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La destrucción de los medios impresos. Trino Márquez

El acoso a los medios impresos independientes -como Notitarde, El Universal, El Nacional, sigue un guión. Forma parte del plan deliberado para acorralarlos y destruirlos con el fin de terminar de imponer la hegemonía comunicacional. Los comunistas no admiten la existencia de medios de información autónomos que ejerciten el periodismo de forma objetiva y crítica. No toleran medios que informen sin sesgo acerca de lo que ocurre en la nación y en el exterior. No aceptan reportajes, crónicas, trabajos de investigación, artículos o simples comentarios que se alejen de la “verdad” oficial. A los totalitarios les complacen los pasquines o noticieros que exaltan las virtudes revolucionarias del régimen y divulgan su visión; medios que en vez de informar, deforman, proyectando una imagen siempre distorsionada de lo que ocurre en la realidad. Es un tipo de prensa que no señala que tal hecho ocurrió de tal o cual manera, sino que lo califica o descalifica a partir  del prejuicio.

Todas las revoluciones comunistas han atacado la prensa libre desde el comienzo. Los revolucionarios criollos no han introducido ninguna innovación en ese campo. Uno de los primeros decretos de Lenin en 1917 fue sepultar la libertad de prensa en Rusia, pues a pesar de la rígida censura zarista existía una amplia variedad de periódicos críticos del Gobierno. Los socialdemócratas, liberales, anarquistas, reformistas, anarcosindicalistas, mantenían sus propias publicaciones. Algunas estaban permitidas, otras eran clandestinas, como Iskra, el órgano de los bolcheviques. En ocasiones, los cancerberos y sabuesos del Zar se hacían  de la vista gorda. Esto cambió radicalmente cuando los seguidores de Lenin asaltaron el poder. Las primeras decisiones fueron el cierre de la Duma (el Parlamento), la abolición de la propiedad privada, la eliminación de los partidos (que en Rusia eran numerosos y de diversos signos ideológicos) y el cierre de la prensa opositora. Iskra se convirtió en el periódico oficial y único. El ejemplo fue seguido posteriormente por los comunistas chinos liderados por Mao Zedong y los cubanos acaudillados por Fidel Castro. En todos estos casos la prensa no oficial, disidente, crítica, democrática, fue proscrita y prohibida en las constituciones. Los periódicos se transformaron en correas de transmisión de la religión de Estado o religión civil, como la llamó Rousseau.

En Venezuela el proceso de destrucción de la prensa libre ha sido más lento y laborioso. El instrumento que el neocomunismo ha utilizado no es el clásico: La clausura mediante el uso de la coerción. Debido al alto valor que se le concede en el plano internacional a la libertad de expresión, los jerarcas han adoptado una vía más sofisticada: Utilizan el control de cambio para asfixiar los periódicos y paralizan la producción de papel nacional en la única empresa que lo fabrica. Luego salen los cínicos como Diosdado Cabello a declarar que hay suficiente papel, solo que los dueños de los medios impresos no quieren adquirirlo. Claro que el papel abunda, pero solo para ellos. Basta con ir al Metro de Caracas para ver cómo se distribuyen los periódicos oficialistas de manera gratuita. En cada entrada de las principales estaciones del Metro se reparten esos libelos que carecen de cualquier información objetiva. Su propósito consiste en inocularles odio y enceguecer a quienes de buena fe los leen.

El Universal cuenta con 105 años de historia. Sus primeras ediciones aparecieron durante la era de Juan V. Gómez, expresión de la Venezuela rural y primitiva. Sobrevivió a esa tiranía y a la de Pérez Jiménez, realizando los ajustes adecuados. En esas épocas tan duras para la libertad y la democracia,

nunca se le negó el papel para que circulara a diario e informara sobre lo que ocurría en Venezuela y el mundo. Eran tiempos de terror en los que el barril de petróleo se vendía a precios viles, no como ahora que frisa los cien dólares y, formalmente, existen libertad de prensa y expresión.

La recuperación de la democracia significa también salvar a los medios impresos y al resto de la prensa, incluida la que circula por la red, conducida al paredón por la autocracia.

TRINO MÁRQUEZ | NOTITARDE