Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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La dictadura de Nicolás. Victor Maldonado

No hay régimen que pueda gobernar en ausencia de “esa creencia en su validez” que hace que la gente acate de buena gana las órdenes e instrucciones por él impartidas, pero sobre todo, no hay posibilidad de sobrevivencia sin que las mayorías tengan una clara predisposición a dar por buenas las versiones de la realidad que el régimen les presenta.

Cuando los gobiernos y sus líderes son mentirosos, y cuando el fraude está acompañado por la más ramplona ineficacia para atender los problemas de la gente, entonces la legitimidad comienza a ser exigua y se plantea para los gobernantes una disyuntiva monstruosa: para mantenerse en el poder tienen que compensar la disposición a la obediencia con represión.

El problema de Nicolás es multifactorial. Nadie estuvo totalmente conforme con la designación inconsulta, que un líder moribundo, impuso al resto del Psuv. A ese descontento se sumó la triste gestión que el encargado tuvo respecto de los funerales de Chávez. Esos largos diez días transcurrieron entre la improvisación, el mal gusto y el aprovechamiento indebido del dolor de muchos venezolanos. La gente comenzó a sospechar que Chávez nuevamente se había equivocado. Pero esa misma gente confiaba poder compensar ese pesado fardo con la inercia producida por el prestigio del extinto mandatario y la explotación casi pornográfica de su imagen. No podían imaginar que la campaña se iba a convertir muy tempranamente en un campo de batalla cenagoso, inmóvil, que poco a poco fue hundiendo a un candidato incapaz de encajar un discurso más allá del introito de insultos y descalificaciones tan propias del socialismo del siglo XXI.

Ni sentido político de la oportunidad, pero tampoco el decoro mínimo propio de un Jefe de Estado demostró Nicolás cuando le aplicó a la economía dos devaluaciones y una vuelta de tuerca al régimen de controles, perfeccionando el corrupto Cadivi y creando un sistema complementario más arbitrario y más ineficiente aún. Con estas “asomadas” al mundo real, de un solo guamazo (más bien en dos) el autodenominado hijo de Chávez le arrebató a los venezolanos una buena tajada de su poder adquisitivo. Ni una sola señal de que estaban pensando en un programa de compensación, y los más pobres comenzaron a pasar aceite con el desconsuelo de ver cómo se había trastocado todo su liderazgo: muerto Chávez quedaron a cargo sus acólitos, incapaces de sentido común, benevolencia, sindéresis y con una muy mínima capacidad para dialogar y hacer política, que no es otra cosa que convivir entre los diversos. Los acólitos de Chávez se especializaron en hacer el trabajo sucio y por lo tanto nunca aprendieron lo más elemental del buen Gobierno. Han demostrado que la inteligencia es un don que de faltarle a los líderes los transforma en seres monstruosos capaces de cualquier crimen.

Nicolás se impuso por las malas. El día de las elecciones se exhibieron con impudicia malandra todas las armas sucias de la guerra que proclamó contra cualquier oportunidad de alternancia. El uso de grupos motorizados hostiles que se pavoneaban armados por las ciudades, el desparpajo de unas Fuerzas Armadas que no se mantuvieron neutrales, el voto asistido, la violación de la dignidad de empleados públicos al obligarlos a votar por el oficialismo, la brutalidad con la que trataron a testigos y miembros de mesa, la emisión de propaganda aun cuando ya había concluido la campaña, y el oscuro papel de las Pdvsa regionales, son un inventario parcial del arsenal de la trampa. Todas estas marramucias se suman a incógnitas sobre el proceso automatizado, y en suma producen suspicacia y dudas más que razonables sobre la limpieza del proceso. Se impuso a la fuerza y negando cualquier recuento, lanzando los poderes públicos como ordalías que se ceban contra la sociedad civil, violando la ley y demostrando groseramente que ellos tienen la fuerza y que pretenden que el resto debemos someternos servilmente. En menos de una semana Nicolás ha gritado, amenazado y presidido una cadena de abusos que lo han desnudado hasta mostrarlo tal y como es: un gobernante que cree en la fuerza y que pretende dirigirnos desde el irrespeto y el abuso. La gavilla de poderes públicos contra los derechos ciudadanos es repugnante y vil. Pero lo han hecho a la vista de todos, los que aquí vivimos y los corresponsales internacionales. Todos podemos dar testimonio de que aquí estamos viviendo una dictadura presidida por alguien que sin embargo carece de “culo con qué sentarse”. Ésa es su tragedia y allí está la clave de su posible brevedad. Y para colmo es demasiado grande el contraste con el civilismo de Henrique Capriles. Ante él Nicolás luce envejecido y harapiento. Me refiero a los harapos de quien no entiende el rol y la circunstancias que le corresponde vivir. Los que son así, tienen pocas probabilidades de sobrevivencia política. Pero como dijo Heráclito alguna vez, “el carácter del hombre es su destino” y el de Nicolás no tiene remedio.

VICTOR MALDONADO ― EL UNIVERSAL
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