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La democracia no se sobreentiende

23/11/2009

Una nueva sociedad es posible si se erige con paradigmas positivos y progresivos

Por: Marisol García Delgado

Se dice que el cóccix y el apéndice son vestigios de animalidad todavía presentes en los humanos. Sus lesiones suelen ser muy dolorosas, y aunque extraerlos no altera ninguna función vital, las personas resisten hasta el momento crítico su entrada al quirófano. Cuando se afirma que el humano es un animal de costumbres, ello aplica también a su resignación al dolor físico, al malestar corporal, a la fatiga orgánica. La sumisión por largo tiempo a una enfermedad solo se resiente cuando se vuelve a disfrutar de plena salud. Por qué no me liberé de estas molestias antes, se cuestiona el ser revitalizado.

Lo mismo ocurre en las sociedades. Las penas y las cárceles son huellas punzantes de anteriores culturas a las cuales simplemente nos hemos adocenado, por ese mismo temor ancestral a su definitiva extirpación. Los regímenes represivos producen en el organismo social esa especie de resignación al dolor por la mutilación, la pérdida o el encarcelamiento de seres queridos, la fatiga emocional por el alerta permanente frente a la delincuencia y el malestar psicosomático causado por el abuso funcionarial, la injusticia y la anarquía.

Sistema vengativo Venezuela -con ya incontables sanciones penales, civiles, disciplinarias, fiscales y administrativas, junto al altísimo y creciente número de infracciones legales y delitos- es prueba fehaciente de la inutilidad del ancestral sistema vengativo. Una sociedad orientada a los actos represivos, se solaza o se vuelve indiferente ante el mal ajeno, debilita sus valores de defensa de los derechos humanos, se torna más vulnerable al poder cuando reclama sanciones, para finalmente quedar arrinconada entre la autoridad y el delincuente, lo que cercena su pleno desarrollo personal y sus posibilidades de participación ciudadana.

Cuán distinta sería la faz de esta patria y de cada uno de sus habitantes si el trabajo gubernamental y la fuerza social toda, se encaminara hacia la gratificación de las conductas positivas, de las acciones asertivas, de la productividad, de las realizaciones en aras del bien común, de la elevación de la calidad de vida y del restablecimiento de la armonía ciudadana. Si en lugar de construir cárceles se multiplicaran los centros de orientación y desarrollo vocacional; si en lugar de más y mejores policías, se emplearan trabajadores sociales para reforzar la tarea formativa de padres y maestros y la función preventiva de los profesionales de la salud; si los medios de comunicación se convirtieran en cazadores y promotores de talentos, productividad y capacidades de toda índole, individuales o grupales, provocando una sana y auténtica competencia entre los diferentes niveles de Gobierno y entre los líderes de las organizaciones, comunidades, localidades y regiones. Igual sería si en un acto de verdadera valentía renunciáramos a los ejércitos y a los gritos de guerra contra enemigos internos o externos.

Gratificación Basta de molestias y dolores. Hoy se precisa construir un amplio, sólido y vigoroso sistema de gratificación de conductas para sustituir de raíz el sistema represivo; un nuevo sistema donde las acciones descarriadas, el vicio y la vagancia, se detecten y reorienten tempranamente a modo de que ningún correccional o penitenciaría sea necesario; y donde la conducta delictiva se juzgue, no conforme a la ley, sino en razón del entorno sociofamiliar del sujeto, y, antes que sancionada, sea sanada, junto con la familia y la comunidad en que se produjo.

Una nueva sociedad es posible si se erige sobre estructuras distintas, con paradigmas positivos y progresivos, afirmada en virtudes y valores personales y sociales. ¡Claro que es posible una nueva sociedad, ya no limitada solo por las leyes, sino también inspirada en el ejemplo de sus dirigentes! Es más probable que una madre o un vecino pidan ayuda para salvar un niño o adolescente en problemas, a que soliciten su aprehensión o encarcelamiento por la autoridad.

Ya es hora de despojarse del viejo andamiaje institucional, represivo, discriminatorio e inútil, y esa es la tarea del nuevo liderazgo. Por eso aspiramos a una Asamblea Legislativa plena de líderes de elevada autoestima, jóvenes en el ánimo y las ideas, que promuevan las profundas y auténticas transformaciones sociales, capaces de liberarnos de los vestigios del pasado, conscientes de que la democracia, la paz y la justicia no se sobreentienden, sino que se construyen y defienden con menos armas, menos leyes, y más ejemplos. Que nos perdonen los ilusos.

El Universal

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