el más ortodoxo estilo de la Korea del Norte de Kim Il Sung y Kim Jon Il.

A pesar del sectarismo y la prepotencia del Gobierno bolivariano, a los venezolanos nos corresponde hacer lo posible para que la Copa sea todo un éxito para el país y para la Vino Tinto. Debemos tratar de lograr que el gol salga para todos. ¡Viva la Vino Tinto! Allá ellos con su estulticia y sus desbarros.

tmarquez@cedice.org.ve