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La economía en el ojo

11/04/10

Venezuela, como paciente de una enfermedad inducida, está totalmente desbalanceada

Por: Domingo Fontiveros

Pocas cosas molestan más que un elemento extraño metido en el ojo.

Cualquiera puede desesperar y hacerse daño a sí mismo al restregarse con los nudillos o la punta del dedo para quitarse la molestia.

Algunos terminan en la emergencia oftalmológica y luego dan gracias cuando manos expertas tratan el asunto y alivian para curar.

Algo parecido ocurre al macronivel en Venezuela. Tanto al Gobierno como a la gente sencilla. El elemento extraño está metido en el ojo, y es una combinación de inflación con desempleo. A las personas se les mete la inflación en el ojo, a los desempleados se les mete también junto a su ausencia de actividad y salario. A los altos funcionarios no les molesta esto tanto, porque tienen privilegios, sino hasta que ven las encuestas y se enteran, como frente a un espejo, cómo los ve el resto de la población.

En circunstancias como estas, cada quien se automedica como puede. La persona tratando de estirar su presupuesto, matando tigres como dicen muchos, y dejando de comprar cosas que quiere. Los desocupados se aventuran en el buhonerismo para ganar algo. No hay economistas aquí que asesoren a los humildes para enfrentar estos males. Todos van perdiendo calidad de vida y nivel de consumo. Y no pueden actuar para corregir las fallas que causan el sufrimiento, porque éstas vienen “de arriba”, del Gobierno, por su desacertado ejercicio del poder. Hecha esta conexión entre falla y causa, la gente comienza a culpar al Gobierno en general, y mientras más afina, al jefe del régimen, que es el que más manda.

Para los funcionarios de jerarquía, la situación ya está próxima a ser altamente preocupante (de lo más natural es al menos suponerlo). Del mar de la felicidad ofrecido tantas veces se ha llegado al mar de las calmas chichas, donde lo único que se mueve es el estómago de los tripulantes de nave que sienten, aparte del hambre, una enorme angustia que enferma a las vísceras provocada por el deterioro general, que abarca mucho más que lo económico. Estos oficiales de hoy, como los jefes marinos de antaño, temen un motín a bordo, que es como decir, en la democracia que alegan vivimos, un enorme y crecientemente hostil rechazo popular.

Si estos funcionarios reflexionaran como personas comunes, las soluciones a los problemas que se acumulan parecerían evidentes. Pero no lo hacen en su mayoría. Al revés, piensan como dominadores, cuyo propósito es extender un dominio que ya perdió las bases ilusorias que brindaron la bonanzas petroleras sucesivas vividas gracias al capitalismo exógeno.

Para convencer de nuevo respecto al socialismo idílico del siglo 21, se acabaron las frases de cartulina, y las que todavía se inventan lucen impropias e hipócritas. Se equivocaron de cabo a rabo con su planteamiento económico, suerte de proyecto de improductividad con invasiones programadas y reparto clientelar, que ha querido convertir a la clase trabajadora en parásita del presupuesto y en focas aplaudientes de la mediocridad gerencial.

Venezuela, como paciente de una enfermedad inducida por la voluntad extraviada de poder, está totalmente desbalanceada. Hará falta la mano experta que la rehabilite. Y esa experticia no se limita a lo político. Porque para que todo comience bien de nuevo, hay que sacarse a la economía del ojo.

dfontiveros@cantv.net

El Universal